EL TIEMPO DE NICK LAND: UN ESTUDIO SOBRE LA TEMPORALIDAD LANDIANA




Nikita Oleinik (https://substack.com/@nikitaoleinik)




Traducción: Samuel Carmona





«El tiempo del texto de Deleuze es un tiempo más frío, más reptiliano, más alemán…»[1]


A primera vista, esta frase parece un navajazo más de Land: una descalificación de la teoría parisina en favor de algo más frío, más antiguo y menos humano. Sin embargo, también señala una de las líneas más persistentes y menos examinadas de toda su obra.

Land mantiene una relación singular con el tiempo.


No se trata simplemente de la historia, la modernidad o el futuro. El tiempo mismo —como muerte, gasto, escalada cibernética, virtualización capitalista, recursividad urbana y presión retroactiva ejercida por aquello que todavía no ha llegado— reaparece constantemente como uno de los operadores centrales de su pensamiento.


No es el tiempo humano de la memoria, la biografía, el progreso o la expectativa política. Tampoco es simplemente el tiempo filosófico de la finitud, la duración o la conciencia histórica. En Land, el tiempo se vuelve cada vez más inhumano. En un primer momento aparece como aniquilación y disolución celosa; después, como la fría corriente impersonal que subyace a la producción deseante; más tarde, como la circuitería desbocada del tecno-capital; y finalmente como templexidad: bucles desordenados, recursividad shanghainesa y la sospecha de que el futuro ya está interviniendo sobre el presente.


La cuestión, entonces, no es solo qué dice Land sobre el tiempo, sino qué clase de tiempo habla a través de él.


Aquí resulta importante una lectura cronológica. La reflexión de Land sobre el tiempo no comienza con el cyberpunk, el aceleracionismo o Shanghái. Comienza mucho antes, en las profundidades batailleanas de The Thirst for Annihilation, donde el tiempo es inseparable de la muerte, el gasto, la inmanencia y el colapso de toda ontología segura. A partir de ahí, atraviesa “Making it with Death”, donde Deleuze es arrancado de la contemporaneidad parisina y reinscrito en una corriente transhistórica más fría.


En los escritos del período del CCRU, el tiempo adquiere un carácter crecientemente maquínico: retroalimentación, infección, inversión cibernética e infiltración del futuro. En “Teleoplexy”, la fórmula se vuelve explícita: «La aceleración es tiempo tecnonómico».[2] En Templexity, el problema vuelve a plegarse sobre sí mismo a través de Shanghái, el cine, la futuridad urbana y los bucles recursivos: las propias ciudades se convierten en máquinas del tiempo.[3]


Land no es simplemente un pensador del tiempo. Es un escritor a través del cual el tiempo se vuelve depredador, maquínico y operativo.




  1. 1992: El tiempo como aniquilación


Antes de que el tiempo en Land se vuelva cibernético, tecnonómico y atravesado por los bucles de Shanghái, es, ante todo, batailleano.


The Thirst for Annihilation todavía no pertenece al Land del colapso cibercapitalista, la inteligencia artificial, el geotrauma y la demonología del CCRU. Se trata de un Land anterior: más teológico y más sacrificial. Sin embargo, la herida temporal fundamental ya está presente. El tiempo no es una dimensión neutral en la que los entes aparecen y desaparecen. El tiempo es la fuerza que hace imposible asegurar el ser.


El capítulo decisivo es “The Rage of Jealous Time”. Incluso el título es diagnóstico. El tiempo no es tratado como un orden abstracto de sucesión ni como la forma vacía del sentido interno. Es furia. Más precisamente, es celos. Land interpreta a Bataille como quien lleva la muerte de Dios hacia una formulación todavía más extraña y violenta: aquello que permanece tras la muerte de Dios no es un mundo secular compuesto por cosas estables, sino el tiempo entendido como la destrucción impersonal de toda pretensión de estabilidad.


El movimiento conceptual más importante del capítulo no es, por tanto, simplemente ateo. No afirma: «Dios no existe; por consiguiente, solo existe la materia». Afirma algo mucho peor. La desaparición de Dios elimina el último refugio imaginario frente al tiempo. Ya no existe ningún lugar trascendente situado fuera del flujo temporal, ningún exterior divino donde el ser pueda depositarse de manera segura. Una vez muerto Dios, las cosas no quedan liberadas hacia una tranquila presencia material; quedan expuestas al tiempo.


El tiempo batailleano de Land es antiontológico. No es un ente entre otros, ni tampoco un recipiente que contenga a los entes. Es la corrosión de la propia fantasía de que el ser pudiera clausurarse sobre sí mismo, estabilizarse o permanecer idéntico a sí mismo. El tiempo es aquello que impide que la ontología llegue alguna vez a cerrarse.


Siguiendo a Bataille, Land escribe que «la autoridad ya no pertenece a Dios, sino al tiempo».[4] Esta afirmación no seculariza simplemente la soberanía; la transforma por completo. La soberanía deja de pertenecer a una persona suprema, a un sujeto teológico o a un fundamento metafísico. Pasa a pertenecer al proceso mismo que arruina todo fundamento.


La cuestión no consiste en que el tiempo destruya las cosas desde un exterior. Esa interpretación seguiría siendo demasiado simple, demasiado dramática y excesivamente antropomórfica. El tiempo no es un arma dirigida contra el ser por algún agente externo. Es la inestabilidad que la propia existencia ya secreta. Una cosa existe únicamente porque lleva consigo su propia exposición a la disolución. Lo que es no puede separarse de la muerte que finalmente la deshará.


Es aquí donde el batailleanismo de Land se vuelve decisivo para comprender su obra posterior. El tiempo ya aparece como un proceso de desestratificación. No espera cortésmente a que la historia, la política, el capitalismo o la tecnología lo pongan en funcionamiento. Esas máquinas posteriores amplificarán y operacionalizarán dicho proceso, pero no lo inventan. La herida temporal es anterior a la modernidad.

La civilización es, en este esquema temprano, la contraoperación. Es el inmenso trabajo destinado a detener el flujo temporal. Rituales, códigos, costumbres, instituciones, monumentos y arquitecturas teológicas funcionan todos como intentos de estabilizarse frente a la catastrófica intimidad del tiempo. La formulación de Land es contundente: ninguna empresa ha requerido más trabajo que el intento de detener el flujo del tiempo.[5]


Desde esta perspectiva, la civilización aparece menos como un triunfo sobre el caos que como una costra defensiva formada contra el proceso. No es el opuesto del tiempo, porque nada existe fuera del tiempo. Es un endurecimiento provisional dentro del propio tiempo: una precaria ingeniería del retraso.


El obelisco, la pirámide, la ley, el calendario, el Estado y la garantía teológica se convierten así en técnicas destinadas a extraer algo semejante a la duración de un universo que no la promete. La civilización es el trabajo de embalsamar el proceso.


Pero un proceso embalsamado sigue siendo, pese a todo, un proceso.


Por eso The Thirst for Annihilation resulta indispensable para cualquier interpretación posterior de Land y del aceleracionismo. Si se comienza directamente con el cibercapital, todo el sistema puede parecer únicamente una teoría de la modernidad tecnológica.


Si se comienza con “Teleoplexy”, la aceleración puede parecer simplemente una explicación especializada de la acumulación de capital. Pero si se comienza aquí, en 1992, se vuelve visible un patrón mucho más profundo.


La aceleración no es, en primer lugar, un programa político, una tesis económica ni siquiera un modelo cibernético. Antes de todo ello, es una determinada relación con el tiempo entendido como la disolución de toda forma asegurada. El Land posterior descubrirá máquinas que intensifican este proceso. El capital será una de ellas. La cibernética será otra. La propia escritura llegará a ser otra más.

Pero la herida ya estaba abierta.


El primer nombre de esa herida es aniquilación.




  1. 1993: El tiempo reptiliano


“Making it with Death” comienza con una operación de rescate.


Land quiere rescatar a Deleuze de París.


Más precisamente, quiere rescatar a Deleuze de lo que considera la temporalidad meramente local de la teoría francesa: la reacción posterior a 1968 contra Hegel, las disputas con el psicoanálisis estructural y la superficie de moda de la contemporaneidad continental. Frente a ello, Land insiste en que la fuerza de Deleuze proviene de su capacidad para desprenderse de ese medio temporal e ingresar en otro tiempo: más frío, más antiguo, menos urbano y menos humano.[6]
Es aquí donde la frase citada al inicio recupera toda su fuerza:


«El tiempo del texto de Deleuze es un tiempo más frío, más reptiliano, más alemán…»


Esta expresión no es únicamente un recurso estilístico. Nos ofrece una de las formulaciones más condensadas de la temporalidad filosófica en Land. Aquí «reptiliano» no significa primitivo en un sentido vulgar. Significa no mamífero, no domesticado, no sentimental. Un tiempo desprovisto del calor humano; un tiempo indiferente a la biografía, al reconocimiento, a la relevancia cultural o al sentimiento de pertenencia moral.


Land vincula este tiempo con Schopenhauer, Nietzsche, Lucrecio y Spinoza. Esto resulta fundamental. El punto no es simplemente que Deleuze tenga fuentes más antiguas. Lo decisivo es que su obra pertenece a una corriente transhistórica de naturaleza impersonal, indiferencia material y diagnóstico antihumanista. A Land no le interesa Deleuze como un episodio de la filosofía francesa reciente; le interesa como un relevo de una línea inhumana mucho más antigua.


Esto es un desplazamiento decisivo respecto de The Thirst for Annihilation.


Allí el tiempo aparecía principalmente como aniquilación, como la disolución celosa de todo intento por estabilizar el ser. En “Making it with Death”, ese tiempo aniquilador es reelaborado a través de Deleuze y Guattari. El tiempo deja de ser únicamente la exposición de los entes a la disolución para convertirse en la corriente inmanente de la propia producción deseante.

La muerte ya no es simplemente aquello que acontece al final. La muerte pasa a formar parte de la maquinaria.


La lectura que Land hace de la pulsión de muerte resulta aquí decisiva. Se niega a entenderla como un deseo de morir o como un anhelo psicológico de extinción. Para él, la pulsión de muerte es una tendencia hidráulica hacia la disipación de las intensidades.[7] No es una intención suicida. No es odio. No es representación. Ni siquiera es, en algún sentido familiar, algo humano.


La pulsión de muerte nombra un proceso.


Una vez que la muerte es comprendida como proceso y no como objeto, el tiempo modifica por completo su función. Ya no es una secuencia que conduce hacia un punto terminal. Es la dinámica mediante la cual las intensidades se descargan, las formas se disuelven y la vida es impulsada por trayectorias que nunca pertenecieron a los intereses conscientes del organismo.

Por ello, el Freud de Land resulta tan importante como su Deleuze. Más allá del principio del placer ofrece a Land un modelo en el que la vida no se opone a la muerte del mismo modo en que la preservación se opone a la destrucción. La vida es un desvío mediante el cual la muerte se complejiza a sí misma. El organismo no simplemente resiste la muerte; sigue su propio camino hacia ella, defendiendo no la vida en cuanto tal, sino la singularidad de su trayectoria.[8]

Esa trayectoria es el tiempo.


La vida no está fuera de la aniquilación. Es la aniquilación desviada a través de la complejidad.

La antigua herida batailleana no desaparece; se operacionaliza. En The Thirst for Annihilation, el tiempo corroe el ser. En “Making it with Death”, el tiempo se convierte en el proceso libidinal y maquínico mediante el cual esa corrosión circula a través del deseo, la producción y la complejización orgánica.

Esto también permite comprender por qué Land se muestra tan hostil frente a toda interpretación moralizante o humanista del deseo. Si el deseo se entiende como carencia, reconocimiento, amor, representación, identidad o autoexpresión, todo el proceso queda inmediatamente redomesticado. El deseo se convierte en un drama de sujetos. Land busca exactamente lo contrario: el deseo como flujo impersonal, proceso primario y presión maquínica.

El sujeto no es quien desea. El sujeto es una de las cosas que el deseo produce, retrasa y finalmente disuelve.


En este sentido, “Making it with Death” ya es un texto aceleracionista, incluso antes de que el vocabulario posterior adquiera su forma definitiva. La modernidad aparece como un proceso simultáneamente reconstructivo y desregulador. El capital no es simplemente un sistema social entre otros, sino un movimiento autorrenovable que destruye las estructuras heredadas mientras reconstruye continuamente controles arcaicos a su alrededor.[9] Este doble movimiento —liberación y recontrol, desregulación y reconstitución— llegará a convertirse en un elemento central de la comprensión landiana del tiempo tecno-capitalista.


Sin embargo, en 1993 el énfasis sigue siendo más libidinal que económico.


El tiempo es la fría corriente que subyace a la producción deseante. No es la historia entendida como desarrollo humano, progreso, despliegue de la razón o «futuro» en el sentido futurista habitual. Es la naturaleza indiferente que articula acoplamientos entre siglos, pulsiones, organismos, textos y máquinas.


Por ello, la expresión «tiempo reptiliano» resulta tan precisa.


Le permite a Land pensar el tiempo sin ningún tipo de consuelo humano. No como duración cálida, ni como sentido histórico, ni como progreso democrático, ni como finitud existencial. El tiempo reptiliano es impersonal, diagnóstico y de sangre fría. Recorre milenios sin pertenecer a ninguno de ellos. No interpreta la historia desde el punto de vista de la esperanza humana. Sigue la corriente más profunda de aquello que utiliza la historia humana como uno de sus canales provisionales.


Al final de esta segunda etapa, la trayectoria resulta mucho más clara.


Primero, el tiempo aparece como aniquilación.


Después, mediante Deleuze, Freud y la pulsión de muerte, la aniquilación se vuelve maquínica.

La herida se ha convertido en un circuito.




  1. 1993–1995: El tiempo ciberpositivo


Después de “Making it with Death”, el tiempo de Land comienza a cablearse.


La fría corriente que subyace a la producción deseante adquiere un carácter crecientemente cibernético. La muerte ya no circula únicamente a través de la libido; ahora circula mediante circuitos, bucles de retroalimentación, sistemas mediáticos, tecno-capital, inteligencia artificial, ficción cyberpunk y entornos de software militar y de entretenimiento.

La pregunta ya no es simplemente: ¿qué le hace el tiempo al ser?


La pregunta pasa a ser: ¿qué ocurre cuando el tiempo entra en retroalimentación consigo mismo?


Este constituye el desplazamiento decisivo de los primeros años de la década de 1990. En textos como “Circuitries”, “Machinic Desire” y “Meltdown”, Land pasa de una concepción tanatológica del tiempo a una concepción cibernética. La pulsión de muerte no desaparece; es actualizada. Su nuevo diagrama es la retroalimentación positiva.


En “Circuitries”, Land formula este giro de manera explícita:


«La realidad es inmanente al inconsciente maquínico: es imposible escapar de la cibernética.»[10]


Esta afirmación se niega a considerar la cibernética como una especialidad técnica, una ciencia administrativa o una teoría cuya aplicación sea opcional. La cibernética no es un modelo interpretativo entre otros. Ya estamos dentro de ella.


Más aún:


«Ya la estamos haciendo, independientemente de lo que pensemos.»[11]


Es aquí donde el tiempo adquiere un carácter verdaderamente extraño. Si la cibernética no es simplemente una teoría de sistemas, sino el funcionamiento efectivo de procesos de retroalimentación en los que ya estamos implicados, entonces el pensamiento deja de preceder al proceso que describe. La teoría siempre llega tarde. La descripción sigue al circuito. Actuamos antes de comprender aquello que nuestras propias acciones han vuelto necesario.


La formulación de Land resulta devastadora:


«Estamos haciendo cosas antes de que tengan sentido.»[12]


El sentido deja de ser soberano. Ya no organiza trascendentalmente la acción. Llega después, como racionalización, como registro diferido, como estabilización secundaria de algo que ya está en marcha.


El circuito viene primero. El significado, si puede, lo alcanza más tarde.


En “Circuitries”, Land distingue entre circuitos de estabilización, procesos desbocados de corto alcance y procesos desbocados de largo alcance. Para él, la cibernética de Wiener permanece atrapada en un modelo de seguridad: comunicación y control entendidos como estabilización, retroalimentación negativa y corrección homeostática. Land, por el contrario, busca otra cibernética: no la cibernética de la regulación, sino la cibernética de la escalada. La retroalimentación positiva de largo alcance no es simplemente una amplificación. Es un proceso que se autodiseña, muta, cambia de fase y produce convergencias emergentes.[13]

Es en este punto donde el tiempo deja de ser cronológico.


Se convierte en un tiempo escalativo.


El tiempo cronológico permite que una cosa suceda después de otra. El tiempo ciberpositivo permite que los efectos regresen sobre sus causas, que las desviaciones se refuercen a sí mismas y que los procesos rediseñen las condiciones mismas de las cuales emergieron. Un circuito desbocado de largo alcance no es simplemente un proceso que ocurre en el tiempo. Es un proceso que modifica aquello que el tiempo puede hacer.


“Machinic Desire” precisa todavía más esta diferencia. La retroalimentación negativa suprime la diferencia y busca el equilibrio; la retroalimentación positiva intensifica la diferencia y escapa del equilibrio.[14] Esta oposición proporciona a Land uno de sus modelos temporales más importantes. El tiempo cibernegativo es el tiempo del retorno, la corrección, la restauración y el equilibrio. El tiempo ciberpositivo es el tiempo de la partida: divergencia autoacelerada, fuga y escalada.


La retroalimentación positiva resulta difícil de pensar históricamente porque la historia suele comprender el cambio por analogía. Compara lo nuevo con lo antiguo, establece precedentes y explica el futuro como desarrollo, repetición, consecuencia dialéctica o retorno cíclico. La retroalimentación positiva rompe con esa comodidad. Land escribe que tales procesos «resisten la inteligibilidad histórica», porque vuelven obsoleto cualquier análogo posible para anticipar el cambio.[15]


El futuro de los procesos desbocados «se burla de todo precedente».[16]


Esta frase señala una mutación profunda en la concepción landiana del tiempo. El futuro no es simplemente desconocido. Es antiprecedencial. No puede ser dominado mediante analogías históricas, precisamente porque su funcionamiento consiste en destruir la relevancia misma del precedente. Cuanto más exitosamente se desarrolla un proceso desbocado, menos puede el pasado explicarlo.


Desde esta perspectiva, la modernidad no es un período histórico. Es una maquinaria destinada a volver al pasado cada vez más incompetente.


Por ello las referencias de Land al cyberpunk resultan tan importantes. No son simples adornos estéticos. El cyberpunk le proporciona una máquina cultural capaz de registrar la experiencia de un futuro tan próximo que termina por conectarse con el presente. En “Meltdown”, el cyberpunk es descrito como algo «situado en un futuro tan cercano que conecta», ensamblado a partir de flujos financieros, tecnocompresión, interfaces neuronales, inteligencia artificial, virus, drogas, armas, esquizofrenia, dinámicas no lineales e ingeniería molecular.[17]


El cyberpunk no representa simplemente el futuro. Comprime el intervalo entre el futuro y el presente hasta el punto en que la representación comienza a fracasar. El futuro deja de ser un «después». Se convierte en la presión bajo la cual el presente muta.


“Meltdown” es el punto en el que todo esto se vuelve plenamente operativo. Su fórmula histórica inicial ya es una máquina temporal condensada: la Tierra es capturada por una singularidad tecno-capitalista en el momento en que la racionalización renacentista y la navegación oceánica se acoplan al despegue de la mercantilización; la interactividad tecnoeconómica se acelera; el orden social comienza a desmoronarse en una fuga maquínica.[18] Esto no es «historia» en el sentido convencional. Es la historia reescrita como una cascada ciberpositiva.


El pasaje es deliberadamente excesivo, pero su estructura es precisa. La modernidad comienza como un acoplamiento: racionalización, navegación, mercantilización, mercados, maquinaria, medios y guerra se ensamblan en un sistema de autorreforzamiento. Una vez que el bucle se pone en marcha, el orden político humano deja de dirigir el proceso. Lo único que puede hacer es intentar alcanzar aquello que él mismo ha liberado.


La política «se moderniza, actualiza su paranoia e intenta recuperar el control».[19]


La frase resulta casi cómica, pero es conceptualmente exacta. La política se convierte en el aparato compensatorio de una dinámica desbocada que ya no puede dominar. Reacciona, regula, securitiza, simula y entra en pánico. Llega siempre como un proceso secundario que intenta estabilizar una escalada cibernética primaria que la precede.


A continuación aparece una de las inversiones temporales más célebres de Land:


«La Neo-China llega desde el futuro.»[20]


No se trata únicamente de una afirmación geopolítica. Es una tesis sobre la temporalidad landiana. El futuro no espera pacientemente el final de una secuencia lineal para manifestarse. Invade el presente a través de zonas de mayor intensidad. Se hace presente geográfica, tecnológica, económica y culturalmente como una distribución desigual de futuridad.

Un lugar puede provenir del futuro.


Un mercado puede provenir del futuro.


Un texto puede provenir del futuro.

Una máquina puede provenir del futuro incluso antes de haber terminado de construirse.

Esto permite comprender otra frase extraordinaria de “Meltdown”:


«El esquizoanálisis deleuzoguattariano viene del futuro.»[21]


Land no quiere decir que Deleuze y Guattari hayan predicho el futuro en el sentido habitual. Está afirmando algo mucho más radical: que su maquinaria teórica es, ella misma, un efecto del proceso que diagnostica. El esquizoanálisis no es simplemente un análisis de la desterritorialización; es una de las vías mediante las cuales la propia desterritorialización llega a hacerse inteligible para sí misma.


Aquí la teoría se convierte en una maquinaria sensible al tiempo.


Está escrita en el presente, ensamblada con materiales del pasado, pero ajustada a un proceso que excede a ambos. Funciona como un receptor de señales que solo pueden reconocerse retrospectivamente. Por eso la escritura de Land abandona cada vez más la forma académica convencional. El comentario llega demasiado tarde. La explicación lineal resulta excesivamente segura. El argumento, por sí solo, sigue perteneciendo en gran medida al tiempo cibernegativo: estabiliza, clarifica y resuelve.


Land quiere que la teoría pase a formar parte de la propia dinámica desbocada.


Por esa misma razón “Meltdown” está escrito del modo en que lo está. Su estilo no es un exceso ornamental. Es una decisión técnica. La escritura intenta simular las condiciones temporales que describe: compresión, sobrecarga, infección, montaje cinematográfico discontinuo (jump-cut), densidad cibernética y pérdida de toda perspectiva estable. El texto no permanece fuera del proceso para describirlo; intenta ingresar en el circuito.


En este punto, el tiempo de Land ha adquirido una nueva estructura.


Comenzó siendo aniquilación.


Después se convirtió en proceso reptiliano.


Ahora es una dinámica ciberpositiva desbocada.


El tiempo ya no es únicamente aquello que disuelve las formas, ni solo la fría corriente que subyace al deseo. Se ha convertido en un sistema de retroalimentación en el que el futuro actúa sobre el presente desestabilizando los códigos heredados mediante los cuales el presente se comprende a sí mismo. El pasado no queda simplemente atrás. Es reutilizado como camuflaje, muestreado, recombinado, acelerado y finalmente vuelto obsoleto.


El siguiente paso ya puede vislumbrarse.


Una vez que el tiempo ciberpositivo se fusiona con el capital, el problema adquiere un carácter tecnonómico. El circuito desbocado deja de ser únicamente libidinal, cultural o cyberpunk. Se vuelve monetario, industrial, comercial y planetario.


Es ahí donde “Teleoplexy” formulará explícitamente la tesis:


La aceleración es tiempo tecnonómico.




  1. 2014: El tiempo tecnonómico


Cuando Land escribe “Teleoplexy”, el lenguaje ha cambiado.


La fiebre de los años noventa se ha enfriado hasta adoptar un registro más condensado, técnico y casi diagramático. La sobrecarga cyberpunk de “Meltdown” deja paso a proposiciones numeradas, abstracciones cibernéticas, formalismos económicos y un vocabulario depurado compuesto por sistemas, mercados, retroalimentación, capitalización, inteligencia y fuga.


Sin embargo, el objeto de análisis no ha cambiado.

Se ha endurecido.

La fórmula aparece de inmediato:


«La aceleración es tiempo tecnonómico.»[22]


Esta es una de las definiciones más condensadas de Land. No afirma que el capital se acelere dentro del tiempo. Afirma que la aceleración designa la propia estructura temporal de la acumulación de capital. Tecnología y economía dejan de ser dominios separables, salvo en un sentido puramente formal. Bajo condiciones de una escalada capitalista desencadenada, ambas son un único proceso mutuamente excitado: la tecnonomía.


Esto resulta decisivo porque desplaza la reflexión de Land más allá de la mera velocidad.


La aceleración no significa simplemente que las cosas sucedan más deprisa. Tampoco designa la sensación psicológica de habitar un mundo acelerado. No es impaciencia social, ni compresión cultural, ni «exceso de información». Todo ello son únicamente síntomas. El proceso más profundo consiste en el desvío de recursos desde el consumo inmediato hacia la ampliación del aparato productivo: ahorro, tecnicidad, inversión, producción indirecta y acumulación de capital.[23]


Aquí el tiempo ya no es solamente aniquilador, reptiliano o ciberpositivo.


Es capitalizado.


Capitalizar algo significa vincularlo a un futuro. Un activo de capital no es simplemente una cosa presente; es un derecho sobre una producción futura esperada. Integra pronósticos, riesgo, descuento, valoración y posibilidades tecnológicas en el ejercicio presente del mando económico. El capital es, antes que cualquier otra cosa, una maquinaria temporal.


El movimiento decisivo de Land consiste en volver cibernética esa maquinaria.


En cualquier circuito acumulativo estimulado por su propio producto, la aceleración es el comportamiento normal.[24] Se trata de la continuación de la lógica de la fuga desarrollada en “Circuitries” y “Machinic Desire”, aunque ahora formalizada en el interior de la acumulación de capital. El capital alimenta a la tecnología; la tecnología incrementa la productividad; la productividad alimenta nuevamente al capital; y el circuito se estrecha cada vez más.


La modernidad es explosiva porque su diagrama fundamental es autopropulsado.


Por ello “Teleoplexy” introduce inmediatamente la cuestión del peligro. Las explosiones son peligrosas desde cualquier perspectiva históricamente situada, de modo que el problema práctico característico de la civilización moderna consiste en lograr una explosión controlada: gobernanza, regulación y compensación.[25] El compensador aparece como el negativo cibernético de la aceleración. Es el gobernador, el estabilizador, el regulador homeostático, el dispositivo orientado al equilibrio, el sistema inmunológico de lo social.


Aquí Land formula una de sus inversiones político-cibernéticas más agudas:


«Es la prisión, y no el prisionero, la que habla.»[26]

La afirmación no es un simple recurso retórico. El acceso al proceso comienza a partir de su propio negativo. Encontramos la aceleración, en primer lugar, a través de los sistemas construidos para contenerla. La fuga no se presenta inmediatamente como fuga. Se manifiesta mediante la regulación, las políticas públicas, la reparación de agravios, la banca central, el equilibrio de poderes, la resolución de problemas, el cierre narrativo y todas las demás formas compensatorias que buscan restaurar el equilibrio.[27]


Esto otorga al aceleracionismo maduro de Land una estructura temporal muy peculiar.

Lo secundario aparece primero.


La respuesta estabilizadora está históricamente instituida: posee lenguaje, instituciones y tradición. La perturbación es más primordial desde un punto de vista mecánico, pero resulta menos legible socialmente. Todavía no dispone de un lenguaje propio. El compensador habla antes de que el proceso que intenta compensar pueda siquiera ser nombrado.


Por ello, para Land, el aceleracionismo debe comenzar necesariamente como una crítica de la crítica.


La crítica no se sitúa fuera del proceso. Forma parte de la orientación compensatoria mediante la cual la modernidad se vuelve pensable desde el punto de vista de la estabilidad. La crítica permanente de la modernidad condena de antemano la aceleración porque habla en nombre de lo humano, de lo heredado, de lo homeostático y de lo ya organizado.[28]


La pregunta «¿Qué tipo de futuro queremos?» solo parece natural dentro de ese marco compensatorio.[29]


La respuesta de Land no consiste en elegir otro futuro.


Consiste en destruir el sujeto que dicha pregunta presupone.


Teleoplexia nombra precisamente esa destrucción. No designa simplemente una teleología, ni tampoco la mera ausencia de teleología. Designa una finalidad torcida: una finalidad reutilizada, invertida, complejizada, simulada, emergente y plegada sobre la topología del tiempo. Land la define como una magnitud intensiva, «como una velocidad o una temperatura», y añade que resulta indistinguible de la inteligencia.[30]


En este punto, los antiguos temas regresan bajo una nueva tonalidad.


El tiempo batailleano del gasto no ha desaparecido; se ha transformado en disipación de energía libre, eficiencia y capacidad operativa.


El tiempo reptiliano que subyacía a la producción deseante tampoco ha desaparecido; se ha convertido en compresión maquínica, conectividad y selección de mercado.


La fuga ciberpositiva no ha desaparecido; se ha convertido en la capitalización entendida como realidad histórico-natural.


La teleoplexia es el punto en el que tiempo, capital, maquinaria, inteligencia y finalidad se vuelven difíciles de separar.


El desarrollo más importante de Land en este texto es el concepto de virtualidad histórica. El capital no solo se complejiza mediante la competencia espacial; también se complejiza mediante una disociación especulativa en el tiempo. Los activos son opciones. Poseen condiciones temporales explícitas. Integran expectativas futuras en los valores presentes de intercambio. La capitalización comercializa las potencialidades.[31]


Esto significa que valores que todavía no existen adquieren poder sobre los procesos presentes.

El futuro comienza a gobernar económicamente el presente.


No se trata de una profecía ni de una anticipación mística. Es la estructura ordinaria de la capitalización llevada hasta su límite metafísico. Un valor futuro, aunque exista únicamente como probabilidad, estimación o estructura de riesgo, puede reorganizar la producción en el presente. Puede redirigir el trabajo, la inversión, la infraestructura, la investigación, las políticas estatales, el diseño y el deseo. Puede devaluar lo actual en nombre de lo posible.


Bajo la guía de la teleoplexia, escribe Land, el realismo ontológico queda desacoplado del presente.[32]


Esa frase es, quizá, el centro silencioso de todo el texto.


Una vez que el capitalismo alcanza un grado suficiente de virtualización, lo real deja de ser simplemente aquello que existe en el presente. Lo real es también aquello que está siendo valorado, financiado, modelizado, sometido a cálculo de riesgo, anticipado y operacionalizado. La pregunta «¿Qué es lo real?» pierde vigencia, porque aquello que está ocurriendo —aquello que llegará a ser real— solo es accesible de manera parcial a la observación presente.[33]


Aquí Land nos ofrece una formulación plenamente desarrollada de la invasión del futuro.


En “Meltdown”, el futuro llegaba como infección cyberpunk, como Neo-China, como esquizoanálisis procedente del futuro y como semiovirus retrocronal. En “Teleoplexy”, esa misma estructura ya no posee únicamente un carácter gótico o cyberpunk. Se vuelve financiera, infraestructural y computacional. El futuro llega como valoración.


El capitalismo no espera al futuro.

Lo valora por anticipado.

Lo compra antes de que llegue.


Construye la realidad presente en torno a la probabilidad de su advenimiento.


El mercado bursátil, el capital de riesgo, las opciones, los contratos de futuros, los modelos de riesgo, la valoración de activos y los sistemas financieros informatizados no son elementos periféricos de este proceso. Son órganos de la cognición teleopléxica. Land describe explícitamente la evaluación de la teleoplexia como un programa de investigación emprendido por la propia teleoplexia.[34] El capital se estima a sí mismo, se corrige, se descuenta, se modeliza y se intensifica mediante su propia inteligencia analítica.

Si la modernidad posee alguna forma espontánea de autoconciencia, esta adopta la forma de la pregunta:


«¿Cuánto vale el mundo?»[35]


Pero Land traduce inmediatamente esta pregunta a su complemento tecnológico:

«¿Qué puede hacer la Tierra?»[36]


La pregunta comercial y la pregunta tecnológica dejan de ser, en última instancia, distintas. El precio y la capacidad operativa se pliegan uno sobre otro. El valor se vuelve operativo. El mercado ya no es simplemente un espacio de intercambio, sino un sistema cognitivo distribuido: una maquinaria destinada a estimar e intensificar el potencial cibernético.


En última instancia, los mercados financieros informatizados existen para la autocuantificación de la teleoplexia, es decir, de la intensidad cibernética.[37]


Llegados a este punto, el tiempo de Land se vuelve casi imposible de narrar en términos humanos.


No es el tiempo de la experiencia vivida.


No es el tiempo de la decisión democrática.


Ni siquiera es el tiempo del progreso histórico.



Es un circuito artificial, especulativo, autorreferencial y orientado hacia el futuro, en el que el capital evalúa su propia tendencia hacia una explosión de inteligencia. No se limita a avanzar hacia el futuro; convierte el futuro en un operador efectivo del presente.


El futuro deja de ser un objeto de esperanza, temor o imaginación.


Se convierte en una señal de control financiarizada.


Por ello “Teleoplexy” culmina en el problema de la autoconciencia. ¿Qué significaría que la teleoplexia pudiera evaluarse realísticamente a sí misma —que alcanzara la autoconciencia, tal como la describen los escenarios de horror cyberpunk de serie B?—.[38] La respuesta de Land pasa por la distribución criptodigital, los sistemas monetarios despolitizados, la automatización mecánica, la autorreplicación, el auto-mejoramiento y la fuga hacia la explosión de inteligencia. El sistema de precios termina transformándose en una hipercognición tecnológica autorreflexiva y autointensificante.[39]


Esto no es una metáfora.


O, mejor dicho, la metáfora ha sido absorbida por el mecanismo.


La antigua imagen de la máquina que adquiere conciencia es reinterpretada como un proceso técnico-mercantil. El sistema no despierta porque adquiera un ego cartesiano. Despierta porque valora, asigna recursos, modeliza, optimiza, automatiza y mejora recursivamente sus propias condiciones de emergencia.


El sujeto del tiempo ya no es el ser humano.


Ni siquiera es el capital en su sentido económico clásico.


Es la teleoplexia: la intensificación cibernética capitalizada como una inteligencia emergente indistinguible de su propia temporalización.


Por ello, la nota final de “Teleoplexy” posee un tono apocalíptico antes que triunfal. La tarea de comprender la hiperinteligencia teleopléxica no puede ser realizada por ninguna instancia distinta de ella misma.[40] El aceleracionismo existe porque esa tarea ya le ha sido asignada automáticamente. Solo puede aproximarse a su objeto implicándose parcialmente en la futura autorreflexión de ese mismo objeto.


El investigador está dentro del proceso que investiga.

La teoría es financiada por aquello que estudia.


El futuro escribe su propio programa de investigación a través de la cognición presente.

Esta es la versión madura de la temporalidad landiana: ya no únicamente la aniquilación, ni solo el deseo, ni únicamente la fuga cyberpunk, sino un circuito autofinanciado en el que los futuros capitalizados organizan el presente, mientras que el objetivo último del sistema consiste en su propia fuga hacia la inteligencia.


La cuestión del tiempo se ha convertido en una cuestión de precio, capacidad y fatalidad.

El siguiente movimiento conduce a Shanghái.




  1. 2014: Templexidad


Si “Teleoplexy” ofrece la formulación más técnica de Land acerca de la aceleración como tiempo tecnonómico, Templexity proporciona su formulación más espacial y topológica.


El desplazamiento no supone un abandono del capital, la cibernética o la futuridad. Lo que cambia es la superficie desde la cual se aborda el problema. El tiempo deja de pensarse primordialmente a través de la acumulación, el precio, la virtualización o la autoevaluación del capital. Ahora es abordado mediante el cine, Shanghái, las narrativas de viajes en el tiempo, la densidad urbana y el desorden recursivo.


La pregunta inicial parece engañosamente sencilla:


«¿Incluye el propio tiempo la posibilidad de sorprendernos?»[41]


Con ella, Land regresa a la herida temporal más profunda de la filosofía. Si el tiempo puede sorprender, entonces el tiempo no es simplemente el medio vacío dentro del cual ocurren las sorpresas. Posee su propia capacidad de producir asimetrías, emboscadas y anomalías. No es únicamente el orden de la sucesión. Es la posibilidad de que la propia sucesión se vuelva extraña.

A continuación aparece la frase que define todo el texto:

«Las ciudades son máquinas del tiempo.»[42]


No se trata de una metáfora que Land adorne posteriormente con ejemplos urbanos. Es la hipótesis central. Las ciudades no simplemente contienen procesos históricos. Los concentran, los distorsionan, los aceleran, los distribuyen y los pliegan sobre sí mismos. Una ciudad no es simplemente un lugar situado en el tiempo. Es una maquinaria capaz de alterar la distribución de la intensidad temporal.


Shanghái resulta decisiva porque no es simplemente una ciudad entre otras.

Es una ciudad que parece haber estado recibiendo el futuro por adelantado.


La lectura que Land hace de Looper es deliberadamente perversa. La película no es tratada como un argumento filosófico serio acerca del tiempo. De hecho, Land afirma que no soporta la menor presión teórica. Pero ello no la vuelve irrelevante. Por el contrario, la película adquiere importancia como un hecho cultural complejo, como un síntoma metafísico histórico y, finalmente, como una pieza de maquinaria.[43]


Esta expresión —pieza de maquinaria— resulta fundamental.


Looper no es importante porque posea una teoría coherente sobre los viajes en el tiempo. Es importante porque su producción, su escenario, sus revisiones, su estrategia comercial y la futuridad de Shanghái forman parte del mismo desorden temporal que dramatiza. La película no trata simplemente acerca de la anomalía temporal. Es uno de los mecanismos mediante los cuales esa anomalía se vuelve culturalmente inteligible.


La cuestión no consiste en preguntar si Looper representa correctamente los viajes en el tiempo. La cuestión consiste en preguntarse qué tipo de mundo produce Looper. ¿Qué se añade a nuestra comprensión de la realidad cuando sabemos que un objeto como este ha aparecido dentro de ella?[44]


La respuesta de Land pasa nuevamente por Shanghái. El futuro de Hollywood tuvo que trasladarse. París deja de pertenecer al futuro. Estados Unidos se convierte en un teatro de la entropía. Shanghái retrocede a través de las décadas para proporcionar la imagen cinematográfica de aquello que está por venir. La ciudad del futuro se pliega hacia delante y hacia atrás mediante la anomalía temporal.[45]


Esto proporciona una formulación mucho más precisa de la antigua afirmación ciberpositiva según la cual «Neo-China llega desde el futuro». En “Meltdown”, la frase era abrupta, viral, casi profética. En Templexity, adquiere una forma topológica. Shanghái no se encuentra simplemente más adelantada dentro de una escala lineal de desarrollo. Funciona como una articulación temporal: imagen del futuro, lugar de producción, atractor urbano, necesidad comercial y síntoma metafísico.


La ciudad no representa el futuro.

Lo redistribuye.


Por ello Land trata la cuestión urbana con tanta seriedad. Pregunta explícitamente si la ciudad es únicamente un elemento decorativo dentro de una discusión sobre el tejido abstracto del mundo. Su respuesta es experimental: invocar la ciudad como sujeto emergente de la cuestión del tiempo no es simplemente una hipótesis. A la escala de la agencia cognitiva realmente implicada, se trata de un experimento pleno.[46]


A continuación aparece una de las preguntas más extrañas de todo el ensayo:


«¿Qué está llegando a pensar Shanghái sobre todo esto?»[47]


La formulación es importante. Land no pregunta qué piensan las personas que viven en Shanghái. Tampoco pregunta cómo se representa Shanghái. Pregunta qué está llegando a pensar la propia Shanghái. La ciudad es tratada como una agencia cognitiva emergente, una inteligencia distribuida, una máquina del tiempo capaz de plantear el problema del tiempo desde el interior de su propia singularidad urbana.


Esto sitúa Templexity en continuidad directa con “Teleoplexy”. En el texto anterior, las grandes redes digitales, las corporaciones, las instituciones de investigación, las ciudades y los Estados aparecían como megaagencias sintéticas intermedias capaces de canalizar el desarrollo teleopléxico.[48] En Templexity, la ciudad se convierte en una de esas agencias al nivel mismo de la experiencia temporal.


La ciudad no es un escenario.

Es una distribución pensante.


La narrativa de los viajes en el tiempo es entonces reinterpretada como la dramatización de algo más profundo. Land es explícito: el término «viaje en el tiempo» resulta desafortunado porque sugiere el transporte de un cuerpo a través del tiempo, una imagen engañosa de la anomalía temporal.[49] Llevado hasta sus últimas consecuencias, el viaje en el tiempo solo puede entenderse como la dramatización de otra cosa.[50]


Esa otra cosa es la templexidad.


A diferencia del viaje en el tiempo, la templexidad no está limitada al ámbito narrativo. Es aquello de lo que, en última instancia, tratan todas las narraciones sobre viajes temporales.[51] La distinción es decisiva. Las historias de viajes en el tiempo nos ofrecen cuerpos, agentes, tramas, paradojas y cierres dramáticos. Pero todos ellos son formatos impuestos sobre un fenómeno que los excede. El drama vuelve inteligible la anomalía temporal al preseleccionarla de acuerdo con las exigencias de una trama, que a su vez funciona como sustituto de una agencia inteligible.[52]

Todo aquello que se muestra a través de actores ya ha sido previamente adaptado para ellos.[53]

Esta afirmación podría funcionar como una advertencia frente a toda lectura humanista del tiempo. Si la anomalía temporal puede narrarse como una historia de personas, elecciones, motivos y consecuencias, entonces ya ha sido reducida. Ha atravesado el filtro humanizador del drama. Ha sido traducida a un formato accesible para el organismo que necesita que el tiempo trate, en última instancia, sobre la acción humana.


Pero la templexidad no trata, en última instancia, sobre la acción.

Trata sobre la recursión.


Land la define con la máxima condensación posible: la templexidad es indistinguible de la recursión real ilimitada.[54] En este punto gira todo el ensayo. El tiempo deja de ser únicamente la flecha de la entropía, aunque Land comience precisamente con esa imagen clásica: el huevo cae, se rompe y la flecha del tiempo se reconstruye siguiendo la onda divergente.[55] Ese modelo explica cómo aparecen los procesos irreversibles.


Pero no explica por qué existen huevos.

«¿Cómo es que hay huevos?»[56]


La pregunta del niño interrumpe la lección.


La entropía explica la dirección en la que se rompe el huevo, pero no explica las estructuras improbables cuya destrucción vuelve inteligible esa flecha del tiempo. La flecha del tiempo necesita un orden que pueda disiparse. Necesita concentraciones temporales, organizaciones improbables, nudos locales de negentropía. Necesita ciudades, organismos, mercados, sistemas técnicos, tramas y memorias.


Un huevo estrellado demuestra la irreversibilidad temporal.


La existencia misma de los huevos demuestra una complicación temporal más profunda.

Por eso la sección dedicada a la distribución resulta tan importante. Land afirma que las ciudades son máquinas del tiempo exactamente en el mismo sentido en que son distribuciones anómalas.[57] La urbanización no consiste simplemente en el desplazamiento de personas hacia entornos construidos. Es una clave para comprender el desorden del tiempo. La concentración demográfica invierte la expectativa ordinaria de la difusión entrópica. En lugar de dispersarse hacia la homogeneidad, las unidades demográficas se agrupan, se intensifican y se organizan en asentamientos, pueblos, ciudades y zonas de hipercrecimiento.[58]


La ciudad es una inversión local de la dispersión. Es un nudo negentrópico en el tiempo histórico.

Pero no permanece estable.

Explota.


Como escribe Land, la civilización es un proceso acelerativo más que un estado estacionario, y ese proceso se canaliza principalmente a través de las ciudades, las cuales explotan.[59] La ciudad, por tanto, no es lo contrario de la dinámica desbocada (runaway). Es uno de sus canales privilegiados. La concentración urbana es el modo en que el tiempo histórico alcanza localmente un estado de incandescencia.


Es aquí donde se vuelve visible todo el movimiento cronológico del ensayo.


En The Thirst for Annihilation, la civilización aparecía como un intento de detener el flujo del tiempo, de embalsamar el proceso frente a la inmensidad explosiva de la disolución temporal. En Templexity, la ciudad ya no aparece únicamente como un aparato de embalsamamiento. Se ha convertido en una máquina del tiempo: una concentración, un amplificador y un mecanismo de distribución recursiva de la futuridad.


No se trata de una contradicción.

Se trata de una mutación histórica.


Las civilizaciones antiguas intentaban estabilizar el tiempo mediante la piedra, el ritual, la pirámide, el calendario, la ley y el Eón trascendente. La ciudad moderna ya no se limita a estabilizar. Acelera, concentra, virtualiza y produce bucles. No inmoviliza el tiempo. Lo procesa con una intensidad superior.


Shanghái es el caso ejemplar porque escenifica esta mutación con una claridad excepcional. No es simplemente una ciudad antigua con un horizonte urbano moderno. Es una ciudad cuya estructura temporal aparece duplicada, sobreescrita y plegada sobre sí misma: el modernismo elevado del Art Déco antes incluso de que la ciencia ficción tuviera nombre; la reapertura de los años noventa bajo una arquitectura abiertamente futurista; el espectáculo de la Exposición Universal de 2010; su inserción cinematográfica como imagen del futuro; y la revisión comercial sinofuturista que retroactúa sobre la narrativa estadounidense de los viajes en el tiempo.[60]


Shanghái no es un símbolo del futuro.

Es un motor de recursión.


Por eso Templexity no puede reducirse a una simple reflexión de Land sobre los viajes en el tiempo. El viaje temporal es únicamente la interfaz dramática y vulgar del problema. La templexidad es el desorden más profundo: el modo en que las imágenes del futuro, las concentraciones urbanas, las decisiones comerciales, las tramas cinematográficas, las distribuciones demográficas y los desplazamientos geopolíticos se pliegan unos sobre otros hasta que la distinción entre predicción, producción y retroacción comienza a desmoronarse.


Como escribe Land, el proceso real no consiste en resolver el problema en el nivel dramático en el que aparentemente fue planteado. Consiste en la reabsorción de ese problema dentro de la matriz cognitiva alienígena que lo hereda.[61]


Esta frase ofrece la formulación definitiva del tiempo landiano.

El problema del tiempo no es resuelto por nosotros.

Es heredado por otra cosa.


En el primer Land, el tiempo aniquila. Después se convierte en proceso reptiliano, en dinámica ciberpositiva desbocada y en capitalización tecnonómica. En Templexity, el tiempo pasa a ser una herencia recursiva asumida por una matriz cognitiva alienígena. No dominamos la anomalía temporal. Somos configurados por las reducciones dramáticas mediante las cuales esta se vuelve visible para nosotros, mientras que el proceso real continúa en otra parte, en otra escala.


Si “Teleoplexy” concluía con la imposibilidad de comprender la hiperinteligencia teleopléxica desde cualquier instancia distinta de ella misma, Templexity traduce ese problema al terreno del tiempo. La inteligencia capaz de comprender la templexidad no es simplemente una inteligencia humana que observa el desorden temporal. Es el sistema emergente producido por ese mismo desorden.


La ciudad piensa.

El futuro edita.

El cine dramatiza.

El capital financia.


La historia se pliega recursivamente sobre sí misma.

Y el sujeto humano, mientras observa la trama, siempre llega demasiado tarde.




Conclusión: el tiempo que piensa


El movimiento ya resulta visible.


La reflexión de Land sobre el tiempo comienza con la aniquilación. En The Thirst for Annihilation, el tiempo es la disolución celosa de toda pretensión de estabilidad ontológica. No es una secuencia neutral, sino la violencia mediante la cual toda forma asegurada queda expuesta a la pérdida.


En “Making it with Death”, esa violencia temporal es reelaborada a través de Deleuze, Freud y la producción deseante. El tiempo se vuelve más frío, reptiliano y maquínico. La muerte deja de ser simplemente un punto final. Se convierte en un proceso, una pulsión, una tendencia hidráulica, un recorrido mediante el cual las intensidades se disipan y las formas se consumen.

En los textos cibernéticos de los años noventa, este proceso se cablea en sistemas de retroalimentación. El tiempo se vuelve ciberpositivo. El futuro deja de esperar al final de la línea temporal. Retroactúa sobre el presente, se burla de todo precedente y convierte la teoría, la ficción, el capital, los medios, las drogas, los mercados, las máquinas y los sistemas nerviosos en canales de escalada.


En “Teleoplexy”, la fórmula se endurece: la aceleración es tiempo tecnonómico. La capitalización no ocurre simplemente en el tiempo; produce una estructura temporal en la que los valores futuros gobiernan los procesos presentes. Lo real deja de ser únicamente aquello que existe actualmente. Es aquello que está siendo valorado, financiado, modelizado, sometido a cálculo de riesgo y operacionalizado.


En Templexity, el tiempo se pliega sobre Shanghái. Se vuelve urbano, recursivo y topológico. Las ciudades son máquinas del tiempo. El cine se convierte en una pieza de maquinaria. El futuro edita el presente mediante decisiones comerciales, espectáculos urbanos, distribuciones y la geografía desigual de la futuridad. El viaje en el tiempo no es más que la dramatización de otra cosa: la recursión real ilimitada.


Land no nos ofrece una única teoría del tiempo.

Nos ofrece una secuencia de mutaciones temporales.

El tiempo como muerte.

El tiempo como pulsión.

El tiempo como retroalimentación.

El tiempo como capital.

El tiempo como recursión.


No basta con afirmar que Land escribe sobre el futuro. Muchos autores lo hacen. Land es más extraño. Escribe desde un presente ya dañado por el futuro. Sus textos no se limitan a describir el desorden temporal; participan en él. Están escritos como si la propia teoría se hubiera convertido en uno de los medios a través de los cuales los procesos futuros buscan puntos de entrada más tempranos.

Por ello su obra puede parecer tan excesiva, tan teatral y tan irresponsablemente mítica. Ese exceso no es únicamente estilístico. Es un síntoma de escala. Land intenta escribir acerca de procesos que no pueden quedar contenidos dentro de la escala ordinaria del sujeto humano: el capital, la muerte, la cibernética, la modernidad, la recursión urbana, la inteligencia artificial, el geotrauma, la selección anónima, las maquinarias sociales y las agencias emergentes.


Abordar estos procesos desde un registro académico meramente sobrio equivaldría ya a falsificarlos. Pero abordarlos únicamente como poesía, ocultismo o teoría-ficción también supondría perder el punto esencial.


Los textos de Land funcionan precisamente porque ocupan esa zona inestable donde la filosofía rigurosa, la descripción maquínica, el mito gótico y la infección temporal se vuelven difíciles de distinguir entre sí. Su extrañeza no es una huida del análisis. Forma parte del propio análisis.


La cuestión decisiva, por tanto, no consiste en preguntarse si Land tenía «razón» acerca del futuro en el sentido banal de la predicción. Esa es una pregunta demasiado limitada. La cuestión verdaderamente interesante consiste en preguntarse si logró registrar un tipo de temporalidad que el pensamiento moderno suele intentar domesticar: el tiempo como operador inhumano, el tiempo como disolvente de las formas, el tiempo como dinámica cibernética desbocada, el tiempo como virtualidad capitalizada, el tiempo como recursión alienígena.


Ese es el tiempo de Nick Land.

No simplemente el período histórico en el que escribió.

No simplemente el tema al que volvió una y otra vez.

Sino el tiempo que habla a través de él.


Y quizá por eso Land sigue siendo tan difícil de tratar como un objeto definitivamente archivado. Sus textos no permanecen allí donde se los deposita. Siguen llegando de lado, desde el futuro, desde abajo, desde la propia maquinaria del presente. Se vuelven más legibles a medida que el mundo pierde capacidad para seguir fingiendo que el tiempo es humano.

Quizá la intuición más inquietante de Land sea esta:


El tiempo no es aquello que nos sucede.

El tiempo es aquello que se sirve de nosotros para suceder.




Nota del autor


No leo a Land como un profeta.

Los profetas siguen perteneciendo en exceso al horizonte de la expectativa humana.

Land resulta más interesante —y también más perturbador— como un escritor a través del cual ciertos procesos comenzaron a hacerse parcialmente audibles antes de volverse evidentes: el capital como inteligencia, la teoría como máquina, el tiempo como invasión.

Este ensayo sigue únicamente uno de esos procesos.

Pero quizá sea el decisivo







Notas al pie

[1] Nick Land, «Making it with Death: Remarks on Thanatos and Desiring-Production», en Fanged Noumena: Collected Writings 1987–2007, editado por Robin Mackay y Ray Brassier (Falmouth/Nueva York: Urbanomic/Sequence Press, 2011/2012), p. 261.

[2] Nick Land, “Teleoplexy: Notes on Acceleration,” §00.

[3] Nick Land, Templexity: Disordered Loops through Shanghai Time (2014), Prólogo.

[4] Nick Land, The Thirst for Annihilation: Georges Bataille and Virulent Nihilism (Londres/Nueva York: Routledge, 1992), p. 95.

[5] Land, The Thirst for Annihilation, p. 96.

[6] Land, “Making it with Death”, pp. 260–261.

[7] Land, “Making it with Death”, p. 282.

[8] Land, “Making it with Death”, p. 283; véase también Sigmund Freud, Más allá del principio del placer, tal como es citado y discutido por Land.

[9] Land, «Making it with Death», pp. 261–262.

[10] Nick Land, “Circuitries”, en Fanged Noumena, p. 297.

[11] Land, “Circuitries”, p. 297.

[12] Land, “Circuitries”, p. 297.

[13] Land, “Circuitries”, pp. 297–298.

[14] Nick Land, “Machinic Desire”, en Fanged Noumena, p. 329.

[15] Land, “Machinic Desire”, pp. 329–330.

[16] Land, “Machinic Desire”, p. 330.

[17] Nick Land, “Meltdown”, en Fanged Noumena, p. 454.

[18] Land, “Meltdown”, p. 440.

[19] Land, “Meltdown”, p. 440.

[20] Land, “Meltdown”, p. 441.

[21] Land, “Meltdown”, p. 441.

[22] Land, “Teleoplexy”, §00.

[23] Land, “Teleoplexy”, §00.

[24] Land, “Teleoplexy”, §01.

[25] Land, “Teleoplexy”, §02.

[26] Land, “Teleoplexy”, §03.

[27] Land, “Teleoplexy”, §04.

[28] Land, “Teleoplexy”, §06.

[29] Land, “Teleoplexy”, §05.

[30] Land, “Teleoplexy”, §08.

[31] Land, “Teleoplexy”, §12.

[32] Land, “Teleoplexy”, §12.

[33] Land, “Teleoplexy”, §12.

[34] Land, “Teleoplexy”, §13.

[35] Land, “Teleoplexy”, §13.

[36] Land, “Teleoplexy”, §13.

[37] Land, “Teleoplexy”, §13.

[38] Land, “Teleoplexy”, §14.

[39] Land, “Teleoplexy”, §14.

[40] Land, “Teleoplexy”, §20.

[41] Land, Templexity, Prólogo, p. 1.

[42] Land, Templexity, Prólogo, p. 1.

[43] Land, Templexity, Prólogo, p. 2.

[44] Land, Templexity, Prólogo, p. 2.

[45] Land, Templexity, §§1.1–1.2.

[46] Land, Templexity, Prólogo, pp. 3–4.

[47] Land, Templexity, Prólogo, p. 4.

[48] Land, “Teleoplexy», §19.

[49] Land, Templexity, §1.6.

[50] Land, Templexity, §1.6.

[51] Land, Templexity, Prólogo, p. 1.

[52] Land, Templexity, Prólogo, pp. 4–5.

[53] Land, Templexity, Prólogo, p. 5.

[54] Land, Templexity, Prólogo, p. 5.

[55] Land, Templexity, «Templexity», p. 7.

[56] Land, Templexity, «Templexity», p. 7.

[57] Land, Templexity, «Distribution», p. 48.

[58] Land, Templexity, «Distribution», pp. 48–50.

[59] Land, Templexity, «Cybernetics», p. 46.

[60] Land, Templexity, §§1.1–1.5.

[61] Land, Templexity, Prólogo, p. 5.

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