XENOTEMPORALIDAD Y COMPLEJOS TEMPORALES: REORGANIZACIÓN DEL TIEMPO PARA RIESGOS NO EXPERENCIALES
Diann Bauer y Suhail Malik
Traducción: Daniela Gutiérrez
Diann Bauer: Mi interés por el tiempo surgió por la física. No es mi campo de especialización, pero es un tema al que he vuelto constantemente a lo largo de los años. Supongo que se debe a lo extraño que resulta aquello que la física fundamental nos presenta como realidad demostrable y a lo radicalmente distinta que puede parecer esta realidad frente a nuestra experiencia vivida. Existe una cita maravillosa, atribuida tanto a J.B.S. Haldane como a Arthur Eddington (he visto que se les adjudica a ambos), que dice algo así como: «La realidad no solo es más extraña de lo que pensamos, sino más extraña de lo que podemos pensar».
La física en general, y el tiempo en particular, parecen ser ámbitos donde esto se hace evidente: existe tal divergencia entre nuestra experiencia vivida de la duración y el funcionamiento del tiempo a escalas que escapan a nuestra percepción directa —ya sea a nivel cuántico o cosmológico— que la cuestión del tiempo puede llegar a carecer por completo de sentido. Quizás mi interés tiene que ver tanto con la escala como con el tiempo.
Este interés también se extiende a la reflexión sobre el Antropoceno y la catástrofe climática, situaciones en las que parece plantearse un problema temporal muy grave. Andreas Malm lo dice muy bien:
Ahora más que nunca habitamos lo diacrónico, lo discordante, lo incipiente: los combustibles fósiles de hace cientos de millones de años, la combustión masiva desarrollada a lo largo de los dos últimos siglos, los fenómenos meteorológicos extremos que esto ya ha generado, el viaje hacia un futuro infinitamente más extremo —a menos que se actúe ahora— la estela de las emisiones actuales prolongándose en la distancia[…]. La historia ha cobrado vida a través de una naturaleza que ha hecho lo propio. Apenas nos encontramos en las etapas iniciales, pero nuestra vida cotidiana, nuestra experiencia psíquica, nuestras respuestas culturales e incluso nuestra política ya muestran señales de ser arrastradas por fuerzas planetarias hacia el agujero del tiempo, donde el presente se disuelve tanto en el pasado como en el futuro [1].
Aquí, Malm vincula las temporalidades del pasado y el futuro no vividos, planteando el problema de cómo el tiempo —y el pasado, el presente y el futuro— se disuelven unos entre otros. Considero que se trata de temporalidades ajenas a la experiencia vivida de cualquier ser humano individual; y, aunque podemos comprender el problema gracias a nuestra capacidad de abstracción y de entender la realidad más allá de la experiencia, resulta más difícil lograr que las personas asuman compromisos en el «ahora» basándose en tales abstracciones, aun cuando estas se vuelven mucho más reales año tras año, tormenta tras tormenta e incendio tras incendio. No podemos esperar a que todo el mundo experimente personalmente un desastre climático.
Por lo tanto, para mí, la cuestión del tiempo —si nos interesan los problemas prácticos que plantean estas temporalidades no basadas en la experiencia (como el hecho de que la quema de combustibles fósiles antiguos afecte al clima en un futuro lejano)— apunta a la necesidad de examinar la versión más extrema de dichas temporalidades; y es aquí donde, a mi juicio, cobran importancia las lecciones que nos ofrece la física fundamental.
Suhail Malik: La respuesta de Andreas Malm, yo lo respondo con Dipesh Chakrabarty. Este complementa el argumento de Malm señalando que el cambio de escalas temporales exige importantes modificaciones metodológicas:
El Antropoceno nos obliga a pensar en las dos escalas temporales enormemente diferentes que implican, respectivamente, la historia de la Tierra y la historia mundial: las decenas de millones de años que suele abarcar una época geológica (el Holoceno parece haber sido una época particularmente breve si la tesis del Antropoceno es correcta) frente a los quinientos años, a lo sumo, que cabe considerar como la historia del capitalismo [2].
Chakrabarty también destaca un «obstáculo» para «conciliar» este exceso de tiempo geológico e histórico con los tiempos de la experiencia y la narrativa humanas —algo que Malm plantea, pero que de hecho dificulta sus propias exigencias—, a saber:
[…] el apego, presente en gran parte del pensamiento contemporáneo, a una construcción muy particular de «lo político», cuando la tarea podría consistir, precisamente en reconfigurarlo. […] Nuestras preocupaciones por la justicia ya no pueden limitarse únicamente a los seres humanos, sin embargo, aún no sabemos cómo extender dichas preocupaciones al universo de los no humanos (es decir, no solo a unas pocas especies). Existe también la tarea de incorporar al ámbito de las estructuras afectivas del tiempo histórico-humano las vastas escalas temporales de la geobiología, con las cuales dichas estructuras no suelen conectar [3].
Para mí, este es sin duda el problema adecuado: cómo concebir la justicia —y la política que esta exige— desde la inmensa perspectiva de la inestabilidad planetaria futura. Como señala Chakrabarty, no puede tratarse simplemente de un programa anticapitalista; entre otras razones, porque el objetivo de tal política son los últimos 500 años, un lapso ínfimo comparado con las escalas temporales que ahora debemos afrontar (aunque, hay que reconocerlo, es un buen punto de partida). Del mismo modo, la reconfiguración de la justicia no puede orientarse hacia las libertades humanas: los postulados de la modernidad europea liberal resultan bastante insuficientes ante los imperativos del Antropoceno.
¡Esto no supone una defensa del autoritarismo! Al contrario: la libertad de los individuos o comunidades humanas constituye una noción de justicia demasiado limitada para abordar las escalas de inestabilidad planetaria a largo plazo. Tanto el anticapitalismo como el liberalismo son formas anacrónicas —esqueuomorfos— de justicia en el Antropoceno.
El problema es simultáneamente, moral, teórico y científico. Chakrabarty insiste mucho en que ha sido la ciencia la que nos ha planteado este problema. Es la ciencia la que ha vinculado las pruebas de las consecuencias a largo plazo para el sistema terrestre derivadas de la acumulación de acciones humanas (y la que, para empezar, postula la existencia misma de un «sistema terrestre»). Sin embargo, creo que omite una idea clave: gracias a sus abstracciones, la ciencia también es capaz de predecir cierta inestabilidad ambiental en múltiples escalas temporales, incluidas las de largo plazo. Precisamente el despliegue científico del tiempo abstracto —frente a las convenciones del tiempo histórico narrable— es lo que permite aprehender (en todos los sentidos) la inestabilidad planetaria, incluida la implementación práctica de la supercomputación que genera estos modelos descriptivos y predictivos.
En consecuencia, el imperativo de recomponer la justicia en el Antropoceno presupone tanto un tiempo científico como el tiempo de la historia humana. Sin embargo, la recomposición de la justicia es un mandato normativo y —hasta la fecha, en la euromodernidad— antropológico, sobre el cual la ciencia no tiene mucho que decir, salvo que un sistema terrestre viable (a cierta escala local) requiere tales o cuales medidas. Ciertamente, el tiempo científico proporciona los medios para abordar las exigencias del Antropoceno —es incluso el prerrequisito para identificar esta condición—, pero no puede establecer el tiempo de una justicia renovada para el Antropoceno. Tampoco pueden hacerlo la experiencia o la comprensión históricas, porque como se ha dicho, las escalas que intervienen en el Antropoceno superan —tanto cuantitativa como cualitativamente— las condiciones en las que se han propagado las experiencias y narrativas hasta la fecha, por muy dispares que estas sean desde un punto de vista antropológico.
Por ello, y anticipándome un poco, la exigencia que plantea hoy el Antropoceno es de carácter especulativo: en el sentido de detenerse ante lo desconocido y, más concretamente, ante futuros de inestabilidad descubiertos por la ciencia en escalas temporales incompatibles con las vidas humanas, las generaciones e incluso, tal vez, con las estructuras narrativas. En cierto modo, este planteamiento especulativo tiene lugar, no obstante, en las experiencias y narrativas del presente; por eso me interesa saber: ¿qué observa usted que sucede en la intersección o en la colisión entre el tiempo científico y el tiempo humano?
Diann Bauer: Lo primero que me viene a la mente ante esa pregunta es que el «tiempo científico» sigue siendo un tiempo humano; al fin y al cabo, son los seres humanos quienes diseñan, llevan a cabo e interpretan los experimentos que pueden ayudarnos a comprender la ontología del tiempo. Prefiero hablar de «tiempo no experiencial» para referirme a lo que aquí perseguimos. No obstante, es a través de la ciencia y de nuestra capacidad de abstracción como podemos acercarnos a la comprensión del tiempo al margen de nuestra experiencia del mismo, la cual se nos presenta de forma tan persistente y convincente como lineal. La ciencia nos demuestra que la linealidad del tiempo, por ejemplo, dista mucho de cómo este opera a escalas no humanas, donde la propia noción de tiempo deja de tener sentido.
Me baso en una distinción propia de la filosofía analítica: la que existe entre sapiencia y sintiencia. En términos generales, un ser sintiente es aquel que tiene conciencia de su entorno, pero no necesariamente la capacidad de reflexionar deliberadamente sobre él y actuar en consecuencia; por el contrario, la sapiencia es la facultad humana de utilizar la razón para reflexionar sobre el mundo y actuar conscientemente en él, así como para construirlo. Esta distinción resulta interesante por sí misma desde un punto de vista conceptual —que es el enfoque que adoptan los filósofos—, pero también es relevante para la forma en que afrontamos el Antropoceno. Este último término fue acuñado por Paul Crutzen en el año 2000 para articular los efectos que el Homo sapiens ha tenido en el planeta y reconocer que dichos efectos han dado lugar a una nueva era geológica [4]. Se describió «explícitamente como un intervalo de tiempo geológico, como una época en comparación directa con —y distinta de— el Holoceno, debido a la importancia geológica que se atribuye a la alteración de los procesos del sistema terrestre» [5]. Como término, atribuye la responsabilidad de un cambio geológico a una única especie que provoca transformaciones a una escala muy superior a la de cualquiera de sus individuos.
Por ejemplo, durante doscientos años hemos estado extrayendo y quemando formas de vida muertas —enterradas hace cientos de millones de años—, y las consecuencias de ello repercutirán en el clima durante diez mil años o más en el futuro. Sin duda sentiremos estos efectos en forma de tormentas más intensas, el aumento del nivel del mar, etcétera, pero no percibimos su dimensión temporal. Como especie, evolucionamos para experimentar el tiempo a escala local. Se trata de un tiempo de experiencia directa y de consciencia sensible, para el cual no era necesario conectar con el tiempo profundo. Este último solía pertenecer al ámbito de la mitología, pero ahora estamos íntimamente y materialmente vinculados a él por una cuestión de consecuencias directas. Es un tiempo que comprendemos mediante la razón, el debate científico, la experimentación y la abstracción: un tiempo de consciencia sensible.
Quizás esta distinción entre sapiencia/sintiencia en relación con el tiempo se corresponda con algo que mencionaste en una conversación con Armen Avanessian en 2016; ¿tal vez ahí podamos vincularlo con la idea de un tiempo que existe fuera de la experiencia humana, pero que a la vez se identifica dentro de ella?
Dices que
La razón principal de la reorganización especulativa del tiempo es la complejidad y la escala de la organización social actual. Si los elementos determinantes de las sociedades complejas son sistemas, infraestructuras y redes —en lugar de agentes humanos individuales—, la experiencia humana pierde su primacía respecto a la semántica y la política que se basan en ella. En consecuencia, si el presente ha sido la categoría fundamental de la experiencia humana gracias a la capacidad sintiente biológica, esta base para comprender el tiempo pierde ahora su prioridad en favor de lo que podríamos llamar un «complejo temporal». Una ramificación teórica de esta pérdida de prioridad del presente es que ya no resulta necesario explicar el movimiento del pasado y del futuro a partir del presente. Más bien, nos encontramos en una situación en la que la experiencia humana es solo una parte de —o incluso está subordinada a— formaciones más complejas, construidas históricamente y orientadas hacia lo que puede obtenerse en el futuro [6].
¡Aquí hay muchas cosas en juego! ¿Podrías dar algunos ejemplos? Sé que has hablado de esto en relación con las finanzas.
Suhail Malik: La premisa de ese argumento era la observación —fuera de toda controversia— de que las operaciones financieras en general, y los derivados en particular (que son básicamente apuestas sobre estructuras crediticias), se basan en especular sobre cuál será el precio futuro de un activo. Las hipotecas ofrecen una forma rápida y familiar de entender esto: si usted contrata una hipoteca para una propiedad valorada, digamos, en 500.000 unidades de moneda local (UML), no lo hace solo porque quiera vivir en ella, sino también porque apuesta a que —incluso sumando los costos de los intereses, los seguros de renovación anual, etc— el valor acumulado de la propiedad será muy superior a esos 500.000 UML al cabo de unos años. Todos estos factores se incorporan, de manera más o menos explícita, al precio que usted estaría dispuesto a pagar hoy para vender más adelante. Se trata de una apuesta especulativa que conlleva todo tipo de cálculos y estimaciones sobre la evolución del mercado inmobiliario, tanto a corto como a largo plazo.
Sin embargo, a pesar de toda la abstracción, el cálculo y la cualificación que conllevan —lo cual constituye la dimensión de la sapiencia o sabiduría que usted ha mencionado—, la mayoría de los esquemas financieros son de corto plazo (a veces, muy corto) o se centran en aspectos como las hipotecas para quienes buscan vivienda, un legado para sus hijos o, cada vez más, el alquiler. Estas consideraciones se limitan a la duración de una vida humana estándar o a los rendimientos de los inversores, cuestiones más o menos inmediatas: ¿Podemos pagar la hipoteca? ¿Vale la pena rehipotecar dada la presión sobre los ingresos? ¿Son los alquileres demasiado bajos para alcanzar los rendimientos de referencia de este trimestre?
Ya que menciona el tiempo profundo, otro ejemplo de esta necesidad especulativa —que nos acerca a sus observaciones sobre los cambios temporales que implica afrontar el Antropoceno, además de evidenciar la distinción entre sintiencia y sapiencia— es la cuestión de los residuos nucleares: ¿cómo gestionar desechos cuyo material más radiactivo tiene un periodo de semidesintegración equivalente a la mitad de la edad del planeta? ¿Cómo abordar un problema que trasciende el tiempo que los humanos llevamos existiendo como especie biológica, pero que nosotros mismos generamos actualmente a través de la industria, garantizando al mismo tiempo un confinamiento seguro que perdure más allá de nuestra propia existencia? Es un problema que exige tener en cuenta la geología futura del planeta a lo largo de cientos de miles, o incluso millones, de años. La consideración del tiempo profundo y las contingencias que este impone debe integrarse en la planificación actual, especialmente en lo relativo a cómo asegurar las infraestructuras destinadas a la gestión de residuos. Se trata de una exigencia de enfoque especulativo que el sector financiero aplica con gran éxito, aunque en escalas temporales mucho más reducidas y con el objetivo —empobrecedor y esencialmente destructivo— de aumentar los beneficios.
Diann Bauer: Sí, la complejidad de nuestra forma de vida actual no puede evaluarse, juzgarse ni abordarse adecuadamente si la comprensión se basa únicamente en condiciones empíricas o locales. Me interesa examinar el tiempo más allá de la experiencia, con la esperanza de desarrollar una especie de conjunto de herramientas conceptuales que nos permita abordar el tiempo y la temporalidad con la urgencia que exigen las circunstancias en las que nos encontramos.
Esto no es imposible; hasta cierto punto, los seres humanos podemos comprender cómo funciona el tiempo al margen de nuestra experiencia directa de él. Gracias a nuestra capacidad cognitiva, hemos aprendido a determinar dónde se encontrarán las cosas en el futuro, incluso a escalas y niveles de sensibilidad que trascienden la percepción directa y lo empírico. La navegación por GPS ofrece un ejemplo de ello: los satélites GPS deben programarse teniendo en cuenta la discrepancia entre el ritmo al que transcurre el tiempo en la superficie terrestre y el ritmo al que lo hace en la órbita del satélite. Esto se debe a que dichos satélites «experimentan una gravedad cuatro veces más débil que la existente en la superficie. La teoría de la relatividad general de Einstein postula que la gravedad curva el espacio y el tiempo, lo que provoca que los relojes en órbita avancen ligeramente más rápido» [7]. Así pues, tecnologías que hoy consideramos cotidianas no serían posibles sin comprender la relatividad general y la física cuántica. Por supuesto, nuestra experiencia subjetiva no nos permite percibir esta diferencia en el ritmo temporal, no solo porque nos encontramos en una ubicación concreta respecto a la fuente, sino también porque la discrepancia es demasiado pequeña para ser captada por los sentidos. No obstante, comprendemos los efectos de la gravedad sobre el tiempo a escala planetaria; efectos que, de no tenerse en cuenta en la programación, harían imposible una navegación GPS precisa, repercutiendo a su vez en múltiples ámbitos, desde los desplazamientos de particulares por la ciudad hasta el funcionamiento de la logística global.
La idea principal de este ejemplo es que esta comprensión y las tecnologías asociadas no se basan en nuestra experiencia corporal del flujo del tiempo, sino que surgen de nuestra capacidad de abstracción y nuestra propensión a la mediación. Es precisamente esta capacidad de abstracción la que nos permite medir, cuantificar y, potencialmente, modificar los enormes efectos que estamos causando en el planeta.
Dicho esto, los seres humanos no abandonan el conocimiento no conceptual propio de la sintiencia, desarrollado a lo largo de milenios de evolución. Más bien, combinamos ese conocimiento prelingüístico con la capacidad de comprender conocimientos abstractos. El neurocientífico Dean Buonomano ofrece un ejemplo de conocimiento prelingüístico: un gato sabe exactamente cuándo saltar para atrapar un pájaro [8]. Sabe que, para tener éxito, debe saltar hacia el lugar donde el pájaro se encontrará en el futuro, apenas una fracción de segundo más tarde. El gato no conceptualiza esta acción ni reflexiona sobre su capacidad para predecir el futuro; sin embargo, posee una forma de «sable» que sigue siendo una capacidad esencial también para los seres humanos. Desplazarse entre una multitud en movimiento sin chocar con nadie, o moverse en medio del tráfico, por ejemplo, implica este tipo de conocimiento. No obstante, esta capacidad corporal para percibir dónde se encontrará algo en un futuro próximo no es fácilmente extrapolable a mayor escala.
Se trata de la alienación de comprendernos conscientemente como partes de sistemas más amplios. Y, en lo que respecta al tiempo, es el aspecto no experiencial en el que participamos —y que ahora también involucra o estructura nuestra experiencia encarnada y sintiente—. El prefijo «xeno-» en XT alude a la oscilación escalar entre los marcos temporales a corto plazo o experienciales y aquellos conocidos mediante la abstracción conceptual y el cálculo (incluidas las imágenes sintéticas, como el modelado computacional). Cualitativamente, aquí el «xeno-» respalda el distanciamiento entre nuestra sintiencia y nuestra sapiencia.
Suhail Malik: ¿Podrías decir algo más sobre el prefijo «xeno-» de XT? ¿Está relacionado con el «xeno-» del xenofeminismo? Formaste parte del colectivo Laboria Cuboniks, que redactó ese manifiesto [9].
Diann Bauer: Sí, estoy retomando el prefijo «xeno-» —o esa noción de alienación— del «Manifiesto xenofeminista», donde se reivindica como algo necesario para ganar tracción política en la actualidad, dada la complejidad sistémica existente a múltiples escalas, sumada al creciente nivel de contingencia que afecta a dichos sistemas interconectados. Aclaremos un punto: la alienación que reivindica el xenofeminismo no es el sentimiento individual de alienación frente a una complejidad planetaria que nos supera a cualquiera de nosotros. Se trata, más bien, de una alienación que surge del propio sujeto, pero que opera a escala de la especie. Es una alienación que se produce entre el hecho de ser un sistema material (nuestra biología, con toda su complejidad) y la capacidad de pensar y desenvolverse en el sistema material que nos constituye —tanto individual como colectivamente—, así como en escalas mucho mayores y, de hecho, múltiples.
Se trata de la alienación que supone comprendernos conscientemente como partes de sistemas más amplios. Y, en lo que respecta al tiempo, es el aspecto no vivencial en el que participamos —y que ahora también involucra o estructura nuestra experiencia sensible encarnada—. El prefijo «xeno-» en XT alude a la oscilación escalar entre los marcos temporales a corto plazo o vivenciales y los marcos temporales conocido a través de la abstracción conceptual y computacional (incluidas las imágenes sintéticas, como el modelado computacional). Cualitativamente, el prefijo «xeno-» aquí refrenda el distanciamiento entre nuestra sintiencia y nuestra sapiencia.
Suhail Malik: La XT, tal como usted la plantea, supone un desafío convincente para las finanzas especulativas en general, y para los seguros en particular. La especulación financiera apuesta por cuál será el precio de un activo en una escala temporal relativamente breve, en la que es posible imaginar un abanico de resultados —más o menos probables— que podrían afectar a dicho precio. Uno estima que el precio podría situarse en tal o cual nivel más o menos pronto, pero también es consciente de que podría no ocurrir así. No obstante, los precios terminan moviéndose en múltiples direcciones; por ello, al observar la diferencia entre el precio real en un momento futuro y el precio por el que se apostó, uno decide vender o comprar para obtener beneficios. En esto consiste el riesgo financiero:
“ […] combina la contingencia de la trayectoria del precio con el cálculo de cuánto apostar en relación con otros actores; todo ello se basa en incógnitas reales en el momento de realizar la apuesta (que de hecho, constituye un contrato)”.
Los seguros ofrecen un ejemplo especialmente significativo de esto, ya que su premisa explícita combina la incertidumbre financiera y la material. Contratar un seguro implica apostar sobre lo que sucederá o no. Como cliente, uno debe evaluar si el importe total destinado a las primas a lo largo de la vigencia del contrato es inferior al coste de tal o cual eventualidad que, en realidad, podría no llegar a producirse. Por su parte, la aseguradora debe calcular si los ingresos por primas serán suficientes para cubrir las reclamaciones legítimas que se produzcan y, al mismo tiempo, generar beneficios, así como estimar la probabilidad de que ocurran los eventos que dan lugar a dichas reclamaciones. Al igual que en el ejemplo del gato que usted mencionó, estos contratos suelen establecerse a corto plazo —uno o dos años—, a veces con renovaciones anuales (un formato habitual en los seguros para particulares).
Es decir, se asemeja a la caza de una presa por parte de un gato en el sentido de que los cálculos se realizan teniendo en cuenta lo que probablemente ocurrirá a corto o medio plazo, considerando el entorno y la probabilidad histórica de que afecten contingencias al objeto asegurado. Las evaluaciones actuariales —que abarcan desde análisis básicos hasta modelos informáticos a gran escala, incluyendo la dimensión de la sintiencia— asignan imágenes y probabilidades de riesgo concretas a estas estimaciones. No obstante, la idea fundamental es que el seguro no solo articula operativamente la superposición de dimensiones temporales (pasado, presente y futuro) como un conjunto coherente —lo que constituye un complejo temporal especulativo (STC)—, sino que también integra la sintiencia y la sapiencia.
Diann Bauer: Así pues, la especulación financiera no consiste tanto en que el futuro real construya el presente, sino en cómo las proyecciones que uno hace sobre el futuro actúan (a través de la sapiencia) sobre el presente (en tanto que sintiencia). Es una especie de sintiencia sintética basada en proyecciones de patrones históricos, o podría llamarse una sapiencia pragmáticamente limitada. Pero, ¿no es así como uno termina viviendo de todos modos en sociedades complejas? Me refiero tanto a nivel personal como, tal vez, a mayor escala. Necesitamos comprendernos a nosotros mismos, nuestra posición y nuestras capacidades más allá de las escalas en las que hemos evolucionado históricamente para operar, como medio para desenvolvernos mejor en las escalas en las que ya operamos. Este es —o será— el caso de toda sociedad en el Antropoceno.
Sin embargo, el Antropoceno es precisamente el escenario donde este tipo de proyección está fallando, ¿verdad? El pasado ya no es una base fiable para comprender el futuro, como lo fue durante el Holoceno —época en la que surgió la especie humana moderna y su historia—, y esto es distinto a cómo emplean esta frase las firmas de inversión financiera, que la usan como advertencia de que los rendimientos futuros podrían no igualar a los históricos. Supongo que aquí radica parte de mi pregunta: ¿se trata de un cambio fundamental en nuestra forma de entender el tiempo, en cómo nos situamos en el planeta, o en ambas cosas?
Suhail Malik: ¡Planteado así, tiene que serlo! Y por eso la formulación de la XT me parece que identifica un desafío especialmente crudo. Volver directamente a la STC puede aclararlo: la STC es una descripción general y abstracta de cómo se construyen elementos como los instrumentos financieros especulativos a partir de los referentes temporales distintos del pasado, el presente y el futuro y, tal como indica la cita que has mencionado antes, cómo se resta prioridad al presente como premisa de la acción. Esto ocurre en todas las escalas y líneas temporales: desde el trading de alta frecuencia, que opera en la microescala de los nanosegundos, hasta la escala de los tipos de sintiencia sintética de los que hemos estado hablando; es decir, las escalas temporales de la anticipación habitual y las expectativas a corto plazo modeladas a partir de patrones históricos. Y, como usted dice, es una cuestión clave y cada vez más significativa, dadas las inestabilidades a largo plazo y a escala planetaria que anuncia la categoría del Antropoceno.
Sin embargo, las compañías de seguros deben replantearse los plazos y el alcance de sus responsabilidades debido al colapso climático. Territorios y propiedades que antes eran asegurables dejarán de ser viables debido a la creciente probabilidad de incendios, inundaciones (ya sea por precipitaciones o por crecidas del nivel del agua), desertificación, etcétera. Esto supone una pérdida de ingresos para las aseguradoras, tanto por las indemnizaciones abonadas en el camino hacia la situación de inasegurabilidad como por la reducción de las primas procedentes de activos que históricamente eran asegurables. Existen varias formas de compensar esta situación: las primas pueden dispararse en las zonas más afectadas por los diversos estragos del Antropoceno; este sobrecoste puede repartirse de manera más equitativa entre todos los asegurados, lo que implica que algunos clientes quedarán excluidos por precio de planes que históricamente habían sido asequibles; o bien se pueden reducir las indemnizaciones por siniestros; o aplicar una combinación de todas estas medidas, junto con otras estrategias de mitigación, para mantener la rentabilidad. Lo que parece probable es que, a medida que se vean irreparablemente alterados los entornos —antes estables— que permitían la habitabilidad, la agricultura y el mantenimiento de infraestructuras, aumentará el volumen de las pérdidas registradas sobre activos históricamente asegurados. No obstante, a pesar de todas las dificultades que esto conlleva, para este sector se trata de una dinámica empresarial habitual: aquí están los riesgos, estas son las posibles indemnizaciones, estos son los ingresos; ¿cuál es nuestro modelo de negocio? Pero el problema principal que plantea el Antropoceno es que redefine el modelo fuera de los parámetros de la actividad habitual —aunque con algunos riesgos y ajustes nuevos—. El colapso climático, por sí solo, hace que los modelos predictivos y los cálculos de riesgo basados en datos históricos sobre tormentas, incendios y otros fenómenos atmosféricos dejen de servir de guía para lo que ocurrirá a medida que se superen diversos umbrales críticos. Aquí es donde parece resultar crucial afrontar la realidad del tiempo no basado en la experiencia propia (XT).
Esta imprevisibilidad que queda fuera de la evaluación de riesgos, puede verse cubierta en parte por las empresas de reaseguro, que aseguran a las compañías de seguros. Estas actúan como una especie de red de seguridad ante el colapso de los criterios que utilizan las aseguradoras para determinar qué constituye un riesgo asegurable de manera viable y cuál no. Por supuesto, es posible que las reaseguradoras sufran los mismos fallos operativos; en tal caso, el Estado interviene como último garante. Algo similar ocurrió en 2008 con la crisis crediticia, aunque en aquella ocasión el proceso se articuló mediante una compleja práctica de aseguramiento a través de mercados de derivados e involucró a bancos centrales y gobiernos nacionales como agentes de respaldo para sostener los mercados de crédito del Atlántico Norte. Lo fundamental aquí es que las empresas de reaseguro están reflexionando profundamente sobre el problema que supone el colapso de las proyecciones basadas en datos históricos y están realizando una labor muy explícita para incorporar nuevos riesgos. Asimismo, el colapso climático ofrece ciertas ventajas para las aseguradoras, ya que entran en juego nuevas regiones y sectores, como nuevas rutas comerciales y yacimientos de combustibles fósiles en un Ártico sin hielo.
Sin embargo, no creo que el presentismo modificado de una sapiencia sintética —por muy amplia que esta sea— pueda constituir una base adecuada para afrontar el colapso de su propia premisa fundamental. No obstante, ese es también el punto de partida de los actores humanos —la base de nuestra comprensión y percepción—, por lo que no podemos prescindir de él. La temporalidad no es solo una estructura temporal; es también una estructura de significado. Si adoptamos el STC como base para la acción en el presente y, al mismo tiempo, incorporamos un XT irreductible al presente o a la experiencia humana, surge la siguiente pregunta: ¿qué sucede con la posibilidad de construir un futuro dotado de sentido? Considero que los modelos narrativos —o los modelos de cálculo— tendrían que ser intrínsecamente distintos de aquellos que se han desarrollado históricamente hasta la fecha.
Diann Bauer: Parece que lo que hay que plantearse no es tanto un seguro, sino una especie de «no-seguro» (seguro). [Ambos ríen.] Aquí es donde el modo en que la física aborda el tiempo puede resultar instructivo. Lo que quiero decir con «tiempo fuera de la experiencia» no es solo una cuestión de escala, como ocurre con el tiempo profundo. La relatividad general propone modelos del tiempo que pueden resultar muy ajenos a nuestra experiencia del mismo; se trata de propuestas sobre la ontología del tiempo, que se adentran en tiempos desconocidos para la experiencia perceptiva humana. Es un acercamiento a una ontología temporal completamente ajena a la experiencia humana, y mi propuesta es que esto sirve de modelo para pensar en los desafíos del Antropoceno como un problema de XT, o de «no-seguro».
El problema político y social que se deriva de esto es: ¿cómo convencer a suficientes personas de que vale la pena comprometerse con ello en el presente? Creo que gran parte del juicio político acaba basándose en la experiencia subjetiva. Y si reconocemos que eso no basta para construir futuros, nos encontramos con el problema de cómo convencer realmente a la gente de que se comprometa con estos futuros inexperimentables y quizá innarrables cuando, por definición, no se corresponden con su experiencia subjetiva del mundo, ni con sus compromisos, ni siquiera con su sentido del tiempo.
Es una cuestión crucial, porque nos encontramos en un momento en el que la lealtad a la especie —quizá un medio necesario para la supervivencia— solo puede establecerse mediante compromisos que trascienden nuestra especie, utilizando capacidades propias de la misma: concretamente, la capacidad de razonar (“sapiencia”). Los seres humanos parecen poseer una aptitud única para la abstracción, lo que a su vez nos sitúa en una posición privilegiada para abordar problemas a escala planetaria, aunque sean problemas provocados por nosotros mismos. Si estamos comprometidos con nuestra propia supervivencia en este planeta, debemos utilizar esta aptitud para reconocer que somos un nodo en un sistema interdependiente que incluye a los humanos y a otras especies, así como a ecosistemas y complejidades que no pueden abordarse como una serie de problemas aislados. Y ahí es precisamente donde la alienación, entendida como herramienta, puede resultar productiva.
NOTAS:
[1] Andreas Malm. The Progress of This Storm: Nature and Society in a Warming World. Londres: Verso, 2018. pp 11.
[2] Dipesh Chakrabarty. The Climate of History in a Planetary Age. Chicago: University of Chicago Press, 2021. pp 156.
[3] Ibid, pp 178.
[4] Jan Zalasiewicz, Colin N. Waters, Mark Williams and Colin P. Summerhayes (eds), The
Anthropocene as a Geological Time Unit: A Guide to the Scientific Evidence and Current Debate. Cambridge: Cambridge University Press, 2019. 2, pp 253.
[5] Ibid.
[6] Armen Avanessian and Suhail Malik. «The Speculative Time Complex» in Avanessian and Malik (eds.). The Time-Complex. Postcontemporary. Miami: NAME, 2016. pp 7-8.
[7] Clifford M. Will. Einstein’s Relativity and Everyday Life. American Physical Society, 29 August 2011. sci.geo.satellite-nav.narkive.com/BvnYDgDe/einstein-s-relativity-and-everyday-life-clifford-m-will
[8] Dean Buonomano. Your Brain Is a Time Machine: The Neuroscience and Physics of Time. New York: W. W. Norton, 2017. pp 21.
[9] Laboria Cuboniks. The Xenofeminist Manifesto: A Politics for Alienation. London: Verso
Books, 2018. www.laboriacuboniks.net/manifesto/.