RECORTAR LIBROS: EL CANIBALISMO COMO DISEÑO


                                Ania Malinowska 


Traducción: Daniela Gutiérrez


Mientras la mayoría de la gente lee libros, yo literalmente los destrozo. 

Específicamente los corto —con precisión y fuerza—, y luego los reorganizo, los vuelvo a unir y dejo un «festín» tentativamente llamado textrapolación. La textrapolación —o la extrapolación del texto— es un acto caníbal que se inunda con sangre o provoca un derramamiento en sentido figurado, y como la mayoría de ejemplos de canibalismo, viola los límites de la decencia y ofende lo santificado (porque el libro es algo sagrado, ¿no?). El objetivo de esta blasfemia es desorientar los significantes culturales de un libro para mostrar las limitaciones que existen en los diseños de los libros, ya que no es un ejemplar completo sino que es un tejido de significados del que nos podemos aprovechar.

A continuación, describo y analizo el recorte de los libros como canibalismo y esto es el canibalismo como diseño. Esto lo hago en relación a la tradición de la lectura y escritura voraz agregando un proyecto personal que he llevado a cabo hace tres años, por un periodo de seis meses, durante el cual corté más de seiscientos volúmenes de patrimonio intelectual humano y los convertí en ciento once paradigmas poéticos ensamblados. Considerando que el libro es «un cuerpo», «una máquina para pensar» (Richards, 1), un «dispositivo de acceso simultáneamente secuencial y aleatorio» (Kirschenbaum, np), y «un instrumento espiritual» (Mallarmé, 68), lo que hago es examinar la carne del libro y la mutilación de lo sagrado —o lo intocable— que el libro, como objeto, invariablemente representa. Es por esto que me detengo en la kinesis caníbal: cortando, desmantelando, despellejando y sazonando para observar la estética de los impulsos y antojos patológicos en amplios contextos culturales y creativos.


Canibalismo en los libros

Los libros están diseñados para ser devorados y también para ser vandalizados. Ambos intentos —o diseños—,  tienen el mismo propósito: satisfacer el hambre y la necesidad de obtener los nutrientes vitales. Mucha gente dice que “no puede vivir sin los libros” (cf. Jefferson, 263), y muchos dicen también que los libros son un festín. Estas metáforas alimentarias son las que nos inculcan desde muy pequeños y comúnmente se  comienza con un cultivo de apetito por la lectura —que nutre nuestra mente— para continuar con el diseño de libros, donde la versión literalizada ha sido la lonchera de libros para niños.

Estos tipos de diseños dictan cierta forma de conducta, y aprender a desear los libros siempre implica aprender a comportarse con ellos (igual como aprendemos a comportarnos con la comida). Este comportamiento se rige por reglas específicas y la mayoría de estas reglas se relacionan con la carne del libro y buscan evitar que la violen, es por esto que las puntas dobladas, los subrayados, las marcas de lápiz, las notas al margen, los pliegues o rasgaduras en las páginas se consideran profanos e imperdonables. 

Los experimentos con recortes de periódicos de los dadaístas en la década de 1920 en adelante, se toleraron solo debido a la naturaleza efímera del periódico —un objeto de mala calidad por defecto, destinado a una vida efímera y propenso a la destrucción—, pero cuando se disecciona un libro, ni siquiera el dicho «todo por el arte» basta.

En 2005, el artista Brian Dettmer inició una interesante —e insuperable blasfemia— serie de recortes titulada Book Autopsies (Sliced Book Sculptures). La exposición  continúa vigente y se desarrolla bajo diversos nombres y formatos para ser admirada en galerías o en el estudio del artista en Chicago. En la entrada de su sitio web, que data el inicio de este proyecto, Dettmer explica las razones para diseccionar los libros y su método de disección. Explica:


Este trabajo parte con un libro al que se le sellan sus bordes, creando un receptáculo cerrado lleno de potencial descubierto. Corto la cubierta de los libros y disecciono desde el frente. Trabajo con cuchillos, pinzas y otras herramientas quirúrgicas para tallar página por página, exponiéndolos mientras recorto ideas e imágenes de interés. Nada que está dentro de los libros se instala ni se implanta, solo se elimina y las imágenes e ideas se revelan para exponer la memoria oculta y fragmentada de un libro. Las piezas terminadas muestran nuevas relaciones de los elementos internos de un libro, exactamente donde han estado desde su concepción original.


Cortar los libros tiene un triple efecto transformador: primero, extrae un nuevo contenido del formato existente. Segundo, analiza el contenido, dejando solo las partes más comibles y tercero, transforma toda la cultura en torno al objeto diseccionado, especialmente su somántica (semántica y somática) e interstética (estética e interactiva). Por esto, el libro ya conlleva un potencial caníbal porque invita a tener impulsos destructivos, por lo tanto, los libros diseccionados ya no se ajustan a los límites del tacto y la contemplación, sino más bien, asumen una relacionalidad brutalmente violenta: la del desmembramiento y la profanación.

En mi caso, el proceso de diseccionar los libros siguieron la misma tríada intencional que la obra de Dettmer, solo que con una técnica diferente: en lugar de la escultura, usé el collage. Además —y a diferencia de Dettmer—, moví los recortes entre los ejemplares, eliminando fragmentos de los libros —y las páginas—, para luego reagruparlos bajo la organización del epigrama, que es una especie de receta. El procedimiento fue simple: descuarticé algunos libros al azar, hojeé las páginas, busqué la idea central entre líneas y las cercené de los textos. En este proceso, parafraseando la célebre frase de Mark Twain, se centró en el dilema: “¿Cuál de ellos [los libros] morirá para proveer alimento a todos?” (14).

En tanto, que la preocupación de Dettmer se centra en la esencia del libro, yo me centro en los restos (que en el proceso se convirtieron en esencia). Y no es que compare las obras, sino que simplemente utilizo el arte de Dettmer como punto de referencia para argumentar el deber de violar lo sagrado, que es algo que los libros inevitablemente representan y también para fundamentar mi argumento sobre el canibalismo.

Nunca pensé en cortar los libros como un acto caníbal, al menos no hasta que la crítica cultural inspirara esa asociación (las analogías entre ambos asombran por su precisión). Maggie Kilgour, quien comenzó a construir esta relación con el canibalismo y la literatura, fue la primera en teorizar el canibalismo en términos de metáforas culturales. Definido por ella como un acto capaz de «disolver la estructura que parece producir» (4), el canibalismo cobra reconocimiento por su papel en la reorganización y reestructuración de los entornos sociales, especialmente el habitus —la estructura o entorno cultural en el que se desenvuelve el canibalismo— y sus actores. Mientras que la cultura occidental dominante asocia el canibalismo con una división entre el comportado mundo civilizado y el salvaje-bárbaro, las interpretaciones culturales que se dan en “occidente” observan el canibalismo como una división dentro del yo civilizado que cuando se ve amenazado, atrapado u oprimido de alguna manera —aunque solo sea simbólicamente—, ese yo recuerda al salvaje en sí mismo.

En el sentido literal, el canibalismo consiste en que los humanos se coman la carne —o partes del cuerpo— de otros humanos, y en un sentido ético, representa las tendencias más repulsivas del ser humano. Desde una perspectiva crítica, conjuga los tabúes más profundos con los códigos morales más estrictos y en la confluencia de estas conjunciones reside un potencial transformador. Al alimentarse de la carne de sus propios parientes, las personas siempre han buscado un remedio y una vía de escape. Todas las prácticas caníbales —desde los rituales (como comer partes de los difuntos) hasta las judiciales (como la venganza), la medicina (como beber pociones de huesos en polvo) y la supervivencia (como intentar sobrevivir a una catástrofe: un accidente aéreo) y la gastronomía (como cocinar partes y órganos humanos con fines culinarios en la dinastía Yuan china)— llevan consigo la desesperación por encontrar una solución o trascendencia. Todas están impregnadas de un impulso creativo y una motivación para poner a prueba los límites que pueden llevarlas más allá de lo existente y de lo que ya no cumple su propósito, y la creatividad siempre expía la violencia.

Independientemente de cómo se utilice, el canibalismo no se trata sobre el acto que representa, o en palabras de Peggy Reeves Sanday: “nunca se trata solo de comer”. Ella afirma que el canibalismo “es principalmente un medio para mensajes no gustativos: mensajes relacionados con el mantenimiento, la regeneración y, en algunos casos, la fundación del orden cultural” (3). Así mismo, el debate antropológico sobre el canibalismo se basa en paradigmas que tienden a excusar la violencia del acto caníbal en favor de sus motivaciones creativas, en tanto que los enfoques psicoanalíticos lo ven como variantes del deseo sexual y los enfoques pragmáticos lo explican en términos de métodos adaptativos, mientras que la hermenéutica se refiere a la lógica más amplia de la vida, la muerte y la reproducción (Sanday, 3). Todas ellas se basan en una fantasía humana de canibalismo que Mark Buchan (2001) asocia con la ética de la ira: el impulso instintivo frente a su represión controlada. Algunos antropólogos creen que el canibalismo no existe mientras exista en todos. En este sentido, la suposición de que “nunca hemos sido modernos” (Latour) presupone que nunca nos hemos librado de nuestro canibalismo intrínseco.

Cualquiera sea la interpretación que mejor funcione, todas coinciden en motivaciones situacionales y culturales sobre el acto caníbal. Kristen Guest lo describe haciendo hincapié en la formación de significado y la función significante, o quizás resignificadora del acto:


El canibalismo se considera ampliamente como una práctica cultural compleja y diversa cuyo significado está determinado por los contextos sociohistóricos en los que se practica, más que por un patrón “universal” preestablecido, ya que permite la producción de significados y valores dentro de un sistema social particular y, como dice Slavoj Žižek, “un tipo de realidad cuya consistencia ontológica implica cierto desconocimiento de sus participantes”. […] El canibalismo nos llama la atención sobre la problemática relación entre los actos reales y las estructuras imaginarias disponibles para dotarlos de significado. […] El discurso del canibalismo nos invita a reflexionar sobre cómo la construcción de la diferencia siempre está limitada por el contexto sociohistórico en el que se produce, así como figura crítica, el caníbal no solo cuestiona la universalidad de las estructuras binarias que generan significado, sino que también […] nos desafía a dejar de pensar en la coexistencia de lo que llamamos humanidad y salvajismo. (4)


El canibalismo y el recorte de libros comparten el mismo anhelo de trascendencia, también comparten la misma inclinación por la blasfemia y cierta forma de locura ajena al sentido común dominante. Hay algo en el recorte de libros que escapa de toda lógica, los libros son depósitos multicapa de lógica universal, limitados por una forma, por lo tanto, recortarlos los abre a una consumación ilimitada y a un metabolismo sin restricciones.

Recortar libros es placentero. Se siente más real, más auténtico y más satisfactorio que cualquier otro tipo de escritura. Sacia el profundo anhelo de autoexpresión y articulación y es casi como si lo que uno «escribiera» y cómo lo «escribiera”, surgiera de las entrañas (y no del cerebro). No es de extrañar que las técnicas de recorte se asocien a menudo con las artes intuitivas, al igual que el canibalismo se asocia con la cocina intuitiva. El desconocimiento con el que Žižek se refiere a la ignorancia de la lógica adecuada, funciona aquí como la ignorancia de los significados atribuidos a las cosas y su uso. No podemos canibalizar mientras no olvidemos el significado cultural del cuerpo, la persona y la humanidad como parentesco. Lo mismo ocurre con el recorte de libros, posible solo cuando olvidamos qué es un libro, cómo se originó y cómo se supone que debe usarse.


El libro como tejido muerto

El libro es considerado un objeto poderoso, casi visceral. Aunque su corporalidad es más bien metafórica, la historia revela los vínculos entre el libro y la carne orgánica presentes en su evolución hasta su forma actual. Según relatos históricos, el tejido muerto ha formado parte del diseño de los libros desde la aparición del pergamino (1500 a. C.). Aunque el pergamino ya no se utiliza —salvo en raros casos de cubiertas de cuero, cuyo material se está sustituyendo por cueros artificiales—, rescata las relaciones corporales y los hechos corpóreos del libro. La historia del libro, escrita por Keith Houston, considera el pergamino como “la invención espeluznante” y  pinta un retrato bastante caníbal de su producción: 


Tras remojar y depilar una piel, los pergamenos descubrieron que al estirarla sobre un marco y dejarla secar antes de cortarla, se podía lograr que la piel mantuviera su tersura y elasticidad. En los mamíferos, la dermis —la capa intermedia de la piel con la que se fabrican el cuero y el pergamino— está compuesta por una red de diminutas fibras de colágeno. Al sumergirse una piel depilada en su tina de preparación, estas fibras absorben y se saturan con el líquido del baño, y este a su vez, se mezcla con la propia secreción de la piel para impregnarla de un fluido adhesivo y pegajoso. Al estirar la piel, algunas de sus fibras se rompen, mientras que otras se tensan, alineándose con el plano de la piel, y a medida que las fibras realineadas se secan, hacen que la piel se fije en su lugar. […] El resultado […] es un material tensado y flexible. Mientras que el cuero es suave y flácido, una lámina… el pergamino, al doblarse suavemente sobre su superficie, recupera fácilmente su forma original […]. Además, el pergamino era más resistente que el papiro: una piel cortada por el cuchillo de un curtidor descuidado podía coserse con seguridad […] sin peligro de desgarrarse. (np, Kindle)


Este sugerente pasaje se lee en muchos sentidos, al igual que las descripciones culinarias de la carne humana. En ciertos territorios, la carne humana se ha considerado un manjar superior a otros tipos de carne, únicamente debido a sus propiedades materiales (al igual que los libros en el arte recortado). Transformar esa carne en alimento implica procedimientos “especiales” y específicos destinados a apropiársela para un alimento, y esta apropiación se basa en la eliminación del elemento humano, al igual que la apropiación de la piel para el pergamino se basó en la eliminación del rastro orgánico, pero sin perder sus propiedades. 

Y es que los libros han sido llamados simbólicamente “el alimento para el pensamiento” y parece que el modismo expresa el aspecto nutritivo sin metáforas de por medio. 

Actualmente, el libro es un almacén de información que sirve para el intercambio cultural (Borsuk, 1), y también es un dispositivo de distribución que intenta reinventarse mediante el avance digital. Es por esto que esta reinvención invita a nuevas metáforas caníbales: como la “muerte del libro”. 

La muerte del libro como un nuevo mito posmoderno, se refiere a las alteraciones que se hacen en la escritura y la lectura, que abandonan el “códice” tradicional para habitar en aquellos lectores electrónicos modernos, conectados a los datos ilimitados. El hipertexto fue la primera implicación de la obsolescencia formal de un ejemplar del libro mucho antes de que la cultura kindle redujera el precio de los libros de bolsillo en casi un 40%. La idea de contenido limitado frente a texto ilimitado en un entorno en red se impuso a la aislada —y tediosa— referencia cruzada. A pesar de la diversidad implícita de la cultura del libro, la forma claustrofóbica del libro presagiaba su estancamiento y la pregunta era cómo metabolizar esa forma hacia un renacimiento. La insatisfacción con el libro es anterior a la revolución digital, de hecho, se desarrolló junto con la industria de la impresión en masa, cuya explosión se presenció en la década de 1870, con un notable auge a finales del siglo XX. El poeta francés Stéphane Mallarmé (1842-1898) creía que el libro era un espectáculo de la materia. Este enfoque invitaba a la experimentación, especialmente con la maquetación tradicional (véase Mallarmé, 2018) y otras formas de decoro relacionadas con los libros. En 1920, uno de los miembros más destacados del movimiento dadaísta, Tristan Tzara, sugirió una receta para un poema perfecto, dejando su composición a la destrucción y la casualidad. Según Tzara, un poema debería surgir de un intercambio posible de palabras extraídas de su entorno impreso mediante la técnica del recorte y existir fuera del volumen tradicional. 

La instrucción de Tzara fue:


Toma un periódico. Toma unas tijeras y elige un artículo de cualquier longitud para realizar tu poema. Recorta el artículo para luego, cuidadosamente, recortar las palabras que lo componen y guárdalos en una bolsa. Agita suavemente. Después, saca cada recorte uno tras otro y copia meticulosamente y en el orden que salieron de la bolsa. El poema se parecerá a ti, y tú serás un autor infinitamente original, con una sensibilidad encantadora, aunque poco apreciado por la gente. (Tzara, 39)


En una forma similar, Brion Gysin radicalizó el enfoque de Tzara al extender esta fórmula a otros formatos impresos. Dice: “Elige un libro, cualquier libro y córtalo/ córtalo en pedazos/ poemas en prosa/ periodico/ revistas/ la biblia… corta la mitad en trozos/ según tu gusto…saboréalo como si estuviese caliente…arma una obra maestra a la semana…la máquina de escribir es para todos” (Gysin, 2015, 73-74)

Alex Danchev analiza acertadamente que “la figura del caníbal parece haber ejercido en el movimiento vanguardista” (219), y  ahora ejercita las mentes posmodernas, aún más y en mayor grado. Siguiendo a Tzara, Gysin, Burroughs y Acker, una nueva generación de diseccionadores de libros lleva la técnica del recorte a otro nivel. Junto a Dettmer, Nicholas Jones, un escultor de libros australiano apodado bibliópata, cuestiona el futuro de la palabra escrita tallando, rasgando, cortando, doblando, cosiendo y transformando los libros de maneras que retransplantan la imaginería dadaísta del libro con precisión avanzada: “Como un cirujano que examina y reorganiza el tejido corporal, armado con un bisturí, Jones reutiliza el tejido del libro —el papel— diseccionando libros no deseados, arrojando una nueva luz sobre los libros como un producto cotidiano” (Onderwater, 209). Esto es exactamente lo que preocupa a la nueva generación del canibalismo literario: el tejido.


Diseño Canibalístico

Las técnicas de recorte que describo aquí, pertenecen a lo que algunos teóricos culturales denominan «diseño caníbal». El diseño caníbal ocurre cuando las estéticas se devoran mutuamente y miran hacia atrás para especular sobre el futuro. Burroughs consideraba los recortes como una forma de adivinación. Oswald de Andrade, defensor del diseño caníbal, consideraba la adivinación como una conjunción de tradiciones a partir de las cuales la especulación diseña el futuro hacia su forma más veraz. En su «Manifiesto Caníbal» (1928), una obra que retoma el declive de las culturas originarias —en este caso, la brasileña—, de Andrade junta los modos de vida progresistas (modernos) y nativos (caníbales) para negociar la estética cultural frente al refinamiento cultural. Este último, ha considerado durante mucho tiempo al bárbaro lo suficientemente inculto como para erradicarlo casi por completo de la práctica cultural, de ahí —insinúa De Andrade—, surgieron el desencanto y la depresión, y nos separamos de los gestos sanos y espontáneos con los que habíamos navegado por los límites de nuestra experiencia creativa en relación con la experiencia de la vida. Esa experiencia creativa, antes de ser cultivada y refinada, había significado relaciones fluidas entre personas, objetos y significados. Esa fluidez se relaciona específicamente con el código de conducta en torno a los objetos, que era esencialmente sin código y esencialmente orgánico. 

La invitación de De Andrade al canibalismo es similar a la apelación posterior de Agamben a la prioridad de la vida desnuda: una vida en la que un hecho vital determina cómo se vive. Una «reinstalación» de tal condición significaría un (re)retorno y una (re)invención de muchas potencialidades operativas y para que esto suceda, tendríamos que desaprender el estilo de vida —y la creatividad— colonizado y canibalizar el refinamiento de nuestra existencia moderna. También tendríamos que adoptar una conciencia clara del refinamiento del salvajismo y del salvajismo de lo refinado, y vivirlo más allá de los dualismos fomentando una fusión de inspiraciones, modales, enfoques y estilos similares del primitivo caníbal: orgánico, intuitivo, instintivo, omniabarcante. Como explica de Andrade:

«Solo el canibalismo nos une. Socialmente, económicamente y filosóficamente. Ya teníamos la justicia como la codificación de la venganza. La ciencia como la codificación de la magia. Canibalismo. La transformación permanente del Tabú en un tótem: abajo el mundo reversible y contra las ideas objetivadas. Cadaverizado. Muerte y vida de todas las hipótesis […] Subsistencia. Experiencia. Canibalismo.» (38-40)

El espíritu del manifiesto de De Andrade perdura en el diseño moderno. Uno de los principales enfoques del diseño es descolonizar, es decir, canibalizar de nuevo los conceptos de construcción y expresión creativa. Un punto destacado al respecto se encuentra en el trabajo de Brandon Clifford sobre la arquitectura caníbal, presentado en The Cannibal’s Cookbook: Mining Myths of Cyclopean Constructions (2021). Un manifiesto en sí mismo, este libro retoma las formas primitivas de organizar el paisaje, o más específicamente, el Lebensraum moderno, para un diseño sostenible y una vida mejor. Lamentando las soluciones «concretas» en la arquitectura refinada, The Cannibal’s Cookbook señala los cambios indispensables para un futuro habitable y se inspira en el pasado para implementar la premisa del futuro. Mitad manual, mitad glosario, mitad guía práctica, este libro ofrece un recorrido por los antiguos métodos de construcción que parecen superar a nuestros materiales, soluciones y la comprensión contemporánea del edificio como un objeto. Ese objeto es ahora víctima de la obsolescencia constructiva y causa de devastación ambiental. Pero lo más importante es que compromete los enfoques civilizados que han perdido el contacto con su esencia en la búsqueda de la novedad y la modernización. El libro compensa esta pérdida reciclando el canibalismo arquitectónico de antaño en una metacrítica que reivindica la reutilización de materiales no reutilizables (por ejemplo los escombros). El canibalismo se entiende aquí como “el proceso por el cual los edificios se devoran entre sí en un suprareciclaje de materia” en “ciudades [que] viven en una resaca permanente de hormigón [y] se atiborran… inhalan cantidades gigantescas de hormigón y acero… purgan… eliminan cualquier estructura que se interponga en su camino” (Clifford 183, 25). La arquitectura caníbal sería entonces “una arquitectura situacional. Una arquitectura completamente no determinista, moldeable [y] confrontada con la posibilidad y la inmediatez de la respuesta formal, [arquitectura] que se flexiona y se relaja, que responde a lo que está justo frente a ella” (23). Sin dogmas ni restricciones.

El diseño caníbal se implica aquí como una dieta saludable de organización social. Al igual que la utopía caníbal oswaldiana, (re)instala la apropiación ecuménica de las cosas: objetos, cuerpos, ideas y actividades, y asegura su coexistencia no apropiada basada en la “experimentación”, el libre acceso y el reciclaje. Dicha coexistencia es complementaria (en lugar de eliminatoria).


Bibliografía:

Borsuk, Amaranth. 2018. The Book. Cambridge: MIT Press.

Buchan, Mark. 2001. “Food for Thought: Achilles and the Cyclops.” In Eating Their Words: Cannibalism and the Boundaries of Cultural Identity, edited by Kristen Guest, 11–34. New York: State University of New York Press.

Clifford, Brandon. 2021. The Cannibal’s Cookbook: Mining Myths of Cyclopean Constructions. Beijing: ORO Editions.

Danchev, Alex. 2011. 100 Artists’ Manifestos. New York: Penguin Books.

de Andrade, Oswald. 1991. “Cannibalist Manifesto.” Latin American Literary Review 19 (38): 38–47.

Dettmer, Brian. 2007. “Explanation of Book Dissection.” Artist’s former website. Last accessed in 2007.

Guest, Kristen. 2001. “Introduction: Cannibalism and the Boundaries of Identity.” In Eating Their Words: Cannibalism and the Boundaries of Cultural Identity, edited by Kristen Guest, 1–9. New York: State University of New York Press.

Gysin, Brion. 2015. Back in No Time: The Brion Gysin Reader. Middletown: Wesleyan University Press.

Houston, Keith. 2016. The Book: A Cover-to-Cover Exploration of the Most Powerful Object of Our Time. New York: W.W. Norton.

Jefferson, Thomas. 1830. Memoir, Correspondence and Miscellanies from the Papers of Thomas Jefferson. Boston: Grey and Bowen.

Kilgour, Maggie. 1990. From Communion to Cannibalism: An Anatomy of Metaphors of Incorporation. Princeton: Princeton University Press.

Kirschenbaum, Matthew. 2008. “Bookscapes: Modelling Books in Electronic Space.” Human-Computer Interaction Lab 25th Annual Symposium, 29 May 2008 [proceedings], no pagination.

Mallarmé, Stéphane. 2014. Selected Poetry and Prose. New York: A New Directions Book. ——. 2018. The Book. Cambridge: Exact Change.

Onderwater, Alexandra. 2011. Where They Create. Amsterdam: Frame Publishers.

Richards, Ivor Armstrong. 1926. Principles of Literary Criticism. New York: Harcourt, Brace and Company.

Sanday, Peggy Reeves. 1986. Cannibalism as a Cultural System. Cambridge: Cambridge University Press.

Twain, Mark. 2005. “Cannibalism in the Cars.” In The Complete Short Stories of Mark Twain. New York: Random House.

Tzara, Tristan. 1963. Seven Dada Manifestos and Lampisteries. London and New York: Calder.

van Amstel, Fredric, Caio A. Vassão, and Gonçalo B. Ferraz. 2011. “Design Livre: Cannibalistic Interaction Design.” In Innovation in Design Education: Proceedings of the Third International Forum of Design as a Process, 3–5 November 2011, Torino, Italy, edited by E.M. Formina, 442–456. Turín: Umberto Allemandi & C.