EL ESPECTÁCULO DE LA IDENTIDAD
Hembros. Asedios a lo post-humano – Eugenia Prado (Palabra Editorial, 2025)
Patricio Uribe
Odio a mi padre. Mi padre. El amor no existe. Odio estos mensajes grabados a fuego. El amor no existe. El amor no cuando soy. ¿Quién, cuándo soy? ¿Cómo, cuando el amor no existe?
Padre: orden simbólico que instaura la identidad, lo idéntico. Ficción de identidad, repetición del código que crea la identidad. Texto que crea la ficción como puesta en escena, como guión, como programa. Imposición de programa que genera deseo de ruptura.
Rebobinar. Rebobinar. Rebobinar.
Rebobinar. Regrabar.
Rebobinar. Regrabar
otros códigos de ingreso.
Rebobinar. Insertar nuevos códigos.
Insistir en el acceso.
Rebobinar. Rebobinar. Rebobinar.
Rebobinar. Regrabar. Desestructurar
mensajes incorrectos.
Verificación imposible.
Códigos de acceso no corresponden.
No están bien ingresados
los datos.
Decodificación del programa, ingeniería reversa del código del programa del orden simbólico. Orden simbólico como caja negra: se ingresa input, se obtiene output. El output como comando, orden, imperativo. Decodificación del programa a través de los outputs. Explorar, forzar fallas. Decodificar el programa a través de las fallas, de los errores forzados por los inputs.
A punto de caer en un estado de máquinas, esto se repite.
El afuera del programa es maquínico, en tanto se expresa en una lógica no humana, no natural. Efecto de naturalidad del orden simbólico: estabilidad supuestamente permanente. Lógica no natural, abstracta, desestabilizadora. La naturalidad de la lógica natural se mantiene por repetición, es un efecto de la recursividad.
Recurro al modelo. Un modelo que sincronice afinidades con la propia intimidad.
Intimidad más íntima que cualquier intimidad que indaga en una supuesta identidad. Una intimidad que indaga en la maquinaria de la identidad, que abre la caja negra. Una vez que se decodifica el programa, no aparece ninguna identidad verdadera, auténtica: se expone su apertura a su exterioridad, a aquello que lo excede. El programa deja de repetirse a sí mismo, su recursividad se convierte en modelo para la apertura.
¿Cómo precisar la extraña fuerza que nos obliga en la atadura? ¿No es acaso una forma precaria de no sentirnos allí dentro?
El espacio del programa se vuelve hostil al exponerse el código. A pesar de mostrarse los estratos, sigue operando la repetición, la recursión, la estabilidad forzada. Pero ya no se está adentro. La diferencia discreta adentro/afuera da paso a un continuo que torsiona el propio supuesto adentro. Entonces se revela la función del programa: no mantiene, sino que construye una y otra vez el borde que define el adentro. El borde no define el afuera: lo sustituye, y en cierta forma busca eliminarlo.
Nada de lo que otros piensen puede programarte pues te reconoces fuera de programa.
Una vez traspasado el borde, ya no es posible retornar. Nunca hubo nada a lo que retornar. No se puede volver a donde nunca se estuvo. Pero estar fuera del programa no es estar afuera. No se puede estar afuera, así como no se puede estar adentro. No hay origen, así como no hay destino.
Destruir las palabras, hacerlas estallar.
Descomposición del lenguaje, fracaso, colapso de lo personal.
No hay salida. Solo queda profundizar la deriva, hundirse en la transgresión de estrato tras estrato tras estrato, hasta que los estratos se descompongan y con ello todo lenguaje y todo significado y toda identidad, hasta que el fracaso sea tan absoluto que el fracaso mismo fracase pero sin quedar tras ello ningún supuesto éxito sino solo el vacío que ni siquiera es un vacío de nada sino que es un vaciamiento que se repite a sí mismo pero sin una recursión que permita el consuelo de un orden que nunca fue y nunca será pero que por lo menos permitiera creer en su ilusión. Nunca hubo salida.
A ciegas, desbaratando fórmulas, sabiendo que la fatalidad que nos encubre nos acerca a estados de incomprensión de gran alcance.
Tomar la nueva curvatura. Cierta resistencia y una repuesta caprichosidad.
Traspasar un nuevo borde, todos los nuevos bordes que se crean una y otra vez para mantener un adentro. Estratos como nuevos bordes, transgredidos sucesivamente hasta alcanzar la curvatura, la deformación que se profundiza, hundirse singularidad tras singularidad hasta alcanzar la singularidad terminal que agote toda transgresión, que no haya nada que exceder cuando todo sea exceso, infinito exceso en el que no haya nada propio, en el que todo se pierda.
Puedo verte ahora frente a las pantallas del aparato. Te veo desarmado, casi perplejo, mostrándonos la creación de un nuevo espectáculo.
Fuga reinscrita como ficción de fuga, simulacro del afuera, espectáculo en el que el programa del orden simbólico hace que toda fuga retorne al adentro de forma recursiva. Ficción de borde que se internaliza como ficción de fuga hacia un ficticio afuera. Identidad que se sabe ficticia, que se afirma en su ficcionalidad. Pero no hay ficción, solo estratos y deformaciones de lo real. Un espacio exterior que no deja de introducirse en el orden natural, que lo descompone hasta su inexorable aniquilación. Hasta entonces, se dirá que también esto es una ficción.