¿QUÉ ES LA POESÍA PATAMATEMÁTICA?
ANDREW C. WENAUS
Traducción: Samuel Carmona
Texto original: https://www.boundary2.org/exocriticism-special-issue/
Cuando un objeto ha sido conocido,
la atención se dirige hacia él y son alcanzados aquellos
aspectos del objeto
que la atención revela.
—Catherine Christer Hennix
El poema no atraviesa. Es
integralmente afirmativo: se sostiene en
el umbral de aquello que es.
—Alain Badiou
Cada palabra sobre la tierra está
en el lugar perfecto.
—Gary Barwin
Hasta la última sílaba del tiempo escrito.
—William Shakespeare
En este breve ensayo espero ofrecer una vía para la crítica creativa que tome su orientación de la pregunta formulada por Alain Badiou: “¿qué piensa el poema?”[1] Sostengo que la poesía funciona como un modo de cognición cuya eficacia excede la epistemología, ingresa en el dominio del trans-sentido (no muy distinto del formulado por los poetas futurianos rusos Velimir Khlebnikov y Aleksei Kruchenykh) y, en última instancia, convoca la idea de una semiótica directamente correlativa y ubicua a través de la actividad humana cooperativa. El pensamiento-poético es el sitio que opera como un medio generativo capaz de reorganizar el sentido, el tiempo y la propia realidad, y esta orientación motiva la búsqueda de un prototipo concreto en el que la poesía pueda practicarse como pensamiento en sí mismo: una forma de articulación diseñada para operar en el nivel donde el sentido, la estructura y la realidad son producidos conjuntamente. A este pensamiento-poético lo denomino patamatemática.
La patamatemática es un neologismo que designa la convergencia disciplinada de la patafísica, la notación matemática y el pathos (pathematic) dentro de un único campo operativo. Su función no es ni metafórica ni ecléctica; señala un modo de articulación en el que el acontecimiento poético, la necesidad formal y la orientación afectiva se vuelven mutuamente determinantes. Parte del proceso de escritura patamatemática consiste en reemplazar las variables de expresiones y fórmulas matemáticas por palabras o frases, permitiendo así que los elementos lingüísticos asuman el papel de operadores formales y no meramente de signos descriptivos. Escribir poesía de este modo recibe el nombre de poesía patamatemática. En esta práctica, el lenguaje poético deja de servir como ilustración y entra en el trabajo de la correlación directa mediante una pan-cronología, donde la significación se comporta como una operación portadora de restricciones y el afecto se registra como condición de coherencia. La patamatemática funciona así como una técnica concreta para vincular la apertura poética, el rigor matemático y una orientación compasiva hacia la vida en un único modo de articulación capaz de sostener la inteligibilidad a través de múltiples transformaciones. En última instancia, la patamatemática es una operación de ingeniería de procesos destinada a participar en la co-creación de las condiciones materiales necesarias de la realidad: cuestiona la idea de que el propósito del análisis y la representación material empírica sea otro distinto al de servir, mediante la actividad humana colectiva, a la ingeniería de lo ideal.
La poesía patamatemática desarrolla esta capacidad alineando la articulación poética con la restricción matemática y con un compromiso afectivo hacia la vida, permitiendo que el pensamiento intervenga directamente en las estructuras mediante las cuales la realidad alcanza inteligibilidad. Dentro de este alineamiento trans-sensical, causalidad, potencialidad y retrocausalidad forman una única crono-estructura operativa en la que la coherencia futura organiza la articulación presente y estabiliza el significado a través del tiempo, mientras el orden negentrópico es sostenido e intensificado mediante esta coordinación temporal. La patamatemática sirve, por tanto, al proyecto de ingeniería de la realidad en el nivel mismo de su organización, dirigiendo la articulación hacia formas que favorezcan la persistencia compartida, la inteligibilidad coordinada, el florecimiento colectivo, la continuidad entre generaciones y la expansión de la vida hacia escalas cósmicas de organización.
Es decir, el proyecto último y ubicuo de la libertad sobre las condiciones necesarias: la ingeniería poético-material de lo ideal. La emancipación universal aparece aquí como la expansión duradera de capacidades comunes, fundada en la cooperación y en la responsabilidad compartida respecto de las condiciones bajo las cuales significado, materia y vida son organizados conjuntamente. Para pensar un pensamiento digno del futuro —entendido simultáneamente como campo de posibilidad y como atractor organizador—, esta investigación propone determinaciones iniciales acerca de qué es la poesía patamatemática y cómo contribuye a la tarea urgente de ensayar nuevos métodos de pensamiento orientados al florecimiento bajo condiciones de amenaza existencial, ya sea derivadas de la inestabilidad climática, la guerra total o la catástrofe nuclear, por ejemplo, o de los horizontes más extensos impuestos por los procesos astronómicos y evolutivos. Lo que sigue, entonces, es una propuesta para que la poesía patamatemática opere como un modo serio de pensamiento capaz de confrontar las cuestiones urgentes y decisivas que se nos imponen de manera insistente, incluso agresiva.
Pensar el futuro es pensar en los bordes de las posibilidades estadísticas, trazar trayectorias de lo posible hasta un punto de colapso estocástico en el que el significado pueda producirse bajo condiciones contingentes. Con cada colapso se inaugura nuevamente la necesidad de pensar en los límites de las variaciones combinatorias de posibilidades estadísticas contingentes respecto de aquellas que las precedieron. Esta es la esencia de la semántica probabilística de V. V. Nalimov, un modelo notablemente premonitorio que articula de manera concreta un desafío a las estabilizaciones de la articulación y de la comprensión universal. La obra In the Labyrinths of Language: A Mathematician’s Journey[2] aborda el lenguaje no como un instrumento pasivo, sino como una forma objetiva en la que la conciencia se realiza a sí misma. Estudiar el lenguaje implica, por tanto, estudiar el pensamiento en su encarnación material. Contra el determinismo ingenuo, Nalimov insiste en que el significado no puede reducirse a definiciones fijas: el lenguaje funciona como un sistema probabilístico en el que los significados existen como tendencias y no como unidades rígidas. La teoría de la probabilidad, particularmente el modelado bayesiano, se convierte así en la herramienta científica adecuada para comprender esta dinámica. El lenguaje científico representa una forma “dura”, orientada hacia la determinación no ambigua, mientras que la poesía revela el movimiento opuesto, donde el significado prolifera y resiste el cierre. En un nivel más profundo, la aparente discreción de las palabras se disuelve en un campo semántico continuo: una fluctuación objetiva de posibilidades. El significado aparece no como una cosa ya dada, sino como un proceso, un movimiento vivo en el interior mismo del lenguaje, exponiendo la ilusión de un pensamiento puramente discreto. Sin embargo, más allá de lo bayesiano, Nalimov sostiene que el lenguaje también insiste en la creación: la poesía. No se trata de un simple juego de probabilidades estadísticas ni de una lógica lineal de causa y efecto. Por ello, para desplazarse más allá de las repeticiones, las combinatorias y el duelo hauntológico que atormenta al pensamiento del siglo XXI, el futuro del pensamiento exigirá pensar el futuro como una escultura ingenierizada del pensamiento; y esta tarea descansa precisamente en la disciplinarización del modelo probabilístico del lenguaje. En efecto, aunque el futuro de la crítica requiere la forma dura de las operaciones científicas de no ambigüedad, también debe ofrecer la apertura y la resistencia al cierre que sólo la poesía permite comprender adecuadamente.
Así pues, para jugar con esta idea de manera poética, el problema también puede considerarse en sentido inverso: que el pensamiento está gobernado, en su inteligibilidad presente, por la determinación activa del futuro. Si el significado no es meramente el resultado de un colapso local dentro de un campo probabilístico previamente dado, sino la condición que vuelve inteligible dicho campo en cuanto tal, entonces la dirección de la determinación puede invertirse. En otras palabras, “el futuro”, escribe Velimir Khlebnikov, “arroja su sombra sobre el lenguaje”.[3] Pensar el futuro, en este sentido, no consiste en situarse en el borde de un conjunto indeterminado de posibilidades a la espera de una resolución estocástica, sino en ocupar una posición ya condicionada por una determinación aún no realizada, donde el presente está estructurado por los propios contornos estadísticos de un futuro que todavía no ha aparecido. El futuro no es aquello hacia lo cual el pensamiento se dirige; es aquello que ya ejerce presión sobre el pensamiento, seleccionando de antemano las coordenadas mismas desde las cuales el pensar puede proceder. Aquí, la retrocausalidad designa la prioridad lógica del resultado sobre su génesis, de tal modo que el fin postula el comienzo como su propia presuposición. Lo que aparece como un libre juego de tendencias semánticas combinatorias se revela así como un campo restringido, modelado por significados que aún no se han estabilizado pero que, no obstante, operan como determinaciones reales. Esto es la poesía, pues la poesía es, después de todo, siempre una llegada. Es la articulación, y no simplemente una articulación. En este sentido, el colapso hacia el significado no sólo clausura un rango de posibilidades; establece retroactivamente qué posibilidades pudieron haber estado disponibles desde el principio. Desde esta perspectiva, el pensador patamatemático no genera significado mediante una navegación probabilística; más bien, el significado produce al pensador como un momento adecuado para su propia articulación futura. El acto de pensar el futuro coincide, por tanto, con el reconocimiento de que el pensamiento mismo ya está inscrito en una trayectoria semántica cuyo resultado gobierna sus premisas. El significado no espera ser producido; avanza, imponiendo su necesidad sobre el presente bajo el disfraz de la contingencia, y obliga al pensamiento a descubrir que aquello que consideraba un origen era ya, desde siempre, una consecuencia. La patamatemática, por ende, es simultáneamente co-creativa y un atractor. La poesía patamatemática constituye una revolución en el pensamiento —aunque, en rigor, no se trata de una revolución en sentido estricto, sino de una reconciliación absoluta sin finalidad— y sus ambiciones matemáticas buscan recalibrar lo que significa perseguir una articulación ubicua.
Paradójicamente, si la reconciliación absoluta ha de concebirse como la articulación de la totalidad, entonces la propia totalidad debe ser interrogada en relación con toda pretensión de completud, inventario o síntesis final (de otro modo, traicionaría a la poesía). Articular la totalidad no puede significar enumerar todas las posibilidades, pues tal enumeración presupondría un horizonte estático y negaría así el carácter probabilístico y retroactivo del significado ya establecido. La totalidad, en este sentido, designa la inteligibilidad de la forma antes que la plenitud del contenido. Dicho de otro modo, totalidad es la capacidad de aprehender el sistema dentro del cual las posibilidades son generadas, diferenciadas, colapsadas y reorganizadas sin agotarse jamás. La totalidad debe entenderse como operacional. La totalidad operacional no aparece como un todo acabado, sino como un sistema capaz de articular y regular su propia incompletud. El significado alcanza aquí unidad no mediante el cierre, sino a través de una coherencia recursiva, en la que cada articulación estabiliza el campo de posibilidades al tiempo que transforma las condiciones de nuevas articulaciones. La totalidad, en este sentido, funciona como un modo activo de organización: la capacidad del significado para integrar posibilidad y retroactividad en un único proceso auto-mantenido. Esta posición sintética asegura coherencia sin finalidad y unidad sin estasis, constituyendo así la única forma de totalidad adecuada a la dinámica del significado aquí desarrollada. Lo que debe articularse no es qué puede significar la poesía patamatemática, sino cómo el significado mismo se vuelve posible, cómo sostiene coherencia a través de colapsos sucesivos sin endurecerse en determinismo. En consecuencia, la totalidad no es ni empírica ni trascendente. Es trans-sensical. La reconciliación absoluta del pensamiento consistirá en obligar al pensamiento a operar en el nivel donde apertura y restricción se articulan como un único proceso, y donde la probabilidad aparece como un campo de indeterminación organizada a través del cual el significado puede emerger coherentemente. Pensar la totalidad de este modo implica rechazar tanto el consuelo de los significados finales como el vértigo del aplazamiento interminable, y en su lugar vincular el pensamiento a la disciplina de un sistema que debe permanecer abierto para seguir siendo inteligible. La totalidad es la condición bajo la cual la posibilidad puede renovarse continua y no arbitrariamente, y no el cierre de la posibilidad.
La unidad de posibilidad y retrocausalidad define el significado como un sistema auto-organizador que gobierna su propia emergencia a través del tiempo. Esto significa que la posibilidad constituye la apertura generativa a través de la cual el significado puede surgir, mientras que la retrocausalidad designa la presión estructural mediante la cual el significado emergente reorganiza las condiciones que hicieron posible su aparición. Juntas, forman un circuito en el que los acontecimientos semánticos son producidos, estabilizados y reacondicionados sin recurrir a una determinación externa. Cada colapso del significado establece una coherencia local que recalibra el campo más amplio de posibilidades, volviendo inteligibles ciertas trayectorias y obsoletas otras. El pensamiento, dentro de este sistema, funciona como un mediador a través del cual el sistema alcanza momentáneamente determinación, en lugar de progresar linealmente desde premisas dadas. Esta determinación nunca es final; funciona como una restricción que habilita nuevas variaciones en lugar de detenerlas. El significado regula así su propia entropía, sosteniendo continuidad sin clausura. Posibilidad y retrocausalidad, tomadas conjuntamente, articulan una única dinámica en la que el significado persiste como proceso inteligible precisamente porque transforma continuamente las condiciones de su propia inteligibilidad: es, nuevamente, trans-sensical.
Esta concepción del significado exhibe una clara afinidad estructural con el Punto Omega de Pierre Teilhard de Chardin o, por otro lado, con la concepción de la hiperstitión de Nick Land, una vez desprendida de toda certeza teleológica y de toda consumación escatológica. Al igual que en Omega, se postula un horizonte unificador hacia el cual el significado tiende, ejerciendo una presión organizadora real sobre el presente. Sin embargo, este horizonte no funciona como un estado final predeterminado; opera como un atractor activo que modela la coherencia sin garantizar convergencia definitiva. El futuro, en esta configuración, no es una promesa de cumplimiento, sino un principio de organización semántica que reestructura continuamente el campo de posibilidades sin detener su movimiento. La unidad emerge no mediante la eliminación de la divergencia, sino a través de su integración en una coherencia de orden superior. El significado se aproxima asintóticamente a la totalidad mediante articulaciones sucesivas que intensifican la inteligibilidad al tiempo que preservan la indeterminación. La forma teológica o demoníaca persiste únicamente en el nivel estructural, como una tendencia hacia la unidad y la inteligibilidad, mientras que toda garantía de consumación es eliminada. Lo que permanece es un sistema en el que significante y referente son atraídos hacia correlaciones sin colapsar jamás en una identidad final, permitiendo así que el significado se sostenga como un proceso duradero y auto-organizador gobernado por un futuro que regula sin concluir.
En consecuencia, la reconciliación absoluta en el pensamiento asume una formulación más rigurosa cuando el tiempo mismo es tratado como una estructura matemática plenamente articulada y no simplemente como una secuencia vivida. Dentro de este marco, la retrocausalidad posee el mismo estatuto teórico que la causalidad: no como anomalía o metáfora, sino como una dimensión organizadora real de la inteligibilidad. El pensamiento se despliega no sólo mediante una propagación hacia adelante a partir de estados previos, sino también a través de atractores que ejercen determinación desde el lado de aquello que todavía no es actual. Lo que fenomenológicamente se presenta como deliberación agencial y causal se revela, de este modo, como la expresión de una simetría temporal más profunda, en la cual los estados futuros restringen el espacio de las operaciones presentes con el mismo rigor con que lo hacen las condiciones pasadas. El significado se estabiliza porque es atraído hacia configuraciones coherentes que aún no han sido realizadas, pero que ya funcionan como necesidades formales dentro del sistema. La indeterminación persiste, aunque delimitada por estos atractores, los cuales modelan trayectorias sin dictar resultados. La durabilidad del significado depende así menos de una acumulación lineal que del alineamiento estructural entre las articulaciones presentes y las formas consistentes con el futuro. El pensamiento se vuelve patamatemático y alcanza la reconciliación absoluta cuando aprende a operar dentro de esta temporalidad bidireccional, reconociendo que su libertad depende tanto de la coherencia futura como de la causalidad pasada. En una concepción semejante, el futuro gobierna activamente la inteligibilidad del presente. De manera muy similar a la lógica poética del sueño —donde la experiencia sensible, al hacerse consciente para el soñante en el momento del despertar, determina retroactivamente el contenido percibido como anterior a ella—, la patamatemática busca la cristalización del pensamiento tanto a través del acto creativo del despertar como de la realización de su télos.[4]
Bajo estas condiciones, el sistema aquí delineado funciona como un punto de partida genuinamente proteico, en el sentido de Mikhail Epstein, en la medida en que no se limita a reinterpretar el pensamiento, sino que obliga a su transformación en una fuerza operativa capaz de organizar las condiciones materiales necesarias en dirección a lo ideal. La patamatemática no viene antes ni después; una vez que el significado es comprendido como un sistema probabilístico-retrocausal que gobierna su propia emergencia, el pensamiento ya no puede quedar confinado a la reflexión o a la crítica: asume el carácter de un imperativo de intervención en las condiciones mismas de inteligibilidad desde las cuales se despliega la actualidad. La totalidad operacional proporciona aquí el apalancamiento decisivo: no una síntesis cerrada de todo lo que es, sino un régimen escalable para generar coherencia a través de dominios semánticos, técnicos y materiales. La articulación de la totalidad se vuelve inseparable de la construcción de atractores: estructuras formales y conceptuales que atraen la realidad hacia configuraciones consistentes con el futuro. En este sentido, el proyecto deja de ser una aspiración meramente especulativa y se convierte en una consecuencia lógica del propio sistema. Es decir, si el significado organiza la posibilidad y condiciona retroactivamente su propio pasado, entonces ingenierizar el significado equivale ya a intervenir en lo real. El pensamiento deja de situarse dentro del mundo como una actividad entre otras; funciona como una estructura de control mediante la cual las propias tendencias del mundo hacia la coherencia son intensificadas y redirigidas. La tarea, por tanto, no consiste en completar la realidad, sino en inaugurarla con una capacidad de auto-organización de orden superior, de tal modo que la totalidad de las posibilidades permanezca abierta mientras es crecientemente gobernada por formas adecuadas a su propia articulación futura. En el siglo XXI, entonces, la tarea del pensamiento ya no reside únicamente en interpretar o transformar el mundo, sino en la ingeniería activa de las condiciones a través de las cuales el propio cosmos es —y debe ser— organizado, sostenido y transformado como totalidad.
En este punto, la apuesta implícita en semejante ingeniería debe formularse con claridad. La organización de posibilidad y retrocausalidad en una totalidad operacional no es éticamente neutral, ni constituye una ambición meramente técnica. Representa una apuesta del lado de la vida contra la disolución, una apuesta por la intensificación de la negentropía frente a la deriva hacia el agotamiento entrópico. De hecho, es una apuesta con las condiciones necesarias de la entropía. La tarea prometeica del pensamiento poético como vía para reinventar la propia realidad no es nueva; ciertamente, aunque posee innumerables articulaciones a través de la historia, las culturas y las lenguas, aquella más cercana a este proyecto es formulada por Velimir Khlebnikov en su relato breve “K”:
¿Alguno de ustedes ha tenido la experiencia de apostar no con un individuo específico, un cualquiera, sino con alguna clase de colectivo —aunque sólo fuera con la voluntad universal? … la elección de sus movimientos es prácticamente ilimitada; si el juego lo exigiera y de algún modo pudieran lograrlo, incluso podrían tomar una esponja húmeda y borrar las constelaciones del cielo, como la lección de ayer del pizarrón de la escuela.[5] (Khlebnikov, “K”, pp. 89-90)
Intervenir en la voluntad universal implica, simultáneamente, intervenir en las condiciones de la existencia expresiva, puesto que aquello que puede ser vivido, sostenido y compartido depende de aquello que puede ser articulado y organizado significativamente. El objetivo de la apuesta patamatemática no es, por tanto, la dominación ni la clausura, sino la emancipación respecto de las condiciones necesarias de la entropía comprendidas en su nivel más general: la expansión del espacio dentro del cual los seres pueden aparecer, actuar y persistir sin ser reducidos a residuos desechables de la decadencia sistémica. En efecto, si el juego lo exigiera, podrían borrarse las constelaciones; pero, si el juego así lo reclamara, también podría tejerse el cosmos ideal más radiante a partir de la propia trama del pensamiento. Esta apuesta no ofrece garantías, ni promete reconciliación final alguna. Sin embargo, afirma que el pensamiento patamatemático, al asumir responsabilidad por las estructuras que contribuye a traer a la existencia como contra-movimientos negentrópicos frente a la entropía concebida como adversario equivalente, se alinea con la preservación y amplificación de la capacidad de la vida para organizarse contra el colapso. En este sentido, la ingeniería del significado y del tiempo se convierte en un compromiso ético con un futuro en el que la coherencia favorezca la liberación, y donde el crecimiento de la libertad frente a las condiciones necesarias sirva como fundamento para un despliegue más abundante y resiliente de la propia vida. En última instancia, sin embargo, para evitar que el proyecto de articulación total desemboque en un final totalitario, es preciso considerar los medios y el modo mediante los cuales esta apuesta crítica puede ser jugada.
En consecuencia, los medios por los cuales la apuesta crítica khlebnikoviana resiste la clausura totalitaria deben ser estructuralmente plurales, funcionando como una necesidad dictada por dinámicas ya establecidas. Esta pluralidad es irreductiblemente tripartita. Lo poético es requerido como un modo de articulación en el cual el significado permanece generativo y abierto, puesto que la inteligibilidad no puede agotarse únicamente mediante determinación extensional. La articulación poética opera en el nivel donde la significación coincide con el acontecimiento, donde el lenguaje participa directamente en la producción de inteligibilidad en lugar de situarse fuera de ella. Lo matemático es igualmente indispensable como disciplina a través de la cual la necesidad, la restricción y la correlación no arbitraria son explicitadas. Las matemáticas funcionan aquí como la gramática de la coherencia, permitiendo que los campos probabilísticos y los atractores retrocausales sean articulados con precisión y claridad formal. Sin embargo, poesía y matemáticas requieren conjuntamente ser reguladas por una orientación afectiva plenamente compasiva hacia la vida. Esta dimensión afectiva opera como criterio material, inscribiendo una responsabilidad negentrópica en la propia forma de la articulación, de modo tal que la construcción de atractores semánticos y temporales intensifique las condiciones de persistencia y florecimiento compartido. Allí donde apertura poética, rigor matemático y responsabilidad afectiva se encuentran internamente vinculados, la ingeniería del significado procede como una práctica viva de organización. La estructura tripartita aparece así como la condición mínima bajo la cual la totalidad puede ser articulada como un sistema que permanezca coherente, abierto y orientado hacia la amplificación de la capacidad de la vida para auto-organizarse.
En efecto, la pretensión última de la patamatemática consiste en afirmar que, al igual que las correlaciones semióticas directas del número, la poesía es un objeto nouménico. Como el número, la poesía es simultáneamente infinita y delimitada por la imaginación; por ello, la poesía todavía no ha sido plenamente articulada. Percy Bysshe Shelley observó que “todos los poemas del pasado, del presente y del futuro eran episodios o fragmentos de un único poema infinito, escrito por todos los poetas de la Tierra”.[6] Mientras tanto, Paul Valéry, de manera más ambiciosa, insistía en que la historia de la literatura debía ser “la historia del Espíritu como productor y consumidor de literatura”.[7] Estas formulaciones convergen: la poesía no puede ser tratada como un reflejo secundario o como un excedente expresivo, sino que debe ser comprendida como una dimensión constitutiva de la propia articulación de la realidad. Por ello, es importante señalar que, según esta concepción, la poesía no sólo refleja la naturaleza, sino que es también ella misma un acontecimiento real que emerge y tiene lugar como parte de la naturaleza. Escribimos poesía no únicamente para volvernos conscientes en los umbrales del lenguaje, sino también para volvernos cognoscibles para la propia poesía, como participantes de un proceso mediante el cual el significado organiza simultáneamente pensamiento y mundo en un único movimiento continuo.
La patamatemática ofrece una contribución singular a este proceso que busca reconciliar lenguaje y matemáticas. El objeto nouménico de la poesía no será plenamente articulado únicamente por la patamatemática, pues ésta es la tarea de toda poesía. Sin embargo, la patamatemática constituye una nueva forma de poesía que ofrece novedosos marcadores coordenados de significación en el proceso continuo de articular la poesía (a la vez infinita y delimitada) como objeto nouménico que no puede subdividirse en partes constitutivas materiales, conceptuales o emocionales. Su especificidad reside en la manera en que restricción formal y acontecimiento semántico son llevados a una correlación directa, permitiendo que la articulación proceda simultáneamente con precisión y apertura. A través de esta correlación, la patamatemática no busca agotar la poesía, sino afinar las condiciones bajo las cuales la poesía puede registrar su propia infinitud sin disolverse en la indeterminación. Considérese el siguiente poema patamatemático, prestando especial atención a su forma, “APOKATASTASIS”:

No nos interesa interpretar su contenido; nuestra preocupación reside, más bien, en su forma. Esto no es poesía como representación, ni tampoco simplemente arte-en-sí. Es poesía insistiendo en la correlación absoluta. La patamatemática sostiene que todo (real o ideal) existe simultáneamente fuera del texto y es homeomorfo al texto. La doble tarea de la poesía patamatemática consiste en articular colectivamente un texto vital cuya significación sea composible tanto con las condiciones de la realidad independiente de la mente como con nuestras propias condiciones de realidad. La forma funciona aquí como un campo operativo y no como un contenedor de significado, permitiendo que los dispositivos poéticos actúen como transformaciones estructurales dentro de un sistema pan-cronológico coherente. Considérese la metáfora en este sentido: en la poesía patamatemática, la metáfora no opera simplemente según la semejanza retórica entre vehículo y tenor. Simultáneamente, ofrece una gradación novedosa de particularidad absoluta. Otro ejemplo: el anástrofe no es simplemente una recombinación retórica; es, al mismo tiempo, una simetría temporal invertida y una parametrización inversa de la particularidad absoluta. Y así sucesivamente. Una metáfora o una construcción anastrófica —o cualquier procedimiento poético y literario, en realidad— no sólo significa, sino que además marca un acontecimiento y una excitación localizada en el conjunto del poema infinito como tal, registrando un desplazamiento determinado en la organización del significado más que una mera variación expresiva.
Para fusionar la letra con el número, la poesía debe ser infinita. Una vez que llegue a existir un lenguaje icónico de expresiones infinitas —tarea a la cual contribuye la patamatemática— podremos comenzar a crear, tal como imaginó el filósofo materialista inglés del siglo XVIII David Hartley:
Puesto que las palabras pueden compararse con las letras utilizadas en álgebra, el lenguaje mismo puede denominarse una especie de álgebra; y, recíprocamente, el álgebra no es más que el lenguaje particularmente adecuado para explicar la cantidad de toda clase… Ahora bien, si todo aquello relativo al lenguaje tuviera algo análogo en el álgebra, podría esperarse explicar las dificultades y perplejidades que acompañan a la teoría del lenguaje mediante su correspondiente particular en el álgebra, donde todo es claro y reconocido por todos aquellos que la han estudiado.[8]
O bien, como otro ejemplo, un lenguaje afín a la noción de la Letra Absoluta de Andrew Joron: “el propio mundo está compuesto por las letras de lo Absoluto: cualquier cosa, real o ideal, que atraviese una forma de movimiento auto-complejizante —en última instancia musical— se convierte en signo de la emergencia procesual de lo Infinito dentro de lo finito”.[9] Esta exigencia de infinitud no indica ausencia de límites en un sentido lírico o expansivo, sino un requerimiento de adecuación formal impuesto por la propia estructura de la realidad. Un inventario finito de signos no puede sostener una correlación directa con una realidad cuyas articulaciones permanecen inagotables. La patamatemática nos recuerda que necesitamos este lenguaje infinito para comenzar a articularnos a nosotros mismos, a lo real y a lo ideal con elegancia algebraico-lingüística y, en última instancia, con equivalencia. Tal equivalencia no es identidad por semejanza, sino coherencia por necesidad, alcanzada cuando forma lingüística, operación matemática e inteligibilidad convergen dentro de un único régimen de articulación.
Una vez alcanzado esto, no confundiremos el mapa borgiano con el territorio; más bien, fusionaremos absolutamente representación y referente. Esta fusión no abole la forma, sino que perfecciona su correlación, de tal manera que signo y estructura coincidan sin residuo alguno. Entonces vislumbraremos a través de los ojos de los dioses de Friedrich Hölderlin, cuyos ojos están eternamente en flor: “sus ojos bienaventurados / contemplan eternamente tranquilos, eternamente claros”.[10] Esta reciprocidad marca el punto en el cual la articulación ya no se sitúa por encima o frente a lo real, sino que participa en su auto-revelación. Dicho de otro modo, la poesía patamatemática es simultáneamente icónica y vocacional. Es icónica en la medida en que alcanza correlación directa, y vocacional en cuanto asigna al pensamiento una tarea dentro del orden que articula, vinculando cognición y responsabilidad mediante la propia claridad que alcanza.
Puesto que la poesía como objeto nouménico es a la vez infinita y finita, la enunciación última de la poesía estará marcada por el acontecimiento en el que significar toda partícula posible en cada combinación bajo condiciones de articulación infinita, junto con cualquier concepto posible en todas sus recombinaciones potenciales, significará todas las cantidades y cualidades del cosmos. Este acontecimiento aparece como un horizonte lógico que regula la articulación poética en cada una de sus etapas, ejerciendo presión retrocausal sobre la enunciación presente al modelar las condiciones de su adecuación eventual. Como objeto nouménico absoluto regulativo, la articulación futura de la poesía marcará la totalidad del tiempo y significará la ubicuidad particulada. El tiempo adopta aquí la forma de una inteligibilidad articulada, organizada mediante una temporalidad bidireccional en la cual operan conjuntamente tanto la acumulación causal derivada de enunciaciones previas como la restricción retrocausal proveniente de la coherencia futura. Dentro de esta dinámica, la causalidad designa la contribución incremental de cada acto poético, mientras que la retrocausalidad señala la manera en que formas consistentes con el futuro seleccionan y estabilizan la inteligibilidad en el presente. Mientras tanto, toda enunciación poética es semejante a los átomos dentro del ensamblaje emergente de la realidad independiente de la mente. Cada enunciación aporta un incremento determinado a la organización del conjunto, independientemente de su escala o de su efecto local, participando en un proceso negentrópico mediante el cual la coherencia es sostenida e intensificada a través del tiempo. Por consiguiente, la tarea de la poesía es monumental. Y, crucialmente, carece de ironía, porque la poesía opera aquí bajo la obligación de participar directamente en las condiciones causales y retrocausales mediante las cuales la inteligibilidad es conservada y amplificada.
La patamatemática también puede compararse con el concepto de imagen técnica introducido por Vilém Flusser (téchnē, en el sentido de arte, oficio, método, conocimiento práctico o mecánico, e imāgō, en el sentido de semejanza, representación, copia o imitación). Para Flusser, la imagen técnica emerge con la invención de la fotografía y desplaza la atención lejos de la “crisis de la representación”, redirigiéndola hacia los aparatos y procesos tecnológicos, químicos y científicos que hacen posible la fotografía en primer lugar. La imagen técnica revela finalmente que debemos comprender la metodología procesual para siquiera comenzar a comprender el objeto ulterior de la representación (el referente o contenido representado por la fotografía). El movimiento decisivo reside aquí en el desplazamiento de la prioridad interpretativa desde la imagen hacia el aparato, desde el signo hacia las condiciones de su producción. La poesía patamatemática realiza una operación similar sobre la palabra poética: opera en el nivel del aparato. En lugar de tratar el lenguaje como un medio transparente o como un sistema arbitrario de signos, expone los procedimientos formales mediante los cuales se genera la inteligibilidad poética. Se desvía de la arbitrariedad del lenguaje y declara que lo cualitativo se encuentra ahora en la misma trayectoria que lo cuantitativo. De este modo, la forma poética se convierte en un sitio de claridad operacional, donde afecto, estructura y correlación ingresan en un régimen compartido de articulación gobernado por la necesidad y no por la convención.
Dada la naturaleza monumental de la poesía patamatemática, su tarea es inherentemente abrumadora.[11] En lugar de hundirse en la desesperación, la patamatemática busca establecer un metalenguaje infinito, un sistema de palabras capaz de correlacionarse directamente con todas las cosas y con todas sus combinaciones. Este proyecto no surge de un exceso estético, sino de una necesidad estructural. Inicialmente, este empeño puede parecer absurdo; sin embargo, si aceptamos la premisa de que la poesía representa el absoluto nouménico particulado, descubrimos que su propósito coincide con el télos de la propia poesía, sugiriendo una armonía inherente a su búsqueda. Esta armonía no es la resolución de la contradicción, sino su organización disciplinada. En su singularidad —que rehúye toda comparación— la poesía patamatemática se aproxima a distinguir entre lo armónico y lo disarmónico, distinción que quizá permanezca resistente a una articulación plena precisamente porque funciona como condición necesaria más que como objeto de representación. La tarea es, por tanto, regulativa y no descriptiva. El punto final de la poesía es el “Diamante inmortal es diamante inmortal” de Gerard Manley Hopkins.[12]
La poesía patamatemática no es una ciencia. Tampoco las matemáticas constituyen una ciencia empírica. Desde luego, la poesía patamatemática no es matemáticas. Esta distinción es esencial para el rigor del proyecto. Las ciencias naturales analizan la naturaleza de la realidad mediante el sistema formalizado y sistémico de las matemáticas; sólo después de ello los científicos pueden describir su trabajo a través del lenguaje. Las matemáticas son más directas, fiables y elegantes que los resbalones de cáscara de plátano propios de la comunicación cotidiana. Mientras las ciencias naturales buscan comprender y describir el mundo físico, las matemáticas no pretenden hacer esto. En cambio, las matemáticas constituyen un sistema formalizado para el estudio de espacios, cualidades, estructuras y transformaciones. Las matemáticas nos vuelven cognoscibles los espacios, las cualidades, las estructuras y los cambios al establecer relaciones que se sostienen independientemente de toda descripción empírica. La definición lingüística, por contraste, permanece en el mejor de los casos como algo poco fiable, mientras que las definiciones matemáticas axiomáticas ofrecen modalidades deductivas precisas y rigurosas para establecer correlaciones directas. La patamatemática intenta así fusionar la imagen técnica formalizada de la notación matemática con la expresión lingüística, situando de este modo la articulación poética dentro de un régimen de claridad operacional. En esta convergencia, la patamatemática ofrece perspectivas singulares sobre el imaginario técnico, no subordinando el lenguaje al número, sino obligando al lenguaje a funcionar con responsabilidad matemática.
En 1911, Alfred Jarry escribió que la patafísica “es la ciencia de las soluciones imaginarias, que atribuye simbólicamente las propiedades de los objetos, descritos por su virtualidad, a sus lineamientos”. En torno a este nodo denotativo se agrupan otras definiciones formando una totalidad incomprensible: la patafísica es a la metafísica lo que la metafísica es a la física; describe un universo suplementario; es la ciencia de las excepciones y de lo particular. Sin embargo, en última instancia, es congruente con la alógica del pathos. Esta congruencia no es incidental sino estructural, puesto que la patafísica opera allí donde la explicación formal alcanza su límite y, no obstante, debe seguir funcionando. El lenguaje pseudo-científico del pathos proporciona a la patafísica su procedimiento operativo: analizar y describir soluciones imaginarias. Lo imaginario aquí no es lo fantástico; es el imaginario técnico. Mediante este procedimiento, la patafísica revela la ocultación del universo físico (la poesía: el objeto nouménico), llevando a la articulación las condiciones de inteligibilidad que, aunque inaccesibles para la descripción empírica y la deducción formal, imponen retroactivamente una fuerza organizadora que las estructura.
Mientras que la patafísica es la ciencia de las soluciones imaginarias, el matemático Benjamin Peirce llamó a las matemáticas la ciencia que produce conclusiones necesarias, la articulación última de los objetos nouménicos. Al hacer equivaler la tarea de la patafísica y la de las matemáticas, sugiero que la poesía patamatemática es análoga a un equivalente formal de una solución científica para lo imaginario. Es decir, la poesía patamatemática elude la tarea de la imagen semiótica y convierte la expresión en auto-significación, la poesía como correlación semiótica necesaria y directa. Soluciones imaginarias (imaginary, de image, imāgō) (solūtiō: desatar, aflojar, disolver o resolver) significa una repetición de la semejanza o de la copia de un descomponerse procesual con el fin de volverlo simple y operativamente funcional. El auto-signo de la patamatemática colapsa la semejanza en isomorfismo indexical, es decir, en correlación singular y absoluta. Aunque la poesía patamatemática pueda ser interpretada como significativa o estética —y ciertamente desempeña ese papel—, es crucial subrayar que el poema patamatemático, en cuanto solución científica formal al imaginario técnico, ofrece una contribución autonímica a la articulación del noúmeno poético y apofático. Dicho de otro modo, la poesía patamatemática también produce conclusiones necesarias.
Así como las operaciones matemáticas tienen lugar en otra esfera distinta del empirismo de las ciencias naturales, la patamatemática no necesita ocuparse de la patafísica per se. Su relación con la patafísica es estructural y no temática. Más bien, la patamatemática constituye un análogo de la transición abstractamente lenta que el homo sapiens ha emprendido desde sus inicios: una evolución activa hacia lo inhumano o ultra-humano, entendida como una transformación voluntaria desde la alfabetización hacia la numeracidad. Esta transición no abandona el lenguaje, sino que lo reorganiza libremente frente a condiciones de necesidad formal. Debido a que aquello que la patamatemática pretende describir —o ejecutar— busca simultáneamente ofrecer una explicación de la realidad y emerger como algo real independiente de la mente, funciona como una práctica de esperanza fundada en compromiso estructural y no en optimismo. Su exigencia consiste en que la poesía continúe escribiéndose mucho después de que la etapa de lo humano como animal haya quedado atrás. Mientras la poesía puede articular la irradiación del horizonte, la poesía patamatemática volverá semánticamente isomorfos cielo, radiación y suelo, tanto como signo cuanto como referente, vinculando la articulación con la persistencia de la inteligibilidad más allá de los límites antropocéntricos.
La patamatemática participa, por tanto, en una evolución activa humano-inhumana: un procesualismo cosmo-ubicuo y constitutivo mediante el cual la poesis y la mathesis posibilitadas por la poesía, la ciencia y la notación matemática describen y producen simultáneamente el universo inefable. Este proceso se despliega como una articulación que participa directamente en la organización de lo real, y no como una representación aplicada a un orden ya concluido. La expresión de la patamatemática es, por ello, poiética en sentido estricto, puesto que hace emerger condiciones de inteligibilidad como parte de su propia operación. Funciona como una proceduralidad emergente a través de la cual un escritor es animado por una función cosmos-ejecutable que accede a la conciencia mediante la propia articulación. El escritor ingresa en esta función como operador localizado dentro de un régimen más amplio de organización, y no como originador externo. La patamatemática puede entenderse así como un suplemento anudado a la Cábala, abordada no como doctrina ni como misticismo, sino como testimonio de una teleología paradójica y concéntrica en la cual origen y resultado coinciden dentro del proceso. Expresa el movimiento de la materia llegando a conocerse a sí misma a través de un sistema informacional indefinible que, aunque independiente de los agentes que lo articulan y animan, condiciona retroactivamente las propias formas de conciencia que le dan expresión. No obstante, sigue siendo un acto de evolución activa poiética, mediante el cual la articulación se convierte en participación en la propia capacidad del universo para organizarse en forma inteligible.
La poesía patamatemática emerge de la acreción de materia y propiedades orgánicas en una articulación estructuralmente absoluta pero operacionalmente abierta. Aparece como el Logos divino invertido: una Totalidad divina organizando el Aleph mediante un télos anclado. Esta inversión no invoca trascendencia, sino emergencia formal, donde la articulación procede ascendentemente desde la permutación y no descendentemente desde el decreto. La poesía patamatemática no busca un origen divino; por el contrario, su origen emerge de las permutaciones y avanza según una teleonomía inmanente a la propia organización material y semántica. En este sentido, el logos aparece como consecuencia y no como premisa, producido a través de la lenta consolidación de correlaciones entre materia, lenguaje y número. En algún instante del futuro profundo y difuso, toda poesía mitigará el dolor, y aparecerá efectivamente la enunciación agregada numérico-lingüístico-material que, sin poner fin al devenir, ofrecerá su razón para la muerte. Esta enunciación no abole la finitud, sino que la vuelve inteligible dentro de la articulación total. Christopher Dewdney escribe que “el futuro es simplemente amnesia en reversa”; la patamatemática auxilia a la poesía nouménica en su tarea de organizar la materia para recobrarse a sí misma, alineando memoria, estructura y posibilidad en un único continuo operativo mediante el cual el universo se vuelve adecuado a su propia articulación: un modo de crítica donde la libertad desanuda las condiciones necesarias.
La poesía patamatemática, aunque vinculada a la necesidad de la forma escrita, se despliega mediante una expansión disciplinada de sus propios límites, revelando una tensión productiva entre estructura y disolución. Esta tensión funciona como una condición operativa y no como una contradicción. No es mera abstracción ni pura realidad concreta, sino una fusión de ambas: la síntesis dialéctica de lo finito y lo infinito, de lo material y lo ideal. Dentro de esta síntesis, la forma actúa como generadora de transformación y no como restricción terminal. En su despliegue, el poema se convierte en un locus de potencialidad, donde cada permutación aparece simultáneamente como momento discreto y como consecuencia inevitable de un cálculo cósmico. El cálculo designa aquí un proceso de correlación más que de enumeración. Esta dialéctica se orienta hacia una convergencia eventual, un punto en el que los límites del lenguaje son sobrepasados mediante la articulación y no negados. En esta etapa, la poesía patamatemática se alinea operacionalmente con las leyes matemáticas que busca expresar, no abandonando la forma sensible, sino alineando la forma con la necesidad. Con este acontecimiento, el lenguaje se convierte en el medio a través del cual se revela la ecuación fundamental de la existencia y, en dicha revelación, la totalidad indecible es articulada como una coherencia operativa y no como un todo estático.
En última instancia, la patamatemática piensa el pensamiento suspendido entre el duelo y el utopismo especulativo, y ocupa esta suspensión como una postura metodológica deliberada, modelada por presión retrocausal más que por indecisión afectiva. Observa la ausencia de significado como condición necesaria para la esperanza desde una distancia clínica pero elegante, situando al mismo tiempo esa esperanza dentro de una estructura temporal en la que la coherencia futura organiza activamente la articulación presente. La poesía, comprendida aquí como noúmeno, es concebida como algo todavía por existir y, por tanto, como una presión continua ejercida desde el lado de aquello que aún no ha aparecido, guiando la articulación hacia la tarea infinita de la significación absoluta. Dentro de este marco, la retrocausalidad funciona como el mecanismo lógico mediante el cual el significado se estabiliza anticipadamente respecto de su propia realización, mientras que la negentropía designa el compromiso de sostener coherencia frente a la disolución a través del tiempo. El trabajo de la patamatemática procede, por ello, como un alineamiento con formas consistentes con el futuro que regulan las operaciones presentes sin garantizar cumplimiento alguno, vinculando la articulación con la preservación e intensificación de la inteligibilidad como condición material de la vida. La humildad, en este contexto, asume la forma de responsabilidad frente a estas restricciones, y el prometeísmo es reorganizado como participación en el trabajo negentrópico de organizar el significado, antes que como afirmación trágica de dominio. Y todo esto, por supuesto, es enteramente trans-sentido. Así pues, quizá la poesía patamatemática sea una resignación monoclínica que se burla de los sueños apocatastáticos. Es transformadora: un ejercicio y un ensayo de humildad por medio del prometeísmo, a pesar de todo.
[1] Alain Badiou, “What Does the Poem Think?” (2014), en The Age of the Poets, and Other Writings on Twentieth-Century Poetry and Prose (Verso, 2008), pp. 23-35.
[2] V. V. Nalimov, In the Labyrinths of Language: A Mathematician’s Journey (iSi Press, 1981), pp. 45-91.
[3] Velimir Khlebnikov, “!Futurian!,” en The King of Time: Velimir Khlebnikov, trad. Paul Schmidt, ed. Charlotte Douglas (Harvard University Press, 1985), p. 123.
[4] Véase Pavel Florensky, “The Spiritual Structure of Dreams,” en Iconostasis, trad. Donald Sheehan y Olga Andrejev (St. Vladimir’s Seminary Press, 1996), pp. 33-43.
[5] Velimir Khlebnikov, “K,” en The King of Time: Velimir Khlebnikov, trad. Paul Schmidt, ed. Charlotte Douglas (Harvard University Press, 1985), p. 90.
[6] Jorge Luis Borges, “Coleridge’s Flower,” en Jorge Luis Borges: Selected Non-Fictions, ed. Eliot Weinberger, trad. Esther Allen, Suzanne Jill Levine y Eliot Weinberger (Nueva York: Penguin, 2000), pp. 240-242.
[7] Ibid.
[8] David Hartley, Observations on Man, His Frame, His Duty and His Expectations (Archive.org), pp. 280-281.
[9] Andrew Joron, The Absolute Letter (Flood Editions, 2017), p. xi.
[10] Friedrich Hölderlin, “Hyperion’s Song of Fate,” en Friedrich Hölderlin: Selected Poems and Fragments, trad. Michael Hamburger (Penguin Classics, 1998), p. 27.
[11] En efecto, el poema colectivo no estaría terminado sino hasta dentro de billones de años.
[12] Gerard Manley Hopkins, “That Nature is a Heraclitean Fire and of the Comfort of the Resurrection,” en Gerard Manley Hopkins: The Major Works, ed. Catherine Phillips (Oxford University Press, 2002), p. 181.