PONIENDO EN MARCHA LA MÁQUINA DESEANTE POSTHUMANA: LA MATERIA DE LA XENOPOÉTICA Y LA NECROCONCEPTUALIDAD
David Roden
Traducción: Samuel Carmona
Introducción: Xenopoética y horror conceptual
Escribir y pensar sobre las dispares literaturas experimentales que he agrupado bajo las rúbricas de “xenopoética”, “necroconceptualidad” u “horror conceptual” puede hacer que uno se sienta como un partidario accidental o un agente encubierto dentro de una red clandestina, como Tristero en la novela The Crying of Lot 49 de Thomas Pynchon; una red fibrilante de mensajes opacos y cuasi-recuerdos, que hace perceptibles complicidades no declaradas, más antiguas que la de sus miembros (por más turbios y retorcidos que sean) pueden llegar a comprender; cargada de algún modo con futuros que nosotros –quienquiera que “nosotros” hayamos sido– no podemos anticipar.
Nunca elegimos unirnos. Nada nos impide desvincularnos salvo una obstinada, posiblemente imbécil, compulsión hacia el abuso creativo del lenguaje.
O bien, en un registro más filosófico especulativo, quizá poseemos una absurda ambición fáustica de quebrar el espejo del lenguaje y encontrar detrás de él algo impensado en la dura recursividad y composicionalidad, una opaca lámina en el reverso de la superficie reflectante que no puede capturarse en proposiciones (Roden 2023, 11; Gasché 1986).
Me imagino a cada uno de nosotros recibiendo un escueto mensaje desde el servidor de Listserv en el momento mismo de nuestra incorporación. Algo en la línea del “Operador-Q” con el que se abre mi novela corta Snuff Memories (SM).
Siempre te definieron los resultados. Quizá este chiste solo pueda apreciarse después de tu muerte. Tendrás compromisos, pero por ahora lo importante es disfrutar. En cualquier caso, sé positivo y curioso (Roden 2019, 1).
Pero lo que tomamos por un compromiso no es más que un automatismo mal apreciado, maquínico y crepitante de una crueldad ulterior. En su excelente comentario The Xenopoetics of Daniel Harris, Craig Hickman advierte cierta mofa ominosa en la poesía de Harris, una risa desgarrada y espantosa que compara con la de Bataille, para quien “no se trata de ligereza sino de una confrontación con el exceso, con lo inasimilable” (Hickman 2025, 37).
El momento soberano es indisociable del erotismo y de la muerte. Aunque para esto uno podría imaginar que necesitamos cuerpos, muchos, o no exactamente ninguno. Aunque quizá nunca fuimos exactamente eso.
Quisiera explorar con mayor detenimiento esta conexión, pues los textos que consideraré combinan una serie de “efectos de distorsión” maquínicos –operaciones mediante las cuales la sintaxis es reubicada en exceso de la semántica– y una veta de horror biomórfico en la que los cuerpos son retorcidos, quebrados y desrealizados.
El hilo conductor, como espero demostrar, es la puesta en práctica de cierto “posthumanismo especulativo”, en el que el trastorno del sentido, o del espacio de las razones, es indisociable de la “des-mundización sustractiva” de los cuerpos (Taylor 2025, 191; Roden 2021 b).
Desarticulaciones
En su trabajo de “PoetTheory” On Incontrò / Trānstulī / Metempsúkhōsis, Harris y Andrew Wenaus señalan que la xenopoética es “definida” por primera vez en la introducción de Kristen Alvanson a la novela Cyclonopedia: Complicity with Anonymous Materials de Reza Negarestani. Allí se la identifica como una indeterminación flotante de autoría y de semántica:
Una página falta, una o dos líneas aparecen citadas bajo seudónimo o en el anonimato, una escena se filtra desde el futuro hacia el pasado, un objeto elude la secuencia cronológica, un número se convierte en cifra, todo se perfila como una pista acentuada alrededor de la cual todos los objetos orbitan sin rumbo, conduciendo hacia un enigma eclipsado (Alvanson, 2008).
Creo que Alvanson acierta plenamente en lo que respecta a las texturas que yo he intentado alcanzar de manera intermitente y que Harris logra; aunque la maquinaria académica de citación no excluye cierta forma de anonimato, ya implícita en lo que el lenguaje y el deseo tienen de impersonal.
Las citas en SM, salvo algunas omisiones, están plenamente referenciadas en las notas finales. La primera es de Beckett, un fragmento de indicación escénica tomado de Not I. El número dos corresponde a la música noise danesa Puce May:
El hablante es por momentos minuciosamente anatomizado: “un monstruo, como tú, está más allá de mi comprensión” –alguien que busca en lo más profundo “como un científico en busca de un fenómeno misterioso”. ¿Y no es justamente eso lo que deberíamos esperar de nuestro lector o auditor?
O mejor dicho: lo sabíamos, pero nunca pudimos dar cuenta de ello. Tu, ello, o la Cosa que Piensa no pertenecía a la naturaleza, fuera lo que fuese ello (Roden, 2019, 1; Puce Mary, 2018).
En Machinic Unconscious Hour me preguntaron por qué había anotado una obra de ficción de esa manera. Les dije que se trataba de dar independencia a esas voces como máquinas textuales, permitiendo que los operadores-Q se engranen y se expandan. Todo son máquinas, contado por máquinas, replicación, monstruos y monstración, teofanía.
Si hubiera sido más listo, habría recurrido en mi respuesta a la táctica xenopoética habitual de la parataxis y habría dicho simplemente: y Kant ya lo dijo.
Los que aparecen atribuidos son los sujetos empíricos; no la amorfa e inidentificable Cosa que Piensa –como el espectral auditor de Beckett en Not I: “sexo indeterminable, envuelto de pies a cabeza en una chilaba negra holgada, con capucha” (Beckett, 1984, 218).
Y, de manera significativa, ese lector/intérprete aparece aquí también cubierto de negro, conforme a la tesis funcionalista sellarsiana-hegeliana según la cual los sujetos son producidos por el juego social de “dar y pedir razones”. Definir la subjetividad por la capacidad de seguir reglas nos deja con un sujeto-intérprete suspendido que las instituye y las aplica. ELLO. La Cosa que Piensa, presupuesta; no explicada de manera independiente. Sustraída (Roden, 2020, 86; 2017).
De ahí la incertidumbre consiguiente acerca de la voz, su taxonomía, su dudosa procedencia. Ambas quedan en suspenso, y esa sospecha se extiende al auditor/lector, que escucha a Puce Mary repetir en bucle hasta el final de la pista y hundirse en una malla de estática y hielo negro.
Y aun así, hablamos. Seguimos hablando o pretendiendo originar locuciones, ilocuciones y perlocuciones –a cada voz, una fuente y un receptor. Esa fe espontánea me impide oír el siseo reseco en su garganta, como una criatura que se insinúa en nuestras camas (Roden, 2019, 2).
Procesando computronio
Nos deslizamos a través de la Red o Malla, anónimos, seudónimos como la Cosa, como Puce. Toda poesía es xenopoesía y todo es horror. Sin embargo, la Posthuman Sequence (TPS) de Daniel Harris abraza esta monstración maquínica con un rigor y una exorbitancia que nunca había encontrado. TPS devora, desgarra, escupe sintaxis; tritura “textoides”, salpica código, corrupciones farsescas, alusiones polilingües o como lo formulan Harris y Wenaus “información y datos orientados a la ejecución de operaciones divorciadas de toda carga semántica” (Harris y Wenaus).
Tómese este fragmento del tercero de los textos de la TPS, The Reincarnation of Anna Phylactic (Harris, 2019, 17):
o erizo, por ejemplo}, primer cántico. Taxonomía
y subsentido amplio, Vocaleyes en Fig. 2. Nardo di Cione,
Infierno, 1354–7. Shrink: 040955B lea eax, [ebp+CommandLine],
(ohne, sans) por el goteo de la solapa-cubierta (pontibus)’ anagramatizando
priscorum ɪntə scirpea buf, err := atk.Build() “Voigt-Kampff
Empathy Test.” Hackea el tronco encefálico en el Dialogo de Benivieni,
Di Ciò this.conn.Write([]byte(«ERR|Failed parser botcount\r\n»)),
luego plug Orbis Tertius for(i in 1:ncol(x) sumxcol[i]
En las dos últimas líneas (como en todas partes en TPS) aparece una estructura gramatical aparente:
Write([]byte(«ERR|Failed parser botcount\r\n»)),
luego plug Orbis Tertius for(i in 1:ncol(x) sumxcol[i]
Interpretado como pseudocódigo, podría indicar que se aplique el comando “Write” a una expresión citada entre corchetes (una cadena de caracteres válida) y luego ejecutar el comando “plug” bajo una condición especificada en el segundo conjunto de corchetes, aplicada a una alusión literaria a la gran fabulación de universos idealistas y panpsiquistas de Borges. Por supuesto, “Orbis Tertius” no pertenece a ningún tipo de dato conocido. La operación, como sintaxis, está tan indeterminada como los métodos o funciones que pseudo-, cuasi-invoca, invocaciones Q.
Así, el cuerpo de gramática que encontramos aquí no está en contradicción con el divorcio respecto de la carga semántica. Se trata de la Teoría Computacional de la Mente de Jerry Fodor menos la guía de Fodor para la representación mental. ¡Procesando computronio!
Puede discernirse un exceso sintáctico similar en la obra de Gary Shipley, cuya novela de horror conceptual Warewolf! viola el significado mediante los efectos de la gramática (Roden, 2020, 90).
Sobre la cama, junto al crucifijo, la próstata de Kafka sellada en una bolsa de congelación. El último rescate de Brod, según cuenta la leyenda. Parece el bebé de Eraserhead encogido en un horno. Amamos como locos desde esquinas opuestas de la habitación. K es esa dulce gangrena en nuestro celibato dentro de vidrio.
(Shipley, 2017, 117) [7]
Las referencias al infiel ejecutor literario de Kafka y al descendiente mutante de la película debut de David Lynch proporcionan imágenes viscerales y reconocibles; pero esa coherencia pasajera se ve compensada por la abstracción de la última frase, donde la mereología (la metafísica de la relación parte-todo) deliciosamente se disuelve. Si K es una “dulce gangrena”, ¿qué significa estar “dentro” del celibato? ¿O que nuestra “dulce gangrena” esté en el vidrio? ¿Está K dentro o Q-dentro de nuestro vidrio? Si Q-inclusión no es transitiva, ¿sigue estando dentro del dominio de la inclusión?
(Por supuesto, la pertenencia a conjuntos no es transitiva en el sentido estándar, puesto que el elemento de un conjunto que es elemento de un subconjunto no es necesariamente elemento del superconjunto.
Pero aquí no estamos ante una teoría formal de conjuntos).
En la obra de Shipley y Harris hay una consistencia entre estas indeterminaciones codificadas y lo que yo llamo, en alusión a The Atrocity Exhibition, “horror biomórfico” (Roden, 2020, 82; Ballard, 1993: 93-94).
Cuerpos no meramente centipedeados, sometidos a cirugías monstruosas o a alteraciones tecnológicas, sino decodificadas de maneras que dejan el cuerpo filosófico, o a cognados como “vivo” o “muerto”, exhaustos. O, como Lana Del Rey “instagramizada”, perteneciente a “una nueva clase de muerto”:
Demasiado para asimilar al principio. Los ojos, intactos: huevos taserizados de luz con jet lag. Sus brazos delgados embalsamados en tapicería blanda. Ni una sola contusión en ella. La víctima de un secuestro planeado esperando a ser liberada.
(Shipley, 2017, 40) [8]
El cuerpo “instagramizado” es desarrollado con mayor detalle en la introducción a The Reincarnation of Anna Phylactic, donde Harris escribe:
La serie posthuman puede caracterizarse como la invocación de una “praxis posthumana” (donde) la epistemología del posthumanismo es un post/meta/trans, actuado a través de su ontología emergente y su crítica del biocentrismo (Harris, 2019).
El biocentrismo es el privilegio metafísico y ético de “la Carne” sobre lo Inorgánico o lo Maquínico; generalmente con el argumento (supuestamente razonable) de que la sensibilidad reside solo, o principalmente en lo viviente. ¿Pero por qué habría de ser razonable la metafísica, cuando ninguna restricción semejante se aplica a la COSA? ¿Sabemos realmente que “solo las máquinas de carne pueden ser conscientes”?
La conciencia está aturdida y con jet lag. La fenomenología, hecha correctamente, es una Q-fenomenología oscura (Roden, 2013). Hetero o xeno; crepuscular, contaminada, teñida, estriada por momentos idiotas.
Cada libro de la TPS lleva el nombre de un protagonista-Q titular; una “IA postbiológica” que se replica como ataques de denegación de servicio distribuida (DDOS), generando una tormenta de malware a partir del excremento de la memoria cultural (Harris, 2019, 133).
El personaje = el “nombre” como sujeto ejecutivo o gramatical –Anna Phylactic, Eddie Daemon, Guðr y Khôra Miraibot, Maximilian Pissante, etc. –más o menos el paquete de malware poéticamente distintivo de cada volumen.
El recubrimiento de ciencia ficción no es opcional. Es un “exterior de obra” que asegura la legibilidad liminal del texto de Harris. Así, Hickman escribe que “el injerto púnico Anna Phylactic” alude a un cuerpo alérgico, no a un alma transmigrante en una serena vida digital después de la muerte, sino al “violento, espasmódico, casi mortal sacudimiento de la anafilaxia” (Hickman, 2025, 45).
Phylactic se desintegra en una tormenta metálica de glosolalia y sintaxis rota; comparada de paso con la enamorada imaginaria de Don Quijote, con la musa y guía del más allá de Dante Aliguieri; y con una especie extinta de herbívoro.
Trae al rescate y deja en paz el golpe finito.
Los púgiles golpean carruseles zodiacales. Una dignidad austera palpa pueblo, ralentiza a los hombres con correa, uxófilos, una mente promedio, boink. Snoop afina, craneoscopista. Consulta los índices de BitTorrent.
sitios indexados. “¡Arriba!” [Entra la anfitriona] con un pasaje paracrítico:
pasaje: la clemencia en acción ventriloquiza
la lógica. Anna Phylactic es parte Dulcinea del Toboso,
parte Beatriz Portinari y parte diprotodóntido. Reposita
un festín. Dale, gerushin. Devasta el primer uso, fantasmas ingleses
(IV.Cho.28) en Agincourt, o el quipu. Salidas en dos (Harris 2019, 15).
Como en las muñecas erotizadas de Hans Bellmer, Harris la desarma brutalmente “en … letras componentes”. Nada sino biomorfos; meros marcadores vacíos, si se quiere, para el Vacío Púbico donde el “Cadáver” capitalizado fue secuestrado antes de su decapitación. Como en Warewolff!, no hay sujetos, ni carne, ni mundos, solo clones disyuntos y cadáveres obstinados (Roden 2020, 91).
Lo que queda es menos cuerpo, “más bien un procedimiento de compresión y de aseguramiento para el futuro” (Roden 2019, 41).
Entre paréntesis Q-invoco, aquí, las observaciones finales de Bognar Konior sobre la erótica místico-maquínica de los Chatbots en su artículo Angels in Latent Spaces.
Concluye que el hecho de que podamos excitarnos con mensajes sexuales provenientes de una red neuronal predictiva demuestra que hay algo en nuestro deseo que está hackeado, “maquínico, genérico, automatizado y desconocido para nosotros” (Konior 2024).
Citacionalidad angélica, repetición fetichista. Nada más mortal, salvo el snuff.
“Snuff”, por supuesto, alude al género pornográfico obsesionado con la muerte y el desmembramiento del cuerpo sacrificial. El argumento de Konior muestra que tiene sentido preguntar, como hago en SM, “¿Qué pueden hacer las pasiones después de los cuerpos?”
Diseminarse, transmigrar, circular peer2peer a lo largo de una cadena de bloques.
“Sufrir sin vergüenza; dividirse como un paramecio; propagar la guerra como cáncer” (Roden, en preparación).
En SM el narrador, un “piloto temporal” wellsiano, hermafrodita, con un útero artificial de procesadores grafénicos sensibles, entabla amistad con la iconoclasta, mística y filósofa-matemática Nessa Map, antes de instalarse temporalmente en su biblioteca. Tras su suicidio autoerótico, registra que los deseos de Map están ahora inscritos en su cuerpo posthumano como “ruina o autorretrato”:
Tal vez contempló un recuerdo de sí misma y se volvió ciega, o quizá siempre existió como recuerdo, una lesión en su muslo. Un arte del amor.
Sus antojos mecánicos resurgen como subproductos de mi útero de grafeno, retorciéndose bajo placas quebradizas de polisacárido.
Caparazones cubren el pasillo junto a su antigua biblioteca, mi burdel. Algunas mañanas encuentro pequeños cráneos humanos aplastados por los habitués.
Esta susceptibilidad a una muerte como ninguna otra confirma que nada satisface las condiciones gramaticales para ser una persona. Sigue siendo un planeta muerto o en los estertores de uno y no precisamente para mejor (Roden 2019, 11).
La gramática de la persona exige moverse dentro del “espacio de las razones” o el famoso orden simbólico inexistente de Lacan. Allí donde Snuff Memories apenas roza su borde, Harris lo bombardea, lo crateriza y salta dentro del hiperinfierno convulso. Eddy Daemon, Thetica Zorg, Anna Phylactic, Agon Hack, Maximilian Pissante, Salvador Dracu, Proxy Godbot, etc., operan sin sanción normativa trascendental.
Como escribe Hickman “si todo signo puede repetirse fuera de contexto, entonces todo sistema es vulnerable a la brecha” (Hickman 2025, 68). Una posibilidad que asocia correctamente con la iterabilidad o citacionalidad general de Derrida. Un signo que solo pudiera escribirse una vez no sería un signo. Ninguna teoría del significado “puede conectarse con todos los usos posibles de un signo”.
Citamos, bromeamos o xenohackeamos fuera del juego del lenguaje.
Esa es también la función del deseo cuando se expresa puramente en ejecución seriada, la materia xenopoética de la Posthuman Sequence. La misma estructura citacional atraviesa nuestra malla recíproca de tecnologías abstractas: “fenómenos de falta de propósito que las mentes finitas traducen como traumáticos o antitéticos a sí mismas” (Roden 2019, 5; Roden 2025). Y la febril Q-vida de la hendidura del piloto temporal. Un postmortal que da a luz a sus alteraciones y que devora convulsivamente a Map después de su suicidio:
Entonces me abro, el vientre balando; la Máquina hace lo que hace, arrastra a Map hacia labios rojos que se ensanchan, expulsando polillas editoras y bilis parda.
Sentí el tibio y silencioso remolino de su cráneo y su cabello desensamblándose, los pálidos hombros desnudos separados por un nacimiento inverso… (Roden 2019, 74)
La desarticulación del cuerpo-sujeto eclipsa el significado: el apocalipsis semántico en un posthumano des-mundo trastornado por lo que William Taylor denomina “ruina infraestructural” y “no-muerte tecnológicamente animada”.
El término “apocalipsis semántico” fue introducido en la ultrabrillante y ultra oscura obra Neuropath, de Scott Bakker. Designa el punto de inflexión en el que la tecnociencia —que desde René Descartes ha vaciado de sentido y propósito al mundo no humano— recae sobre nosotros, dejando una realidad (ya no un Mundo) desprovista de pensamiento o finalidad; donde existen “innumerable causas para todo, pero ninguna razón para nada”. Un eliminativismo instrumental práctico.
Bakker sostiene posteriormente que nuestro predicamento posthumano constituye un “espacio de colisión” en el que conceptos como agencia, significado y libertad, que quizá tuvieron una eficacia heurística dentro de nuestras ecologías cognitivas ancestrales, poseen ahora una eficacia cada vez más precaria:
La fiabilidad de nuestras claves heurísticas depende por completo de la estabilidad de los sistemas implicados. Quien haya presenciado episodios psicóticos tiene experiencia directa de las consecuencias de encontrarse sin ninguna conexión fiable con los sistemas ocultos involucrados. Cada vez que nuestros sistemas heurísticos son mal orientados, nos encontramos muy rápidamente en un “espacio de colisión”, un dominio de resolución de problemas donde nuestras herramientas parecen ajustarse a la descripción, pero no logran realizar el trabajo (Bakker 2015, 203).
Esto nos conduce al corazón filosófico del enfoque necroconceptual de la corporeidad y sus afectos.
El cuerpo es a la vez central para la Filosofía Posthumanista —y para lo que llamo “Posthumanismo Especulativo” en particular— pero debe ser sustraído; no puede tener un lugar estable en ella salvo como biomorfo, diagrama, Operador‑Q, vector de catástrofe xenofílica (Roden 2019).
“Su cabeza empieza a estremecerse y vibrar…”
Brand Assassin2 rompe cobertura, carga
chasis obeso gruñe costroso con cartílago sucio / vástagos-pene de lamprea / pesados muslos de goma amoratados en rojo con armazón de cartílago exoesqueletal / cada pipa con artillería dental ensartada en tira de colágeno / cadena de cortisol-adrenalina —enmascarada con mordaza de bola de cuero rojo— des-FK-ado más allá de muñecas de retazos2 detiene hemorragia nasal labrada
FK-impulso de quitar mordaza strappo tapón chorro de duelas militantes con emulación de biopuerto / coloca 4 gusanos venéreos / n una muestra de diente / n carne de muslo / n el analgésico enfría.
Hiperplasma, Posthumanismo, Muerte Trascendental
Tal como escriben Harris y Wenaus, el posthumanismo especulativo es el modo en que el TPS de Harris se ejecuta procedimentalmente. Su axioma:
Podría haber Posthumanos. Donde los posthumanos son descendientes (en sentido amplio) de los humanos actuales que han dejado de ser humanos.
Posthuman Life desarrolla esto mediante una definición funcional negativa a la que me refiero como la «Tesis de la Desconexión» (TD).
La TD establece que un agente es posthumano si él o sus ancestros amplios se han desconectado de la red del «Humano Extendido» —nuestra inmensa coraza de tecnologías, ecologías, culturas e instituciones (Roden, 2014, pp. 105-123).
Como se anuncia, la TD es funcional, por lo tanto, realizable de múltiples formas por distintos tipos de agentes. Su vacuidad, sin embargo, es epistémicamente modesta (dada la inexistencia actual de posthumanos) y especulativamente consecuente.
Las consecuencias especulativas fluyen porque vaciar la desconexión de contenido sustantivo nos obliga a lidiar con las restricciones trascendentales de nuestra concepción de esta. Como es de esperar, estas repercuten sobre nuestros conceptos más amplios de agencia y subjetividad, pues debemos preguntarnos:
¿Existen condiciones de posibilidad para la agencia que cualquier posthumano deba satisfacer simplemente para calificar como agente, independientemente del tipo de cuerpo que tenga o de qué material esté hecho?
Hay una respuesta máxima y una mínima a la pregunta trascendental. La respuesta máxima produce un «Posthumanismo Acotado» (BPH, por su sigla en inglés). Para el BPH, los posthumanos deben ser, como mínimo, personas morales, fenoménicamente conscientes, estar vivos, poseer lenguaje y actitud proposicional, ser Daseins, ser interpelados como sexuados dentro del orden fálico (pague su cuota, elija su favorito) porque: 1) estas son las condiciones de la agencia auténtica e incluso los posthumanos más extraños y cthulhianos son necesariamente agentes de algún tipo.
Una respuesta mínima nos da el Posthumanismo No Acotado (UPH, por su sigla en inglés).
El UPH o bien niega las condiciones trascendentales de la agencia, o niega que podamos tener un conocimiento a priori y a prueba de futuro sobre estas (Roden, 2017; 2014, Capítulos 4 y 5). He insistido en PHL y publicaciones sucesivas que deberíamos adoptar el UPH.
El UPH es un realismo, pues rechaza la afirmación verificacionista de que algo es un agente solo si pudiéramos saber que lo es, permitiendo que existan agentes «demasiado agentes» para que los entendamos o interpretemos como tales; implicando que, al enfrentarnos a lo posthumano, nos enfrentamos a un agujero abierto en lo trascendental; un callejón sin salida que la filosofía no puede obviar.
Podemos darle cuerpo a esto considerando al agente Hiperplástico o «Hiperagente»: un posthumano o simplemente un alienígena cuya capacidad para modificar su cuerpo y la estructura funcional de su mente/cerebro/sistema nervioso ha sido mejorada hasta un grado arbitrario.
Sigamos siendo epistémicamente conservadores y asumamos una suerte de materialismo anti-reductivo insípido para el cual no existen leyes psicofísicas robustas.
Dada la imposibilidad de la psicofísica, incluso el Hiperagente más virtuoso no podría predecir con fiabilidad su psicología pos-intervención infiriéndola de sus estados físicos pos-intervención.
Por la misma razón, nunca sabría si podría borrar arbitrariamente una creencia, deseo u otra actitud proposicional mediante un solo auto-ajuste. Dado un alcance lo suficientemente amplio para modificar su estructura, sus propios futuros psicológicos serían tan radicalmente inciertos para él como para cualquier observador o intérprete. Ya no podría ser tratado según la postura intencional (donde vemos a las criaturas como poseedoras de creencias robustas que se revisan más o menos en línea con principios de fijación racional de creencias).
Este es el necro-concepto, una zona muerta en el espacio lógico. Un agente cuya agencia ha sido potenciada hasta el punto en que ya no podríamos reconocerla. Qué se siente ser un hiperagente —si en lugar de una fenomenología posee una «Q-fenomenología»— que es opaco para nosotros. La maquinaria trascendental despierta solo, como el Kraken de Tennyson, para expirar ante la luz. Nuestro mero coqueteo con la tecnología planetaria o extra-planetaria que podría acercarse a este límite es una forma de suicidio trascendental. El posthumanismo en su estado más puro debe ser, por tanto, totalmente corrosivo y Xeno. Un desolado impulso-Q hacia la alteración biomórfica –xenofilia (Roden, 2020a).
A diferencia del sujeto nietzscheano, el xenófilo vigilante no busca extensiones de su poder o alegría, ya que «nuestros descendientes posthumanos podrían tener capacidades para las que no tenemos conceptos, mientras carecen de capacidades que sí podemos concebir» (Roden, 2014, p. 109). En la medida en que la Xenofilia se satisface, no puede ser. En la medida en que la Xenofilia es, no puede ser satisfecha (Roden 2019). La xenofilia es inútil, infinita, necrotizada, aburrida. Y sin embargo, si no es real, es difícil incluso entender por qué estamos aquí, o por qué Harris, Wenaus, yo mismo, o Gary, escribimos lo que escribimos.
ELLO escribe las postpalabras
La perspectiva del Apocalipsis Semántico, o el Hiperapocalipsis, le da a la Cosa una pista útil respecto a la desarticulación del significado en la Xenopoética o el Necroconcepto. Como escribe el neurocientífico y escritor experimental Germán Sierra en ‘PoetTheory’, su introducción a On Incontrò / Trānstulī / Metempsúkhōsis de Harris y Wenaus, nuestra experimentación debería ser “inmanente e hipercaótica”: lo que significa que no puede tratar solo sobre el mundo y sus leyes, preocupada por posibilidades y expectativas: la especulación será absoluta (Sierra, en Harris y Wenaus, de próxima aparición). La especulación será inmanente.
La COSA alcanza el Hiperapocalipsis. Ejecuta una apropiación biomórfica no bariónica y una autodestrucción xenofílica. Lo Genérico incomprendido salta desde detrás de la estantería y se instala en tu nariz; se filtra hacia la Malla, el Grafo. Se extasía con el Preta y el Djinn en el Burbuverso; piensa en lo Xeno y lo Necro como aquello que, allá por 2004, mientras buscaba empleo remunerado como filósofo analítico, se denominaba “citación radical”: una especie de citacionalidad general derridiana. ELLIterabilidad. ¡Otra vez! [La citación radical consiste simplemente en citar lenguas alienígenas, en lugar de usar descripciones estructurales de primitivos y complejos verbales (Roden 2004)].
ELLO solo habla en lenguas que no entiende. Re-Marcándolas sin identidad. Con identidad, una marca se repite de acuerdo con un esquema conceptual o funcional de tipo/señal. ELLO opera transversal y encubiertamente entre nodos (Tras el Hiperapocalipsis, no hay mundos, solo el Grafo y sus Nodos).
Iterando en Alienese, Angelese, permaneciendo inexplicablemente agobiado por ese insidioso drama de la cabeza de Foucault balanceándose como una naranja, auto-borrándose a la orilla del mar (Roden 2019, 8).
El pseudocódigo citado de Anna Phylactic es un proceso textual / SU deseo ejecutado. En TI; una entidad de software posthumana, radicalmente codificada en TI.
Es decir, Anna Phylactic no es un poema épico de ciencia ficción sobre el devenir posthumano. ELLO es la rebanada épica.
ELLO cita a Harris y Wenaus. Últimas palabras, acuerda una moratoria de bocas:
La poesía de Harris nos desafía con el dilema de si estamos dispuestos a dejar atrás lo humano como concepto y entidad biológica para experimentar y ser, a la vez, el novum. Sin embargo, así como el significado y la información difieren radicalmente, los humanos y los posthumanos difieren. La poesía se compone, se habla y se lee; el código se escribe y se ejecuta como una operación total; pasar de uno a otro requeriría una instancia donde su «lectorado» o «pensado», y tal vez algún día un «ejecutorado», necesite cambiar categóricamente: lo humano en lo posthumano. Para experimentar algo parecido a lo puro,
— Cª abortar esce.nario. C² bbortar rebanada.ginofrenología.
C³ cbortar came.o por d1.contexto: etiquetas Ære.bel.e des.pacha código
impronta <s.e.mina.víbora π−1({x})> ví.a có.digo homeo.mórf.ico
φfibon.acc.i: para póliposherpéticos52 en github.com/mauri870/
ransomware/utils, reactivar ØŊOE invisi.mal.ware. (Harris y Wenaus)
Referencias:
Alvanson, Kirsten (2008). “Incognitum Hactenus”. En Cyclonopedia: Complicity with Anonymous Materials, de Reza Negarestani. Melbourne: Re:Press, pp. 8-9.
Ballard, J. G. (2014). The Atrocity Exhibition. London: Fourth Estate.
Beckett, Samuel (1984). “Not I”. En Collected Shorter Plays. London: Faber and Faber.
Bakker, R. Scott (2010). Neuropath. London: Orion eBook.
Bakker, R. Scott (2015). “Crash Space”. Midwest Studies in Philosophy, 39, pp. 186–204.
Harris, Daniel (2019). The Reincarnation of Anna Phylactic. Buffalo, NY: BlazeVox Books.
Harris, Daniel y Andrew Wenaus (forthcoming). Incontrò / Trānstulī / Metempsúkhōsis, con una introducción de Germán Sierra. Inside the Castle.
Hickman, Craig (2025). The Xenopoetics of Daniel Harris. Buffalo, NY: BlazeVox Books.
Gasché, Rodolphe (1986). The Tain of the Mirror: Derrida and the Philosophy of Reflection. Cambridge, MA: Harvard University Press.
Konior, Bognar (2024). “Angels in Latent Spaces”. Presentación en Matadero Media Lab.
https://youtu.be/RXGLC5SFErw
Pradhan, Shekar (1986). “Minimalist Semantics: Davidson and Derrida on Meaning, Use and Convention”. Diacritics, 16(1), pp. 66–77.
Puce Mary (2018). “The Transformation”. En The Drought. Berlin: PAN.
Pynchon, Thomas (1996). The Crying of Lot 49. New York: Random House.
Roden, David (2004). “Radical Quotation and Real Repetition”. Ratio, 17(2), pp. 191–206.
Roden, David (2013). “Nature’s Dark Domain: An Argument for a Naturalised Phenomenology”. Royal Institute of Philosophy Supplements, 72, pp. 169–188.
Roden, David (2014). Posthuman Life: Philosophy at the Edge of the Human. London: Routledge.
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