LA SINGULARIDAD NEGRA
Vincent Como
Traducción: Samuel Carmona
Conocer lo incognoscible
«Lo negro, anterior a la luz, es la sustancia del Universo: aquello que escapó del Mundo antes de que el Mundo naciera en el Mundo.
[…]
El hombre solo se aproxima al Mundo por medio de esta oscuridad trascendental, en la cual jamás entró y de la cual jamás saldrá.»
— François Laruelle [1]
«¡Qué inmensos mi terror y mi júbilo ante la idea de ser arrastrado al vórtice del caos inicial, al pandemonio de la simetría paradójica —la geometría única del caos, desprovista de sentido o de forma!»
— Emil Cioran [2]
La negrura, omniabarcante e implacable, constituye la constante a través de la cual la humanidad llegó a manifestarse, y es también aquello que algún día reabsorberá todo lo que puede comprenderse como realidad, plegándolo nuevamente en su oscuro abrazo para no volver jamás a ser visto ni escuchado. La negrura es el acontecimiento fenomenológico omnipresente que actualiza la propia trama del universo, el estado puro de lo real. Incapaz de ser observada en su infinitud total, oscurecida y desprovista de estímulo, la negrura es el misterio de lo desconocido: la oscuridad que todo lo envuelve y que resguarda en su interior lo invisible y lo incognoscible como un secreto propio, anulando así toda posibilidad de relación con la miríada de posibilidades que subyacen bajo la superficie o más allá del alcance de una comprensión independiente. ¿Dónde comenzar, entonces, con la negrura, si no existe un punto de entrada, ningún anillo decodificador secreto que pueda extraerse de una caja de Cracker Jack? La negrura es aquello que jamás podrá ser plenamente iluminado. Es el misterio situado más allá del umbral de la concepción, cuya profundidad y alcance no son sino vacío, solo inferible mediante otros puntos de referencia, del mismo modo en que los astrofísicos utilizan la lente gravitacional para deducir la existencia de la materia oscura.[3] ¿Qué es, entonces, lo que se revela al mirar directamente el rostro mismo de dios: nada y todo; el abismo interminable que, según Friedrich Nietzsche, «devuelve la mirada»?[4] ¿Cómo podría alguien aspirar a desentrañar los misterios de la oscuridad eterna y del vacío; aquello infinitamente más vasto y complejo de lo que podría imaginarse siquiera en cien vidas humanas? Precisamente porque la negrura y la oscuridad exceden la capacidad humana para comprender las infinitas posibilidades que las constituyen, la solución radica en asumir el carácter finito de esa misma comprensión. Al rastrear el linaje oscuro hasta los orígenes del entendimiento humano, pasando por el ritual y las creencias arcaicas, se revela la estructura mediante la cual es posible realizar e interactuar con la gran negrura omniabarcante anterior al organismo humano. Para aproximarse a la inmensa extensión de lo incognoscible, se vuelve central aceptar las limitaciones inherentes a la condición humana, tanto corporales como mentales. Así, antes incluso de considerar las densas e intrincadas realidades de la negrura, la oscuridad y el vacío como un único objeto de escrutinio, esta exploración busca diseccionar los métodos y herramientas utilizados para adivinar, extraer y explorar las infinitas posibilidades y el poder descomunal contenidos en ellas.
En el principio se encuentra la ur-negrura: el estado concentrado del caos universal, la Prima Materia —o Materia Original— de la tradición hermética, el lugar originario de transformación del cual emana el universo entero conocido. Antes de la ignición de las primeras estrellas, aproximadamente cuatrocientos millones de años después del Big Bang, se extendió una inmensa edad oscura a través del universo profundo e impenetrable.[5] Antes de la compleja unión de gases que formarían y alimentarían las estrellas, o del acoplamiento de la materia bariónica, solo es posible concebir lógicamente un mundo de oscuridad interminable e imposible. Un mundo que eventualmente volverá a colapsar en la oscuridad cuando las últimas estrellas agoten finalmente sus recursos y se extingan. Pura e íntegra, esta negrura del universo lo era todo, y de ella ha derivado todo cuanto existe. La materia oscura y la energía oscura, que constituyen un asombroso noventa y cinco por ciento del universo conocido,[6] son los remanentes finales de ese nacimiento del cosmos. A través de la radiación cósmica de fondo de microondas, estos elementos han podido rastrearse hasta el comienzo mismo del tiempo: densamente comprimidos, gestándose en este vientre cósmico hasta irrumpir violentamente y liberar desde su interior todo lo existente hacia una eternidad de expansión infinita. Mientras tanto, el cinco por ciento restante —del cual las galaxias, las estrellas, los planetas y todo aquello susceptible de cuantificación constituyen una fracción infinitesimal— ha sido iluminado y traído a la existencia, aunque solo en la medida limitada en que puede ser aprehendido y comprendido, restringido siempre por la posición fija que constituye el lugar de observación.
Desde las primeras formas registradas del lenguaje, las referencias a la oscuridad y a todo aquello asociado permanentemente con la negrura han sido elementos prominentes que moldearon tanto su comprensión como la dirección simbólica que estas nociones adoptaron. La concepción grecorromana del caos como estado de vacío, existente en el espacio entre los cielos y la tierra ya separados, constituyó una de las primeras conceptualizaciones de la vasta masa negra originaria del universo. Es de este caos primordial que nace Nyx, diosa de la Noche, para erguirse ante el límite de toda creación.[7] Como madre de la noche, y junto a su consorte Erebo, Nyx da forma a todas las criaturas que cabría esperar surgieran reptando desde la oscuridad, incluidos los dioses de la muerte, el sueño, la fatalidad, la discordia, la retribución, el engaño e incluso las tres Moiras; sellando así para siempre el destino y la función simbólica de la negrura a través de tradiciones orales y escritas tempranas que modelaron la conciencia futura de numerosas costumbres occidentales. De manera similar, los aspectos yin del yin-yang en la filosofía china representan los elementos oscuros, ocultos y femeninos de la realidad, operando no en oposición sino en articulación con la luz, lo visible y lo masculino inscritos en el yang, con el fin de complementar y engendrar una totalidad más completa de comprensión. La dicotomía entre bien y mal como juicio ético sería aplicada mucho más tarde a este concepto y a los colores asociados, particularmente durante la dinastía Han, a través de la expansión del confucianismo.[8] Mientras tanto, al otro lado del planeta y sin conocimiento alguno de estas tradiciones culturales, los mayas elaboraban su propia comprensión del universo, la cual comienza con un mar y un cielo vacíos, pero que, según el Códice Dresde, concluye con una destrucción absoluta y con referencias a una ominosa Tierra Negra.[9]
De manera independiente, cada una de estas tradiciones apunta hacia un marco idiosincrático mediante el cual sus respectivas culturas ordenaban e intentaban descomponer y clasificar las propiedades constitutivas de la realidad existente tal como era percibida; sin embargo, consideradas en conjunto, comienza a revelarse un hilo conductor común en relación con la verdadera naturaleza de la negrura. Se trata de aquello que el filósofo francés contemporáneo Quentin Meillassoux denominaría un «arqué-fósil» (arche-fossil).[10] Con la ventaja retrospectiva que otorga la distancia histórica, al atravesar las fronteras de estos pueblos desconectados entre sí, las cualidades intrínsecas y la potencia de la negrura anterior a la vida terrestre se vuelven más perceptibles. Al designar simultáneamente el soporte material a través del cual todo y todos pueden encontrar relación y sentido, las cualidades universales inherentes a la negrura quedan así reveladas, al menos hasta el límite en que pueden ser comprendidas.
Manteniendo continuidad con las filosofías tempranas acerca del origen del tiempo, la creación y la destrucción final, así como con el equilibrio entre yin y yang, la génesis del trabajo alquímico y de las concepciones relativas a las propiedades e intenciones transformativas revela que la negrura continúa expandiendo y profundizando la complejidad de este linaje y de las derivaciones correspondientes que le siguieron. El precepto hermético «Como es arriba, es abajo» se emplea para describir un equilibrio perpetuo dentro del mundo tal como era comprendido por estos primeros practicantes.[11] En este sentido, el uso de la Nigredo[12] —que simboliza la putrefacción o descomposición— como primera etapa de transformación en el camino hacia la Gran Obra, es decir, hacia el desentrañamiento mismo de los secretos del universo, resulta profundamente significativo. Esta primera fase es aquella que refleja, aquí abajo, en este diminuto rincón terrestre de la realidad, la gran bóveda celeste superior. Del mismo modo en que el gran caos —o la edad oscura del universo— constituye la manifestación de la verdad que esta misma obra busca equilibrar, aquello a lo que se aspira para desbloquear estos misterios oscuros debe comenzar desde el principio mismo: la Nigredo. Saturado de posibilidades, el trabajo mágico de la transformación alquímica retorna una y otra vez al origen del universo para explorar la naturaleza misma de la existencia. Esta misma mímesis de lo real se extiende desde estas teorías rituales milenarias hasta la actualidad, donde el Gran Colisionador de Hadrones en Suiza intenta recrear el Big Bang[13] —«como es arriba»— mediante la innovación tecnológica, con el fin de explorar las primeras etapas del universo a escala subatómica —«así es abajo». Independientemente del marco desde el cual se intente comprender los misterios más oscuros de la realidad, ya sea mediante estructuras de creencia mágicas o a través de teoremas matemáticos, el deseo permanece inalterado: comprender aquello que permanece oculto a la vista; una visión siempre sesgada, contingente y severamente limitada.
En una regresión infinita, es necesario desgarrar este velo de la realidad para confrontar las limitaciones impuestas a la conciencia por su propia finitud. La evolución bajo las estrellas ha producido una dinámica en la visión humana mediante la cual los ojos se encuentran afinados hacia la luz específica emitida por el sol y por el entorno que dicha luz ilumina. Tal como los prisioneros en la alegoría de la caverna de Platón,[14] limitados y subordinados a su única fuente de realidad, para quienes las sombras proyectadas sobre un muro constituyen todo cuanto conocen de aquello que existe fuera de sí mismos. Ese conocimiento exterior al individuo se encuentra tan restringido que cualquier encuentro con el mundo más allá de la caverna es recibido con incredulidad. Se hace evidente, entonces, que la condición humana configura un escenario en el que toda realidad externa susceptible de interacción depende de la capacidad de relacionarse con la realidad presentada. Si la fuente predominante de relación descansa en un dispositivo orgánico —por ejemplo, el ojo— específicamente ajustado para canalizar las longitudes de onda lumínicas emitidas por la estrella más cercana, principal fuente de iluminación localizada, entonces emergen posibilidades casi ilimitadas respecto de aquello que podría ocupar el conjunto invisible de información espectral suspendida en el vasto vacío del espacio. Cualquiera —o todas— de esas posibilidades resulta tan incomprensible para los sentidos disponibles como lo serían la luz solar o el verde de la hierba exterior para los habitantes de la caverna platónica.
Este es el límite presente; el umbral. Si alguien se atreviera a cruzarlo hacia el reino de lo invisible, ingresaría entonces en la oscuridad sin mapa ni guía alguna, únicamente con potencialidad; una potencialidad vasta e incognoscible.
Ser y horizonte de acontecimientos
«La ontología presenta el ser como simultáneamente múltiple y unitario: está “contado-como-uno” y presentado como una multiplicidad consistente. Así, ser es ser múltiple […]»
— Ray Brassier [15]
Avanzando rápidamente hacia comienzos del siglo XX, podría sostenerse que la conciencia continúa ocupando esencialmente la misma posición, aunque bajo un contexto ligeramente distinto para estructurar esta mitología y sistema de creencias. Al descomponer las partículas constitutivas de la materia universal, los físicos se adentran cada vez más profundamente en los bloques invisibles que conforman la realidad, hasta arribar al umbral de la mecánica cuántica. Siguiendo muchos de los mismos principios de comprensión presentes en la alegoría de la caverna de Platón, Erwin Schrödinger actualiza el concepto para adecuarlo a una comprensión en expansión y transformación de la certeza física y, quizá de manera más precisa, de la incertidumbre, a través de la superposición cuántica. En lugar de una caverna, Schrödinger describe la realidad mediante un gato, una caja y un mecanismo letal.[16] Al colocar tanto al gato como al dispositivo dentro de la caja, se crea una situación de potencialidad: una paradoja en la cual, tras el decaimiento natural del mecanismo, este desencadenará un resultado potencialmente mortal, de tal modo que el gato en el interior podría morir… o quizá no. La posición del gato en el mundo —o, más precisamente, su superposición— queda entonces delimitada por dos estados potenciales de realidad: vivo o muerto. Solo uno de esos estados puede ser observado en un momento dado y, por lo tanto, la observación de cualquiera de los estados posibles colapsa la otra posibilidad, relegándola al ámbito de lo inexistente, de aquello que no es actualmente real; no imposible, sino definitivamente exterior a la realidad que se presenta. Sin embargo, antes de la observación, ambas potencialidades son activamente posibles al mismo tiempo dentro de la realidad, aunque incapaces de ser medidas como tales, puesto que su localización no puede cuantificarse hasta que la observación ocurre. Así, lo no observado constituye tanto la posibilidad oscura de aquello que puede acontecer como la verdad todavía incognoscible de lo que es.
Platón habla de la capacidad de volverse consciente y de relacionarse con la realidad externa a través de los sentidos, es decir, de aquello que se encuentra inmediatamente disponible. Schrödinger, sin embargo, avanza un paso más al revelar la posibilidad de posibilidades que no pueden ser observadas directamente. Esta realidad cuántica proporciona el marco para pensar elementos o variables existentes que no pueden ser filtrados a través de los sentidos o herramientas inmediatamente disponibles, dando lugar a un espacio de existencia temporal inaccesible para los receptores humanos o, más precisamente, dependiente de una percepción de la que no se dispone. Así, la recepción y eventual comprensión de estos datos sensibles dependen excesivamente de aquello con lo que puede establecerse una relación física o que puede ser mediado mediante una tecnología capaz de interceptar y traducir dicha relación. Por ello, la subjetividad humana necesita ser extraída —o al menos minimizada— de la inmediatez de la ecuación para alcanzar un horizonte de mayor posibilidad. Es aquí donde el ego interfiere y genera ruido. Al reconocer la insignificancia de la participación humana dentro del universo infinito, el ser humano debe aprender, de algún modo, a volverse ligeramente más objetivo. Debe comprender que existe un límite inherente a su capacidad de absorber información y que, dentro de ese límite, únicamente puede especular acerca de las posibilidades que yacen más allá de este estrecho campo de percepción. Situado como si estuviera al borde de un agujero negro, observando en animación suspendida aquellos otros elementos de la realidad externa que desaparecen al cruzar el horizonte de acontecimientos, rompiendo con lo visible y fundiéndose con la posibilidad y lo desconocido resguardados en lo profundo. Tal es la verdadera naturaleza de la relación con la oscuridad infinita del universo: saber que todo ser material posible ha sido y siempre ha sido absorbido en los pliegues de la realidad negra. Oculta a la mirada; sustraída incluso al alcance de las innovaciones tecnológicas y, sin embargo, formando todavía parte implícita de esta realidad compartida. Una realidad que, aunque desconocida para las limitadas mentes humanas, se comprende como saturada de potencial cuántico.
El potencial aquí descrito es infinito, o al menos existe en una escala cuya amplitud ya no puede ser comprendida; distinción que, en realidad, resulta irrelevante para el propósito aquí planteado, pues lo central no es la magnitud en sí, sino el límite de la comprensión. Si todo aquello que se conoce del universo —lo cual, considerando la pequeñez del papel de la conciencia humana dentro de él, ya es extraordinario— emana de estas profundidades negras, entonces la posibilidad de aquello que jamás será conocido o revelado permanece aún latente, como gigantes dormidos en la inmensidad del mundo exterior. Comprimidas en cada rincón, orificio y pliegue de realidades tangenciales inaccesibles a los sentidos, las insoportables limitaciones de estos umbrales físicos y tecnológicos siguen siendo incapaces de revelar información acerca de la existencia de realidades contenidas dentro de esta alteridad oscurecida, al mismo tiempo que se burlan de la propia conciencia por su insuficiencia. Comprender plenamente el universo ennegrecido implica reconocerlo como lo no-humano, aquello más allá de lo humano. No necesariamente lo inhumano, en la medida en que este término implicaría algo que emerge o se ramifica a partir del modelo lingüístico-existencial desarrollado por la humanidad como punto de partida para su propia derivación. Por el contrario, es la propia humanidad la que emerge de la antigua vastedad negra de las profundidades. La humanidad es el estar-en-la-negrura; la bastardización iluminada y realizada de la perfección que alguna vez constituyó la totalidad del universo negro en su incomprensible totalidad.
La consistencia singular de la negrura —esa realidad integral y omniabarcante que existe más allá del umbral de toda posible interacción— constituye un misterio estratificado y complejo. Aunque se presenta a los sentidos como una teoría unificada de la verdad, la negrura es, por su propia naturaleza, la multiplicidad exponencial de todo aquello que jamás será conocido. Al absorber, envolver y ocultar toda la información contenida en sí misma, la negrura niega —o vacía— toda posibilidad situada más allá de la comprensión, excepto la concepción misma de la posibilidad como tal, conteniendo así, siempre y para siempre, el conjunto completo de aquello que es incognoscible.
Aunque quizá nunca sepamos qué es aquello que produce ruidos en la noche, las posibilidades son, evidentemente, infinitas.
Miedo a la oscuridad
«Todo individuo porta una sombra, y cuanto menos se encuentre encarnada en la vida consciente del sujeto, más negra y densa se vuelve.»
— Carl Jung [17]
«¿Qué es esto que se alza frente a mí?
Una figura de negro que me señala.»
— Black Sabbath [18]
Es en este reino de potencial desconocido, en esta oscuridad ominosa e inquietante, donde puede llegar a comprenderse el alcance de la realidad tanto dentro como fuera del individuo; la del gran incognoscible negro. Aunque la neurociencia ha desacreditado el antiguo mito según el cual los seres humanos utilizan únicamente el diez por ciento de la capacidad de su cerebro,[19] cada nueva revelación hace surgir una nueva serie de interrogantes desde los pliegues de esa materia gris, prolongando indefinidamente estas investigaciones sobre la psique. Enterrados en lo profundo del abismo mental, existen secretos ocultos a la realización consciente. Escondidos —o colocados apenas fuera del alcance— dentro de la red de funciones involuntarias que regulan el organismo corporal, estos misterios oscuros constituyen el espacio donde las configuraciones neuronales operan clandestinamente, desplegando sus operaciones encubiertas en el lugar de origen de deseos secretos, miedos y fetiches. Es aquí donde puede comprenderse plenamente el alcance del poder contenido en la negrura, más allá del umbral de la conciencia. En la imposibilidad de relacionarse, comprender y ver, la misteriosa negrura conduce al individuo hacia las verdades perturbadoras inherentes a aquello que oculta. Reteniendo información apenas fuera del alcance de la realización consciente, esta gran ausencia, en su plenitud, no es ni más ausente ni más plena que las maravillas iluminadas de esta realidad inteligible. Lo que existe, simplemente, es una incapacidad que oscurece las posibilidades contenidas en su interior. La negrura es la gloria de lo desconocido y de lo incognoscible. La negrura es la fuerza de la ofuscación y del secreto. La negrura es el poder de una realidad totalizante y devoradora en un mundo que físicamente no puede realizarla plenamente como tal. Existiendo antes, durante y después del tiempo, la negrura constituye la totalidad del universo más allá del conocimiento individual y más allá de todo dominio individual.
Tan inútil como aterradora, esta comprensión limitada de la negrura y de la realidad oculta en su interior alimenta sus innumerables malentendidos y nutre continuamente su mitología oscura. Es aquí donde la conciencia humana ha cultivado y aceptado sin cuestionamiento una reacción pavloviana frente a la negrura como aquello asociado al mal, temiendo siempre aquello que no comprende. Todo aquello que encuentra su existencia apenas más allá de la periferia de la visión o de la comprensión ha sido frecuentemente recibido con una hostilidad agresiva: la clásica reacción xenófoba e irreflexiva frente a lo desconocido, lo diferente, lo otro. Estas mismas reacciones han sido reforzadas y explotadas por quienes han sido lo suficientemente perspicaces para reconocer el potencial impacto de la negrura sobre una estructura psicológica receptiva. La CIA y sus black ops[20] convierten lo imposible en posible mediante acciones clandestinas y estratificadas. Al operar por debajo del radar y sin dejar un rastro documental visible que permita rastrear una operación, esta se vuelve anónima, invisible, oculta. Hollywood y la televisión han alimentado en los consumidores la noción del villano vestido de negro, desde el cowboy de sombrero negro de los años sesenta hasta las chaquetas de cuero negro y los cuellos de tortuga de los terroristas ochenteros en thrillers de espionaje y propaganda de la Guerra Fría. A ello se suman los callejones oscuros o las esquinas sombrías de habitaciones que albergan asesinos seriales y sicarios, reforzando aún más el legado simbólico de la negrura y la oscuridad como aquello desconocido y portador de peligro. La gran excepción sería el ícono de Batman, el héroe de historieta que emplea las mismas tácticas de secreto y oscuridad —comúnmente atribuidas al submundo criminal— como forma de guerra psicológica en beneficio propio mientras patrulla las calles de Gotham City, devolviendo así ese mismo terror a los desprevenidos delincuentes nocturnos.
Este uso de la negrura como mecanismo de ocultamiento resulta particularmente prevalente dentro del paisaje homogéneo de la cultura occidental. Puede observarse, por ejemplo, en la manera en que el luto utiliza la vestimenta negra para ocultar los matices emocionales y las particularidades del individuo. Como signo de reserva y como agente de enmascaramiento del dolor —y, por extensión, de cualquier manifestación de debilidad o fragilidad— la negrura sostiene a quien la porta mediante la fuerza inherente de su determinación. Una determinación orientada a sustituir las emociones humanas por el estoicismo de su infinita potencialidad y su infinito misterio. La negrura vacía al individuo para reemplazarlo por una forma temporal de propiedad y contención puritana. Así como un documento censurado queda vaciado de aquella información considerada demasiado sensible para ciertos observadores, la negrura se convierte en la bendición y maldición tanto de empresas como de gobiernos al disfrazar determinados elementos dentro del contexto de la divulgación informativa. Utilizada eficazmente, la negrura funciona como barrera entre la verdad y la comprensión de la verdad.
Esta misma táctica puede observarse tanto en la clásica capucha negra del verdugo como en la sotana negra del clero,[21] donde el uso del negro elimina —o vacía— al individuo en favor de la función social que representa. El rol desempeñado deja entonces de ser ejecutado por una persona para convertirse en la encarnación de una ocupación filtrada a través de ese vehículo particular. Se trata del servicio anónimo a algo más grande que un simple ser humano. La negrura funciona, por tanto, sustituyendo la voluntad individual y permitiendo que quien la viste canalice los medios necesarios para cumplir el llamado de su oficio. Existe en ello un componente profundamente perturbador para muchos, debido al grado de voluntad requerido para dejar de lado la individualidad en nombre de un propósito superior. Encontrar una manera de operar dentro de la estructura de una vocación que apacigüe el ego mientras se cumplen simultáneamente las obligaciones correspondientes constituye una tarea especialmente ardua, y no resulta sorprendente que gran parte de la humanidad no logre comprenderla. Aunque la función misma del ego consiste en afirmar la individualidad, también es necesario considerar la existencia integral de aquel individuo capaz de ser más que sí mismo, capaz de relacionarse —a través del poder de la negrura— con aquello que yace más allá del yo.
Sin que la mayoría de la población lo advierta, la negrura permanece como aquello que se burla de todo lo demás, observando, señalando y riendo ante la inmensa inutilidad humana manifestada en sus innumerables fracasos por descifrar los secretos oscuros contenidos en ella. La negrura sabe que algún día la humanidad será borrada de la faz de esta realidad y no será más que la misma nada pura que solo puede suponerse como el origen de toda existencia desde los oscuros pliegues de la noche interminable. Este es el destino no solo de la humanidad, sino de todo aquello que puede ser observado e imaginado dentro de los límites de la comprensión. Este es el conocimiento persistente que ha quedado impreso en la psique desde el comienzo del tiempo, por más que se luche contra él, y esta es la razón por la cual la negrura es abordada con tanta aprensión. La humanidad se contiene y resiste por miedo, porque, siendo la totalidad de todo, la negrura es también el final mismo: el atuendo funerario de la humanidad, obligando al individuo a contemplar y lamentar su propia ausencia, su propia censura o borramiento. El oscuro abismo de esta conciencia colectiva finalmente silenciado. La humanidad ocupará apenas un instante fugaz en la vida del universo y, sin embargo, continúa siendo lo suficientemente ignorante como para creer que algún día podrá comprender los complejos secretos contenidos en él.
A través de estos misterios oscuros y de estas posibilidades desconocidas, la humanidad continúa avanzando dentro de esta realidad, intentando aprehender el territorio sublime de lo infinito y lo imposible.
Canalizando la estética negra
«Sentía únicamente noche dentro de mí, y fue entonces cuando concebí el nuevo arte, al que llamé Suprematismo.»
— Kazimir Malevich [22]
Considérese la noción de lo sublime tal como fue formulada por Edmund Burke,[23] esto es, como aquello que excede la realización de la belleza; inherente a ello se encuentra la comprensión de que, más allá de este umbral de lo bello, reside un espacio de horror terrible y magnífico. Solo entonces puede comenzarse a comprender la estética negra y su relación con la totalidad omniabarcante del universo negro. La completitud con la cual el sujeto es absorbido por la concepción sublime de la expansión interminable de oscuridad que constituye el universo, más allá de cualquier otra realidad externa, es la fuerza motriz de toda posible estasis, transformación, génesis o destrucción contenida en él. Una torsión catártica del yo actualizado que sirve para borrar la distancia entre el observador y el espacio vacío, o el hiperobjeto de la negrura que constituye la suma del universo, colapsando lo concebible y racionalizado en favor de lo inferencial y lo incognoscible. Esta negociación de lo sublime se produce en el objeto negro, canalizado a través de los wyrd ones, los chamanes, los psiconautas; esos pocos singulares sintonizados con la realidad invisible. Aquellos que tienden puentes entre los dominios de lo conocido y lo Otro.
Kazimir Malevich, como progenitor evidente de la estética negra y como locus de una conciencia en transformación a través de la cual la Modernidad alcanzó su punto culminante, constituye la parada inicial más lógica dentro de esta correlación. Incluso las obras monocromáticas negras anteriores a Malevich continúan aferrándose, al menos parcialmente, a alguna forma de representación dentro del marco pictórico. Aquí pienso específicamente en el grabado negro[24] que introduce una sección del opus alquímico del siglo XVII de Robert Fludd, Utriusque Cosmi maioris salicet et minoris metaphysica…, el cual representa la Prima Materia y se encuentra enmarcado en sus cuatro lados por la inscripción latina: Et sic in infinitum («Y así hasta el infinito»); así como en la colección de folios monocromos[25] de Alphonse Allais y Paul Bilhaud de finales del siglo XIX, donde cada pieza presenta un color estático acompañado de un texto descriptivo que funciona como título irónico de la imagen —o, más precisamente, de su ausencia. Estas obras continúan participando de la expectativa según la cual una pintura debe ser “sobre” algo, incluso si ese algo es el vacío infinito del espacio. En cambio, el Cuadrado negro de Malevich, pintado sobre un fondo blanco, constituye el primer ejemplo claro de una obra que se asume a sí misma como nada más —y nada menos— que aquello que ya pretende ser en tanto pintura. En ello reside un desplazamiento radical tanto en la capacidad del sujeto moderno para aceptar una noción tan abstracta o no objetiva como en la capacidad de la pintura para trascender finalmente su propia objetividad material. No para convertirse en representación del vacío sublime o de la oscuridad infinita del universo, sino para devenir un objeto autónomo, firmemente situado en este mundo y análogo al universo mismo; para ser el «así abajo» respecto del «como es arriba» del universo.
Malevich transforma la falacia de la caricatura mediante un giro hacia lo universal. El gesto puro e irreductible realizado no simplemente para describir —demarcando espacio o forma— sino como si afirmara inequívocamente: esto es la verdad; dejen de ser engañados por sus ojos y reconozcan aquello que durante tanto tiempo han negado. Los simples artificios de la perspectiva y las variaciones tonales del color no convierten un plano de tela y pigmento en un frutero o en un rey de España. Hemos ido más allá de eso. Somos mejores que eso. Somos modernos. He aquí aquello que es verdaderamente horrendo y verdaderamente revolucionario: el objeto mismo de la pintura.[26] Malevich profundiza además en estos fracasos de la representación a través del ejemplo de los monumentos erigidos en las plazas rusas, señalando cómo las imágenes se convierten en distorsiones al servicio de la propaganda de un sistema o de un programa artístico, en lugar de constituir la génesis clara y directa de una manifestación monumental duradera.[27]
Aunque ofrece una interpretación sugerente sobre el modernismo, el vacío y el lugar, debo rechazar la afirmación de Slavoj Žižek según la cual Malevich reserva el lugar del vacío sublime llenándolo de detritos o excremento.[28] Žižek resulta demasiado limitado en su interpretación, excesivamente dependiente de una comodificación marxista de esta sublimación en relación específica con el artificio cultural y, por extensión, demasiado atado a la experiencia humana dentro de la burbuja de lo conocido como horizonte del compromiso estético. Si bien existe un interés genuino en los límites de la capacidad humana para relacionarse con la negrura, el vacío y lo sublime subsiguiente, aquí se busca avanzar hacia el espacio teórico —o el lugar de lo absoluto— como algo que existe fuera del sujeto o independientemente de la interacción humana con ello; desplazando el intercambio desde lo meramente humano hacia algo autónomo y perteneciente al universo mismo. Aunque Žižek reconoce la importancia y el peso de la obra dentro del canon pictórico y de la Modernidad, pierde de vista el punto más amplio relativo a su efecto sobre la humanidad en virtud de su ubicación dentro de la evolución de la conciencia humana: allí donde el Cuadrado negro de Malevich inaugura el comienzo de la etapa final de la evolución mental. En lugar de ello, Žižek se concentra en «el orden simbólico», una construcción predominantemente social que ni siquiera podría existir como noción sin el Cuadrado negro. Ciertamente, existe material más que suficiente para analizar durante décadas las diferencias entre la lectura de Žižek y la obra de Malevich, y sin duda abundan las superposiciones conceptuales y los matices compartidos; sin embargo, tales particularidades no constituyen aquí la principal preocupación. Lo esencial radica en esta expansión de la mente, mediante la cual Malevich se convierte de facto en un guía espiritual hacia el universo negro sublime a través del alucinógeno transformador conocido como pintura moderna. Se trata de un camino sin retorno: la comprensión de la pintura como Sí misma y no como Otro. Más allá de ese umbral reside una frecuencia distinta de interpretación consciente del universo. A través de la no-objetividad de su pintura y del correlativo desplazamiento de la conciencia humana, Malevich abrió el camino para nuevas posibilidades y expansiones del pensamiento humano. Claramente: Ceci n’est pas une pipe («Esto no es una pipa»).[29]
Es precisamente en esta culminación —en esta comprensión final del Cuadrado negro como análogo de lo absoluto y no como una descripción fallida de ello o un simple “espacio reservado”— donde se abre el reino de las posibilidades para el entendimiento humano. Esto se desarrolla además en paralelo directo con el potencial de desarrollo y comprensión de la mecánica cuántica, cuya culminación coincide con el final de la Modernidad al hacerse visibles las posibilidades destructivas de las bombas atómicas arrojadas sobre Hiroshima y Nagasaki. Al emplear el vasto potencial del reino subatómico en este plano de existencia, la estructura misma del universo se fractura y se libera, no solo sobre dos ciudades japonesas, sino sobre la humanidad entera, sin posibilidad alguna de retorno. Al utilizar un análogo del Big Bang —aquello que anunció la génesis misma de todo cuanto existe— para inaugurar una destrucción completa y total, la humanidad verdaderamente ha dominado su propio destino. Al convertirse en los dioses de este diminuto mundo, aquello que se crea —esta génesis— se convierte simultáneamente en su propia finalidad.
Más allá de la constitución de una existencia posmoderna, puede observarse la pulsión de muerte freudiana[30] operando activamente dentro de una Necro-Modernidad.[31] Partiendo del viaje espiritual y de la expansión de conciencia iniciados con Malevich, así como del potencial cuántico desencadenado de destrucción absoluta e insuperable, la humanidad queda atrapada en un patrón de ignorancia voluntaria respecto de la realidad consciente. Se ha configurado un escenario en el que existe una conciencia activa y premonitoria de la resolución final, al punto de que el próximo gran acto colectivo será la negación misma de este ser. Más allá del umbral del modernismo y de sus fundamentos utópicos, la realidad consciente inmediata queda dividida entre lo activo y lo pasivo, entre lo autorreferencial y la exterioridad de las posibilidades desconocidas situadas más allá del yo. Estos elementos exteriores al control inmediato, exteriores a la realización inmediata, constituyen precisamente la forma misma de la finalidad. Una vez que los misterios de este poder sean desbloqueados, observados y cuantificados, las demás funciones de onda potenciales colapsarán, arrojando definitivamente a la humanidad al abismo.
Fue necesaria una pintura negra realizada hace cien años para revelar este destino, esta puntuación final y, por extensión, el potencial completo contenido en los seres conscientes: el mismo potencial que existía en el principio, que existe ahora y que existirá al final.
Todo y nada
«Ante mí: negrura; un cielo negro como tinta tachonado de estrellas que brillaban, pero no titilaban; parecían inmovilizadas. Tampoco el sol se veía igual que desde la Tierra: no poseía aureola ni corona; se asemejaba a un enorme disco incandescente incrustado en el negro aterciopelado del espacio exterior. El propio espacio aparece como un pozo sin fondo. Jamás será posible contemplar el cosmos del mismo modo desde la Tierra.»
— Alexéi Leónov [32]
Como la serpiente que devora su propia cola, el comienzo es el final y el final es el comienzo. Independientemente de cuánto haya avanzado el Homo sapiens desde que emergió reptando del océano, caminó erguido y dominó el fuego, es necesario comprender —sin margen de duda— hacia dónde conduce este camino y cuál será el destino final de todos: ser borrados de la faz de la Tierra y precipitados en la oscuridad eterna del gran abismo que constituye el universo en su totalidad. El mismo vacío negro que dio origen a todo cuanto ha acontecido; y el gran universo negro ni siquiera lo advertirá.
Siendo aquello que lo es todo y de lo cual todo ha derivado, la negrura constituye la suma exponencial de sí misma y de la ausencia de lo conocido. Desde lo infinitamente pequeño hasta lo infinitamente vasto, la negrura influye en todo: desde la percepción hasta los matices de la constitución psicológica. Una extensa red negra que entreteje lo visible y lo invisible, lo conocido y lo desconocido; la negrura es la trama misma de la existencia: la materia oscura en su totalidad. Ya sea que se tenga conciencia de su constante compañía o que se permanezca sometido a sus poderes de ofuscación, la negrura está siempre presente como una constante universal. Ya sea que se la tema por sus posibilidades o que se la emplee como instrumento de manipulación externa, la negrura es la singularidad que todo lo permea. Trascender estas innumerables limitaciones es la única vía para encontrar una relación más profunda con la negrura. Es necesario abandonar la idea de que la humanidad desempeña un papel mayor en este mundo. Los seres humanos no son más que marionetas de esta oscuridad, aguardando la mano negra del destino para poner los acontecimientos en marcha o destruirlo todo por completo (o destruirlo todo precisamente poniendo las cosas en movimiento). Comprender esto significa acercarse a la comprensión del universo: la clave para desbloquear los misterios de la negrura, al menos en el grado limitado en que algo finito puede relacionarse con lo infinito.
Considerar el mundo como algo distinto de una negrura infinita —la de la potencialidad desenfrenada y la imposibilidad simultánea— implica quedar atrapado en las mismas limitaciones ocultas tras la falacia que constituye el entendimiento humano. La naturaleza recursiva de la búsqueda del conocimiento se expande tanto hacia el interior como hacia el exterior. Aunque jamás habrá un final para estas interrogaciones, es posible establecer una relación más profunda con esta cantidad conocida de existencia mediante un compromiso con lo oculto. Es aquí donde se encuentra la búsqueda permanente de la nada. Al no conocer nada más allá de este lugar en el mundo, desesperadamente ávida de propósito y de una sensación de importancia, la humanidad debe dirigirse hacia aquello que constituye su propio espejo: la ausencia misma del mundo más allá del yo. La śūnyatā, o vacuidad, en el pensamiento budista, representa la realización de esta ausencia del yo en un plano personal. Constituye el reflejo de la realidad exterior del vacío en el microcosmos del individuo; el gran e inmenso incognoscible en el que reside la conciencia, volviéndose así uno con la ausencia y con lo desconocido de sí mismo. Si el oscuro sudario que constituye la realidad pudiera ser atravesado para encontrar significado en lo profundo de sus negruras, la curiosidad cruzaría entonces un umbral que abriría un torbellino infinito de potencialidad en el interior y quizá conduciría finalmente a una comprensión del yo. Como es arriba, es abajo. Et sic in infinitum.
La significación de la negrura para la humanidad, por tanto, va más allá de la simple percepción, más allá de la vanidad, más allá de estos límites y umbrales. Entretejidos en este oscuro mundo de incognoscibles se encuentran tanto el terror como el éxtasis. Allí reside la capacidad de sufrir y de provocar sufrimiento, de rendirse o ser sobrepasado. Este es el lugar de los dioses y de su ausencia, colapsando eternamente como las posibilidades del gato de Erwin Schrödinger al ser observadas. La relación con el universo —esa inmensa expansión negra de infinitud y vacío— consiste en la imposibilidad de trascender los innumerables fracasos de la humanidad y la impotencia resultante frente al intento de descorrer el velo de la verdad.
La negrura es Todo. Todo es Nada. La Nada es el Todo.
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