UTOPÍAS DEL TEXTO: PREFIGURACIONES DE LOS POSTLITERARIO  


Benjamin Noys (Universidad de Chichester)


 

Traducción: Daniela Gutiérrez


Quiero retomar lo que denomino las «utopías del texto». Esto se refiere a un momento ,en los que ya han pasado cincuenta años, del resurgimiento del texto como un momento utópico en la teoría y en particular se refiere al Mayo del ‘68 donde varios teóricos articularon lo que podría ser una utopía del texto. Encuentro esta etapa en Roland Barthes, Michel Foucault y Jacques Derrida, también en pensadores como Julia Kristeva (1984) y Jacques Lacan (2016) y en escritores/pensadores como Hélène Cixous (1976) y Philippe Sollers (1983), ocurriendo un verdadero “movimiento cultural” que encuentra en el texto algo subversivo de la “metafísica occidental” y de la cultura literaria existente [1]. Esto es manifiesto en revistas como Tel Quel (ffrench, 1995), Screen (Easthope, 1988), y revistas menos “conocidas” como Scription Rouge y en diversas prácticas artísticas y culturales. Mi objetivo aquí es reconstruir este momento como uno que se imaginó de forma equívoca e inquietante lo “postliterario”. Si bien las referencias a lo “postliterario” suelen relacionarse con nuevas formas tecnológicas, desde La Galaxia Gutenberg de Marshall McLuhan (1962) hasta los recientes debates sobre Snapchat (Naughton, 2017), a menudo describen lo postliterario como el retorno de lo oral, siendo que en realidad las utopías del texto tienen un efecto distinto y de manera simple, es el momento de la escritura que se excede y desborda de toda forma de delimitación. El “texto” o la “escritura” escapan al dominio de lo oral y aunque influido por la tecnología, también escapan a cualquier determinismo tecnológico (Derrida, 1982: 108). 

Mi interés sobre esto no es solo nostálgico, sino más bien es un interés en sondear las posibilidades actuales de lo postliterario mediante un retorno a este momento fugaz. Obviamente estas “utopías del texto” se articularon con distintos grados de sobriedad desde las audaces afirmaciones de Barthes hasta la cautela de Derrida, además, ninguno de estos escritores utilizó el término “utopías”, aunque Barthes sí consideró las utopías de Fourier (Barthes 1989: 77-120), mientras que Derrida se mantuvo opuesto a este término (Derrida 2008: 248-50). Comúnmente a esto se le ha denominado “postestructuralismo” (Belsey 2002), pero mi elección a “utopías del texto” busca mencionar algo del impulso radical de este momento que escapó incluso a sus profetas. Esto es evidente por el hecho de que las utopías del texto emergen en momentos finales de libros, ensayos o en fragmentos textuales. Estos son momentos lapidarios con momentos de fragmentación o condensación violenta de una caída repentina (Derrida 1988a) y tienen lugar en el límite de la escritura, en el momento del cierre y parecen representar una expansión repentina. El texto es una gran explosión, un desbordamiento o exceso repentino en el que, usando las palabras de Derrida: “el texto desborda todos los límites que se le asignan” (1979: 84). Estos momentos ocurren en el borde o en el límite de un discurso [2].

Reflexionando retrospectivamente sobre esto, Jacques Derrida comentó sobre el desplazamiento del habla por un nuevo concepto de escritura: 

Este tipo de sustitución de la escritura por el habla —alrededor de 1970— merece su propia historia y no se limita a Lacan. Ponge me dijo un día con una sonrisa que estaba releyendo sus textos para ver si no había cedido demasiado al fonocentrismo y si podía reemplazar el habla por la escritura sin causar demasiado daño. Roger Laporte elaboró ​​una lista que me pareció tan esclarecedora como despiadada de todos los lugares donde durante esos mismos años, nuestro amigo Maurice Blanchot, al reeditar sus antiguos textos en recopilaciones simplemente había sustituido “habla” por “escritura”. (1998: 61) 

Indudablemente no estoy escribiendo esa historia, pero quiero tomar una medida inicial de esa etapa, su relación con su contexto político-cultural y cómo podríamos releer o regresar hoy a este periodo. Mi objetivo no es restablecer una utopía perdida sino evaluar críticamente el destino de este instante utópico a medida que las utopías del texto han desbordado su momento temporal y se han insertado en nuevos contextos. Espero que esta microhistoria nos diga algo de ese momento y del nuestro. 


Liberando el texto 

Con Barthes, el texto desbordante excede toda su obra a finales de la década de 1960, haciéndose sentir en todas partes. Al mismo tiempo, los textos suelen ser fragmentados en la forma, como si hubieran sido arrastrados por la marea o deliberadamente dejados permeables a los flujos de textos que los atraviesan. Es bien conocido —hasta el punto de caer en el cliché—, que Barthes abraza el exceso del texto y su utopía como una superación de los límites impuestos por el autor y otras funciones de contención como la “obra”, el significado, plaisir, etc. (Barthes 1977: 155-164; Barthes 1975). En La muerte del autor, Barthes escribe: “Ahora sabemos que un texto no es una línea de palabras que emite un único significado ‘teológico’ —el ‘mensaje’ del Dios-Autor—, sino un espacio multidimensional en el que varios escritos, ninguno de ellos original, se mezclan y chocan” (1977: 146). Reiterado hasta el punto de resultar un cliché, esto sigue siendo una declaración de la utopía del texto como momento de libertad más allá de la determinación del autor. Este es el momento de la escritura como el momento de lo postliterario: 

Precisamente la literatura (de ahora en adelante sería mejor decir escritura) al negarse a asignar un “secreto”, un significado último al texto (y al mundo como texto), libera lo que podría llamarse una actividad antiteológica, una actividad verdaderamente revolucionaria, ya que negarse a fijar el significado es en definitiva rechazar a Dios y sus hipóstasis: la razón, la ciencia, la ley. (Barthes, 1977: 147) 

El texto excede toda forma de determinación, a pesar de la ironía de que Barthes vuelva al texto para el lector al final de su intervención “Sabemos que para dar a la escritura un futuro, es necesario derribar el mito: el nacimiento del lector debe ser a costa de la muerte del Autor” (Barthes, 1977: 148). 

La insistencia de Barthes sobre la noción de “texto” rompería ese extraño momento en el que todo se abandona excepto al lector: “la unidad de un texto no reside en su origen, sino en su destino” (Barthes, 1977: 148), incluso hacia ese punto el “lector” tendía a lo “impersonal” pero con el movimiento “de la obra al texto” (Barthes, 1977: 155-164) y entraríamos de lleno en la utopía del texto. De hecho, en su consideración posterior de las utopías textuales (Sade, Fourier, Loyola), Barthes sugeriría que el texto está más allá de la utopía: “el texto libera una felicidad, desvincula el texto de las garantías y desplaza la utopía” (1989: 9). Desde este límite, la utopía como “no-lugar” —o como las construcciones biopolíticas de Sade, Fourier y Loyola— se construye a través del texto pero este desborda incluso esta delimitación. “Fourier predijo que con la realización de la utopía, los mares se transformarían en limonada” (Barthes, 1989: 117), y en Barthes, estos mares de limonada se convierten en los mares del significante, sin un fin ni un límite. 

En otro momento del desplazamiento del autor, al final de ¿Qué es un autor? (1969), Foucault hace una predicción que evoca la conclusión de Las palabras y las cosas en la que “se puede apostar con certeza que el hombre sería borrado como un rostro dibujado en la arena al borde del mar” (1974: 387). Si el “hombre” ha de ser borrado también lo será esa otra figura del hombre: el autor. Está surgiendo un nuevo régimen en el que los discursos se “desarrollarían en el anonimato de un murmullo” (1984: 119) y reinaría una nueva indiferencia como parafrasea Foucault a Beckett en Textos para nada (Beckett 1986: 78)  sin atribución apropiada: «¿Qué importa quién habla?» (Foucault, 1974: 120). 

Aquí existe mesura, ya que Foucault sugiere que estamos experimentando un cambio en el que «la ficción y sus textos polisémicos volverán a funcionar de otra manera, pero aún con un sistema de restricciones» (1984: 119). El fin de la era del sujeto y por ende del autor no marcaría el comienzo de una nueva era desenfrenada sino más bien de un nuevo «sistema de restricciones», pero entonces ¿qué utopía habría sido sin su propio plan detallado y reglas de restricción? La Utopía de Tomás Moro, para usar otros términos de Foucault, es una sociedad biopolítica y una «sociedad de vigilancia». En un estilo panóptico genuino, la Utopía de Moro será un lugar donde “todos te tienen en la mira, así que prácticamente estás obligado a dedicarte a tu trabajo y a aprovechar al máximo tu tiempo libre” (1965: 84). Cabe destacar que la utopía de Moro es una utopía textual particular y peculiar, una máquina de escritura que busca generar efectos educativos (Abensour, 2017), de igual manera que el falansterio fourieriano, dedicado al placer, que es una institución biopolítica con sus propias regulaciones y estructura. Si bien Foucault es más cauto que Barthes y pronto desviaría su obra hacia las investigaciones históricas sobre la biopolítica que dominan su recepción actual, en este momento una utopía del texto surge fugazmente en la obra de Foucault. 

Al final de la introducción a La arqueología del saber, Foucault comenta: 

Sin duda no soy el único que escribe para no tener rostro. No me pregunten quién soy ni me pidan que siga siendo el mismo: dejen que nuestros funcionarios y nuestra policía se encarguen de que nuestros papeles estén en orden. Al menos, ahórrenos su moralidad al escribir. (2002: 19)

En una entrevista anónima titulada “El filósofo enmascarado”, Foucault hace otra recomendación: 

Propongo un juego: el del “año sin nombre”. Es decir que durante un año los libros se publicarían sin el nombre de sus autores y los críticos tendrían que lidiar con una masa de libros completamente anónimos. Pero, ahora que lo pienso, es posible que no tendrían nada que hacer: todos los autores esperarían hasta el año siguiente para publicar sus libros… (1988: 324) 

Por supuesto que es irónico que Foucault sea mencionado constantemente como el académico más citado en las ciencias sociales y las humanidades. Anonimato, la desaparición; la república de las letras como una república sin autores, son otros signos de la utopía del texto que se sitúan junto a la sugerencia utópica de Foucault de un futuro dominado por los “actos sexuales” en lugar de las “identidades sexuales” (Foucault, 1988: 286-303).

De todos los pensadores que analizaré, Derrida es, como he señalado, el más prudente en cuanto a las utopías del texto. El desarrollo de la escritura como una forma no sujeta a la oposición metafísica del habla a la escritura —una forma de archiescritura o huella—, tampoco fue el aviso de una nueva era. En “Estructura, signo y juego”, se ofrece una aparente elección entre un pensamiento “triste, negativo, nostálgico [y] culpable” de origen ausente, o “la feliz afirmación del juego del mundo y de la inocencia del devenir como una afirmación de un mundo de signos sin culpa, sin verdad y sin origen” (1978: 292), para que luego Derrida añadiera cuidadosamente: “No creo que hoy se trate de elegir” (1978: 293). Si creyéramos que hemos entrado en la época del “libre juego del significante” como muchos creían, es porque estarían equivocados, ya que el anuncio nietzscheano de la ruptura de las tablas de la ley no puede separarse de la nostalgia y la culpa.

Sin embargo, este ensayo concluye con otra nota: Derrida no es inmune a ese “tono apocalíptico” que más adelante analizaría con tanta astucia (Derrida, 1984) ya que hay quienes “desvían la mirada ante lo indomable que se produce a sí mismo y que solo puede hacerlo, como es necesario, cuando un nacimiento se avecina bajo el signo de la no especie, en la forma informe, muda, infantil y aterradora de la monstruosidad” (1978: 293). La “bestia áspera” de la différance se arrastra hacia Belén (Yeats, 1994: 235). 

Esta “bestia áspera” también emerge al final de otro texto de Derrida: “Tal différance nos haría pensar de nuevo en una escritura sin presencia ni ausencia, sin historia, sin causa, sin archia, sin telos, una escritura que trastorna absolutamente toda dialéctica, toda teología, toda teleología y toda ontología» (1982: 67). La promesa de la différance parece ser la de la utopía del texto que no podemos elegir.

Al final de “Los fines del hombre”, Derrida pregunta: “¿Existe una economía de la víspera?” (1982: 136). Por supuesto que en obras posteriores Derrida enfatiza la vinculación y la restricción de la economía (Derrida, 1986), así como el momento de la “aneconomía libidinal” que emerge a través y con la economía (Derrida, 1992), y si bien aquí hay moderación y limitación, la tensión entre estos dos momentos amenaza con dividirse en una antinomia entre el texto como monstruoso, futuro o como “totalmente Otro” (Derrida, 1995), siendo el texto un sistema de infinitas diferencias (Badiou, 2001: 25). 

Aquí, la utopía del texto corre el riesgo o incluso la tentación de caer en la banalidad, al tiempo que se aferra a lo que Badiou llama “un punto de fuga” que surge de “un dispositivo de escritura acéfala” (2009: 545;). [3] Esto es para Badiou una escisión “entre la prosa más abiertamente literaria y la conceptualidad filosófica más dura cuyo emblema es el binomio Genet/Hegel en Glas” (2009: 545). Esta escisión —ya sea amenazada o real—, provoca la tensión de una economía que intenta limitar o restringir el texto desbordante, al mismo tiempo que permite que ese desbordamiento estructure el momento de las utopías del texto. 

Estas utopías del texto no deben confundirse con las utopías del lenguaje, la ruptura de la escritura es, como dice Derrida, la ruptura con el “logocentrismo” del lenguaje (Derrida, 1974), por lo tanto, se trata de las utopías del texto en Barthes (1974: 155-164), del discurso en Foucault (2002) y de la huella en Derrida (2016: 25). Aquí las utopías del texto abordan lo “postliterario” como algo que no puede ser sostenido por el lenguaje, sin que al mismo tiempo coincida simplemente con lo oral, lo tecnológico o alguna otra forma de escritura, sin embargo, como he sugerido, siguen siendo muy inestables y propensas a caer en la banalidad del mundo tal como es. 

Estos anuncios tan inquietantes en ese momento y desde entonces, pueden simplemente volverse consonantes con la “cultura” o simplemente con el mundo distribuido tal como lo encontramos o con las cosas tal como son. [4] Pronto volveré a este problema.


Las calles se han despertado. 

La “liberación del significante” barthesiano (Barthes, 1973: 9) y de todas las demás utopías del texto, encontraron sus raíces y confirmación en la liberación del lenguaje ocasionada por mayo del ‘68 y posteriormente. En 1968, Barthes (1986: 140) argumentó que “el discurso estudiantil se desbordó de tal manera —derramándose por todas partes, escrito por todas partes—, que se podría definir superficialmente pero también esencialmente la revuelta universitaria como una Toma de la palabra (Toma de la Bastilla)” (véase también De Certeau, 1997: 11). Actualmente el discurso y la escritura emergen como públicos anónimos y omnipresentes, especialmente en la forma postliteraria de eslóganes y graffitis. Es en este momento y a raíz de él, que las utopías del texto adquirieron un efecto radical, una promesa que no es solo “textual” sino también política. 

Los viejos sueños de la vanguardia de finales del siglo XIX —Lautréamont “El plagio es necesario. Está implícito en la idea de progreso” (1988: 274); las “revueltas lógicas” de Rimbaud (2009: 309); el “libro” de Mallarmé, “brillante como un diamante tallado” (Rancière 2011: 79), se materializaron en las calles. Las calles como comprendió Maurice Blanchot, son el escenario de esta utopía: “Las calles se han despertado: hablan” (2010: 91). La calle es el lugar de la “palabra soberana”, el lugar para ser libre y “hacer que algo suceda” (2010: 91).

Son los textos y comunicados de Blanchot en Mayo del ‘68 los que dejan claro el vínculo entre las utopías del texto y las formas de escritura postliteraria y paraliteraria que surgieron en ese entonces. En una serie de escritos para el Comité de Acción de Estudiantes-Escritores y el Comité de Revisión de ese año, Blanchot explora una nueva forma de escritura:

El libro no ha desaparecido, esto es conocido. Sin embargo, podemos decir que todo aquello que en la historia de nuestra cultura y en la historia en general, incesantemente se destina la escritura no al libro sino a la ausencia del libro, anunciando la conmoción al prepararla. Seguirá habiendo libros y lo que es peor, libros hermosos. Pero la escritura mural, este modo que no es ni inscripción ni enunciación, los panfletos que se distribuyen apresuradamente en las calles y que son la manifestación de la prisa callejera, los carteles que no necesitan ser leídos sino que son como un desafío a toda ley, las palabras del desorden, el discurso fuera del discurso que marca nuestros pasos, los gritos políticos y boletines por docenas, como este, es todo lo que perturba, llama, amenaza y finalmente cuestiona sin esperar respuesta, sin descansar en la certeza, nunca lo cerraremos en un libro, que incluso abierto tiende al cierre, una forma refinada de opresión. (2010: 94-5)

Observamos el surgimiento de una serie de formas que abandonan el libro: murales, panfletos, carteles, gritos políticos, boletines y podríamos añadir eslóganes (Mieszkowski 2016) y grafitis, en palabras de Norman Mailer: “Tu presencia en su presencia[…]”. “[…] colgando tu alias en su escena” (citado en Hebdige, 1987: 3).

Las utopías de la escritura anunciadas a menudo en los libros pero también en los libros fragmentarios, en los márgenes de los textos y en “libros” compuestos por otros textos (como en el caso de las obras de Derrida), surgieron de “folletos, carteles, boletines, palabras de la calle, palabras infinitas” que “como las palabras en la pared,[…] se escriben en la inseguridad, se reciben bajo amenaza, llevan consigo el peligro y luego pasan por el transeúnte que las transmite, las pierde o las olvida” (Blanchot, 2010: 95). Aquí las utopías del texto se vinculan a lo postliterario, pero como hemos visto en una serie de textos o modos, no se adaptan fácilmente a las oposiciones de habla/escritura o texto/imagen. Esta podría ser la razón por la que en el graffiti de King Mob de finales de la década de 1960, vemos la referencia a William Blake como otra figura “política” del “arte compuesto” postliterario (Cooper 2017: 133-135). Lo político y la ruptura de las fronteras del lenguaje, de lo literario y lo postliterario, son lo que configuran estas “utopías del texto”. 

Fredric Jameson escribió en la década de 1960 la experiencia de “la aventura del signo” (1984: 194-201), una aventura que he reconstruido parcialmente aquí. Para Jameson esta aventura no es simplemente un repliegue idealista en el signo o significante, sino más bien un proceso comprometido de revolución cultural, incluso si dicha revolución encuentra entonces su propio límite:

Los años ‘60 fueron en ese sentido, una inmensa e inflacionaria emisión de crédito superestructural, un abandono universal del patrón oro referencial y una extraordinaria impresión de significantes cada vez más devaluados. Al  final de los años 60, con la crisis económica mundial, todas las viejas facturas de infraestructura volvieron a vencer, y los años ‘80 se caracterizarán por un esfuerzo a escala mundial, por proletarizar todas esas fuerzas sociales desatadas que dieron a los años 60 su energía, mediante una extensión de la lucha de clases. En otras palabras, hasta los confines más remotos del planeta, así como hasta las configuraciones más minúsculas de las instituciones locales (como el sistema universitario). (1984: 208)

Para Jameson, la década de 1980 se caracterizaría por una “proletarización” de las fuerzas radicales. Hoy, podríamos sentirnos tentados a hablar de la atomización de dichas fuerzas, pero los proyectos de subversión textual parecen haber llegado definitivamente a su fin, eclipsados ​​en nuestro momento de crisis y dominación capitalista.



Distopías del texto

El hecho ocurrido en mayo del ‘68 pareció impulsar las utopías del texto, ¿qué podría explicar entonces su desvanecimiento? Sin duda alguna, podríamos sugerir que el desvanecimiento de las utopías del texto tiene algo que ver con el desvanecimiento del mayo del ‘68, ya cincuenta años después. De hecho, el vínculo entre mayo del ‘68 y el surgimiento de la escritura “alrededor de 1970” a menudo se ha acentuado negativamente. Lejos de ser utopías del texto, estas utopías como tantas otras se han convertido fácilmente en distopías del texto. Este cambio se lleva a cabo en una serie de formas superpuestas a medida que se acumulan las acusaciones críticas contra estas utopías del texto: recuperación, oscurecimiento, mimetismo y obsolescencia. Si bien las analizaré por separado, es fácil ver cómo se entrelazan.

Lo primero es la recuperación: las utopías del texto absorben las utopías de la calle y las reorganizan como utopías del aula. Son “síntomas de derrota política” (Eagleton, 1996: 19;). Invirtiendo la aprobación de Blanchot sobre su propio trabajo teórico, tal como se materializó en mayo del ‘68, ahora esta “realización” se transforma en una domesticación de las energías insurgentes en formas respetables. Iain Sinclair ha señalado, en términos de la cultura material de la contracultura de la década de 1960, que los lineamientos de este proceso:

Toma 20 años para que las efusiones grapadas del samizdat que todos tienen y nadie quiere, se conviertan en preciadas rarezas que nadie tiene y todos desean. Es tiempo suficiente para que mueran los profetas y gladiadores originales. Los capitalistas de las materias primas ya estarán guardando las primeras ediciones de estas hojas de odio destrozadas en frascos de almacenamiento como futuros baratos e inversiones sin riesgo. (Sinclair 1992)

Por esto, las utopías del texto serían algo diferente, una extraña preservación de energías, una envoltura plástica que genera un escalofrío político a costa de la sustancia política. [5]

Esta acusación de utopías del texto como síntomas de derrota política y efectos de recuperación, fácilmente se desliza hacia la siguiente acusación: las utopías del texto oscurecen los procesos políticos. Donna Haraway en su Manifiesto Cyborg, resumió con precisión la acusación distópica contra las utopías del texto: “La textualización de todo en la teoría postestructuralista y postmodernista ha sido criticada por marxistas y feministas-socialistas por su indiferencia utópica hacia las relaciones de dominación vividas que fundamentan el ‘juego’ de la lectura injustificada” (Haraway, 2016: 12). Esta “indiferencia utópica” hacia lo político convierte estas utopías en distopías de juego que se instauran como espacios de privilegio sobre las limitaciones del sufrimiento material.

Peor aún es la siguiente acusación: la de mimetismo. Las utopías del texto no solo disfrazan las relaciones de poder sino que también constituyen un espejo de esas relaciones, no tanto como un “espejo de la producción” como lo expresó Baudrillard (1975), sino un “espejo de la especulación”. Si bien las utopías del texto podrían haber surgido alrededor de 1970, poco tiempo después presenciaríamos los inicios del dominio de las finanzas especulativas y el “capital ficticio” con todos sus instrumentos abstractos de colonización del futuro (Durand, 2017). Esto no se considera coincidente con el libre juego del significante como predictivo o imitador del mundo flotante del capital financiero especulativo (Goux 1988: 23). Aquí, la distopía de abstracciones financieras móviles y mortales se celebra como la utopía del juego textual (Goux 1990). 

Por último, la última vuelta de tuerca es la obsolescencia. Ahora las utopías del texto parecen no tanto malignas sino agotadas. Los eslóganes se desvanecen, al igual que los eslóganes políticos que infundieron energía a ese momento. Iain Sinclair escribe en 1992, sobre una visita a Stonebridge Estate en Haggerston: 

Riachuelos de tuberías rotas. Lianas tintineantes silenciaban la caligrafía desafiante que desfiguraba estos muros. Eslóganes monstruosos en braille dirigidos a los ciegos voluntarios. Demandas, quejas, maldiciones. Esta no fue la obra de un aquelarre de anarquistas de la guerra de clases, sino la frenética carta de un mensaje en una botella de seres humanos al límite de sus fuerzas: exiliados abandonados a quienes no les quedaba nada más que colaborar con la masonería que los mantenía prisioneros. El mensaje que transmitían las viviendas era simple: “derríbennos”. Las letras blancas eran una nota de suicidio. (Sinclair, 1992)

Independiente de si confiamos en la interpretación de Sinclair, aquí los eslóganes se transforman en momentos de energía política a expresiones desesperadas de agotamiento.

Las utopías del texto no existen solo desde la cúspide de la financiarización, sino también en la cúspide —vinculada a ella—, de la “larga recesión” (Brenner, 2006), que como ha argumentado con énfasis Sarah Brouillette (2017), ha socavado las condiciones para una sociedad centrada en lo literario. El período de posguerra del fordismo y el desarrollo nacional fue la época del “trabajo asalariado, la educación pública y la alfabetización masiva” y según Brouillette, “muchas/cualquier cosa[s] necesaria[s] para el desarrollo de la disposición específicamente literaria están cada vez menos disponible[s]” (2017). [6] En esta situación “los estudiantes informan que es difícil identificarse con libros literarios y la presión sobre los profesores para que cubran materias con parámetros y resultados de aprendizaje claros ha aumentado” (Brouillette, 2017). Mark Fisher ha distinguido esta condición no como postliterario, sino de poslexia o posalfabetizado (2009: 25). Fisher cita a Deleuze y Guattari: “Escribir nunca ha sido cosa del capitalismo ya que el capitalismo es profundamente analfabeto” (Fisher, 2009: 25; Deleuze y Guattari, 1983: 240). El surgimiento de lo postliterario no sellaría el triunfo de lo tecnológico ni el regreso de lo oral, ni ningún otro desarrollo autónomo, sino la crisis de un conjunto de condiciones que ahora han caído en la era de la austeridad y el resurgimiento del neoliberalismo.(Mirowski 2014). La pérdida de atractivo de las utopías del texto no serían una señal de moda o de debilidad intelectual, sino que más bien sería un deslizamiento entre el momento y las circunstancias. Si la financiarización, que surge como respuesta a la larga recesión, es la señal de un “otoño del sistema” (Clover 2011), entonces las utopías del texto habrían sido las señales del fin del verano. El momento en que “cuando lujuriosamente se ama meditar el dulce reflexionar de la primavera, / el pensamiento juvenil con tales sueños altos / está más cerca del cielo”, da paso al momento de “dejar que las cosas bellas pasen desapercibidas como una rivera en el umbral” (Keats 1988: 232). Incluso el graffiti político en nuestro presente ya parece albergar cierto agotamiento. El Comité Invisible, en el libro A nuestros amigos, señala que “la época haya incluso comenzado a segregar sus propios lugares comunes; empezando por ese ‘All Cops Are Bastards’ (ACAB) con el que ahora una extraña internacional, tras cada embestida de revuelta, salpica los muros de las ciudades, tanto en El Cairo como en Estambul, tanto en Roma como en París o Río. (2014: 12). Es así que las utopías del texto, bajo este ataque combinado pueden haberse desvanecido o quedado obsoletas, pero también siguen encerrando algo de un pasado no realizado. El elemento utópico emerge hoy de este inquietante fracaso, de esta obsolescencia, que podría no solo señalar el fin de la utopía, sino una situación en la que algo permanece disruptivo por ser impensado. Recordemos la afirmación de Adorno en relación con la filosofía: “La filosofía que una vez pareció obsoleta, sigue viva porque se perdió el momento de comprenderla” (1973: 3).


Conclusión 

Jorge Luis Borges comenta que “el universo (al que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido y quizás infinito de galerías hexagonales con vastos conductos de ventilación entre ellas, rodeadas de barandillas muy bajas”, en su relato de 1941 “La Biblioteca de Babel” (1970: 78). A Borges se le suele asociar con la celebración de la utopía del texto (Derrida 1993: 84-5; Foucault 1974: xv), pero sus escritos sugieren algo de la inquietante situación de esas utopías en la actualidad. En “La Biblioteca de Babel”, el universo como biblioteca está lleno de libros que pueden ser absurdos, que se superponen y que conducen al incremento de herejías. Un grupo de “impíos” hablan de la “Biblioteca febril cuyos volúmenes aleatorios corren constantemente el riesgo de transformarse en otros y afirmar, negar y confundir todo como una divinidad delirante” (1970: 84). La noción de “biblioteca febril” recuerda la sugerencia de Barthes de que el texto se llame “Legión”, “pues somos muchos” y que el “plural es malo” para nuestras culturas monoteístas (Barthes, 1977: 160). Es por esto, que la coincidencia de la biblioteca con el universo evoca la arquitectura de las “cárceles imaginarias” de Piranesi. En un ensayo sobre Don Quijote —al analizar el efecto de la puesta en abismo [mise en abyme]—, Borges concluye: “En 1833, Carlyle observó que la historia del universo es un libro sagrado infinito que todos los hombres escriben, leen e intentan comprender, y en el que también están escritos” (1970: 231). Aquí, la utopía activa y productiva del texto se convierte en un espacio pasivo de inscripción y escritura que determina nuestro destino como meros títeres del texto. 

Esto parece una solución melancólica, junto con la sugerencia de Adorno del momento perdido y extrañamente antitético al momento alegre de las utopías del texto, si no a su destino posterior. Ciertamente, no me interesa adoptar un tono melancólico aunque tampoco a un tono alegre y afirmativo (Noys 2010), en cambio, quiero concluir con una nota que sugiere que estas utopías del texto aún importan. Volviendo al estudio de Donna Haraway de la duda sobre la efectividad de las utopías del texto —en una nota al pie relacionada—, ella registra cierta congruencia. Escribe en 1985 que nuestro momento político cambiante, es uno de “tecnocharla” y “el lenguaje de los sustantivos empalmados” de los nombres corporativos (Haraway 2016: 70, n. 5). Bajo esta situación: “Si estamos aprisionados por el lenguaje, escapar de esa prisión requiere poetas del lenguaje —una especie de enzima de restricción cultural— para descifrar el código. La heteroglosia cyborg es una forma de política cultural radical” (Haraway, 2016: 70, n. 5). Haraway también sugiere que el lenguaje podría ser tanto una cura como un veneno, haciendo eco del análisis de Derrida sobre la escritura como pharmakon (Derrida, 1993: 95-117). [7]

Si bien Paolo Virno puede exagerar la situación contemporánea como un “proceso productivo basado directamente en el poder del pensamiento verbal” (2008: 11), sin duda el lenguaje y la escritura siguen siendo importantes por las formas en que se pueden expresar las abstracciones del presente. Como insistió Marx, tanto en su primera etapa como en la última, existe un “lenguaje de la mercancía” que es “el lenguaje que nuestras posesiones usan juntas” (Marx, 1975: 276; véase también Marx, 1991: 143-144; Hamacher, 2008; Derrida, 1994: 157-158). Es este “lenguaje”, el lenguaje del valor, un “lenguaje” complicadamente ligado a lo “material” (Godden y Szalay, 2014) y como sugirió Werner Hamacher (2008) en este caso, el “lenguaje” no solo habla en nombre de la mercancía, sino también, potencialmente en exceso de este valor de intercambio. En este sentido, las utopías del texto aún resisten una utopía y la “postliteratura” se acentúan en su capacidad de desafiar y romper con este lenguaje de “sustantivos empalmados” y valor flotante (Noys, 2017).

Melancolía o afirmación, distopía o utopía podrían volverse obsoletas pero de una manera que nuestro presente no ha desgastado. Si las calles siguen despertando solo para volver a dormir, tal vez los sueños de estas calles sigan siendo un lenguaje que podríamos descifrar hoy.


Notas: 

[1] Si bien este es un fenómeno francés, también podríamos considerar una utopía más moderada, articulada en forma de discurso y en la esfera pública por Jürgen Habermas durante la década de 1960 (Habermas, 1989; Habermas, 1991; Negt y Kluge, 2016). Fredric Jameson explica: “Que el paradigma —aunque obviamente francés en sus referencias, no es meramente local—, puede juzgarse a partir de una mutación análoga de la Escuela de Frankfurt clásica, a través de los problemas de comunicación, en la obra de Habermas o por el actual resurgimiento del pragmatismo en la obra de Richard Rorty que tiene un aire «postestructuralista» estadounidense (Peirce, después de todo, precedió y superó ampliamente a Saussure) (1984: 187).

[2]  Esto también abriría la reflexión sobre el género del texto a través del pensamiento del labio o borde y mediante la “écriture féminine” (Irigaray 1985; Cixous 1976; Derrida 1980; Derrida 1988b).

[3] Badiou determinará matemáticamente el procedimiento de Derrida como la búsqueda de lo “inexistente” (2009: 545).

[4] Delimitado de una manera más crítica, este es también el momento de los estudios culturales que en parte giran en torno al desafío de expandir o transgredir lo literario a través de “prácticas significativas” (Hebdige 1987; Easthope 1991; Belsey 1980).

[5] Vale la pena señalar que Derrida expresó considerables dudas políticas sobre el “espontaneísmo” del Mayo del 68 y a menudo en términos impecablemente leninistas (Smith 2009).

[6] La consideración de las tensiones de clase en el momento de la socialdemocracia y su crisis se puede encontrar en el ingenioso mapeo de Francis Mulhern de las novelas sobre la «condición de la cultura» en Gran Bretaña a lo largo de los siglos XX y XXI (Mulhern, 2016: véase también Noys, 2018a).

[7] Sobre las posibilidades paradójicas del lenguaje en nuestro momento antilenguaje, véase Noys 2018b.


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