OSCURIDAD SIN CENTRO
El artefacto – Germán Sierra (De Conatus, 2020)
Patricio Uribe
La ciencia era para ella el único sistema de reglas que quedaba capaz de mantener unidos a los humanos en un espacio racional atópico pero referencial mientras ellos se divertían soñando con sus cuerpos. Pero si la ciencia también estaba rota –y parecía estarlo–, el escudo invisible de energía que cubría la piel humana se estaba viniendo abajo.
Physis y tekhné, natural y artificial, cuerpo y lenguaje: lo humano se constituye en esa diferencia, en el intento de suturar esa diferencia, sin residuos. El nombre de esa sutura es “significado”: el lenguaje como necesaria mediación que permite que el cuerpo se dé alcance a sí mismo, que se autoidentifique.
Pero esa búsqueda de una supuesta autoidentificación implica un autoextrañamiento, un residuo que nunca puede ser integrado. Pero debe ser integrado. Entonces surge otra diferencia: lo que está del lado de acá es significado, información, lo que está del lado de allá es ruido, por lo tanto descartable.
Lo que oyes cuando escuchas sus grabaciones son por tanto las frecuencias resonantes naturales de la sala articuladas por el habla. Él consideraba esta actividad no tanto la demostración de un hecho físico, sino más bien una forma de pulir cualquier irregularidad que pudiera tener su habla.
No hay escritura natural. O más bien, esta es una proyección lineal, la más burda de todas, la primera capa de una escritura espectral en la que el ruido como residuo no se escinde, sino que se va desplazando. El significado como superposición de espectros de ruido.
Frecuencias resonantes en el espectro visible de la realidad oscilatoria. Los objetos no paran de gritar. Gritar es la naturaleza de las cosas. Lo llamamos silencio porque esas vibraciones inquietantes nos resultan asombrosamente inaudibles.
Tras la primera capa de correspondencias de la escritura natural se superponen capas de linealización, de correspondencias de nivel superior. El ruido pareciera integrarse a través de los sucesivos espectros. Sin embargo, falla la reducción. La linealización se torsiona y deviene plano.
¿Acaso había existido alguna vez? ¿Acaso las cosas desaparecen o simplemente se les superponen otras nuevas? Podemos imaginar una realidad amontonada en la que los objetos y los momentos se apilan los unos sobre los otros de tal manera que nada desaparece, todo queda atrapado en capas profundas e inalcanzables, cubierto a base de añadir perpetuamente estratos nuevos.
Espectros ya no lineales, ya no establecimiento de correspondencias, correlaciones, sino espectros planos, composición de escritura que ya no desplaza el residuo, sino que lo articula. Desplazamiento desde la trascendencia del referente a la inmanencia de la estructura. No como una marca de supuesta autonomización, sino como un desplazamiento del referente como supuesto representante del afuera.
Se convirtió en representación somatogeográfica del laberinto que había trazado una vez. Su cuerpo absorbió el mapa, lo convirtió en hormonas y anémonas, fue secretamente cortado en forma de masa de datos por las runas olvidadas de la experimentación aleatoria.
Sucesión de espectros planos de cada vez mayor grado de composición. Inmanentización del ruido, absorción estructural. Pero el residuo del ruido no puede absorberse, ni siquiera como complejidad. Falla de la composición, la estructura se tuerce, el plano se muestra curva, desplazamiento hacia el caos.
Juegos generativos que están reescribiendo continuamente sus propias reglas. No performativos, no orientados a metas, sin forma de alcanzar nada. Ni siquiera hay forma de concebir ningún logro.
Todos los senderos llevan simplemente a la siguiente bifurcación, pero nunca a un final.
Espectro curvo: desestructuración, descomposición, espacio de deformaciones. Desintegración de la inmanencia, pero sin un retorno a la trascendencia del referente, profundización de la desintegración. Escritura deformada, ruido distorsionante.
Un proceso n-dimensional que se muestra a modo de segundo espacio tridimensional superpuesto y que late en nuestro mundo de fenómenos como si fuera un fallo técnico.
Superposición recursiva de espectros curvos, de grado cada vez mayor, deformaciones de deformaciones. Hasta que se llega al límite, singularidad a la que se aproximan infinitamente las deformaciones sucesivas pero sin nunca alcanzarla. No hay espacio que elimine el residuo de ruido: el residuo se desplaza hacia el límite, el borde que determina el espacio de la propia escritura.
Una criatura metasticiosa que puede auto-ensamblarse en las condiciones adecuadas a partir del material base conveniente y luego no reproducirse sino expandirse, ocupar, amplificar y dispersar eso que llamaríamos “oscuridad” porque desde nuestro punto de vista es un exterior que se infiltra.
El significado como superposición de espectros de ruido está limitado, determinado por el borde, sin poder acceder a él. Relación asimétrica. Pero el borde no es significado, no es ruido, no es escritura espectral. Es la escritura oscura de la que los residuos no son más que una proyección en negativo. No hay núcleo, no hay centro, solo desplazamiento de la escritura hacia lo inhumano, hacia su propia extinción.
Hasta que la oscuridad, de forma imperceptible, invade y consume toda la materia conocida y toda la energía conocida del universo conocido, metabolizándola en forma de la materia oscura del desconocimiento. Un demonio que acecha en el silencio que hay detrás del ruido de la vida.