LO INHUMANO

Por: Katerina Kolozova

Traducción: Jason Andrey Bonilla



Publicado en Posthuman Glossary, ed. Rosi Braidotti y Maria Hlavajova (Bloomsbury Publishing, 2018)

Donna Haraway radicalizó la tesis postestructuralista de lo humano como construcción llevándola a su díada constitutiva de lo orgánico y lo tecnológico, o del cuerpo y el lenguaje. La díada se afirma en su irreconciliabilidad radical, sin el deseo ni la tendencia a resolverse en una síntesis o en una subsunción jerárquica. Como resultado de esta afirmación radical de la díada, surge un resto innombrable que nos sigue invitando a comprenderlo y domesticarlo a través del significado: lo inhumano. 

Lo inhumano es una idea muy cercana al concepto laruelleano de lo «humano-inhumano», o a lo que denominaré aquí lo «no-humano»: es no-humano en la medida en que es no-humanista y, más radicalmente aún, en la medida en que no tiene sentido en términos filosóficos o teológicos. Precede a su significado y, sin embargo, al mismo tiempo lo suscita, ya que necesita y engendra el proceso autorreferencial de “hacer sentido de ello”. El yo prelingüístico, que es lo «real» bajo el “primer nombre de lo vivido” (Laruelle), o lo humano-inhumano anidado en el corazón de toda subjetividad, requiere su auto-extrañamiento y la mediación lingüística como medios, dando así nacimiento a la figura del «Extranjero» El Extranjero —término también tomado del vocabulario no analítico de Laruelle— designa la postura proto-lingüística de lo vivido y remite al auto-extrañamiento primitivo que prefigura la subjetividad (Laruelle, 1995: 78). La subjetividad es el Yo filosófico, propio del «Mundo», que según la no-filosofía o la filosofía no-estándar es sinónimo de «Filosofía» (Laruelle, 1989: 53, 58, 61). Lo real, aunque indiferente a los procesos de “producción de sentido” o del pensamiento, necesita precisamente de esos procesos y pone en marcha sus trayectorias. 

El pensamiento, por lo tanto, actúa de manera unilateral: se correlaciona con los efectos de lo real, mientras que lo real, en tanto singularidad, permanece radicalmente indiferente y distinto de este. Por ejemplo, el trauma suscita su propia trascendencia a través de la neurosis, pero esta última actúa de manera unilateral con respecto a aquel. El trauma mismo permanece fuera del campo de «lo que tiene sentido», ya que el síntoma precede a la respuesta neurótica. Lo real se manifiesta como el síntoma lacaniano o como el trauma que adviene como tuché frente al automaton (Aristóteles). Produce una estructura de acontecimientos regida por leyes internas, una suerte de «sintaxis» (Kolozova 2014: 63).

La trascendencia es necesaria. No obstante, puede llevarse a cabo de manera filosófica o no-filosófica. Esta última remite a operaciones (del pensamiento) con material filosófico que sucumben al dictado de lo real antes que a una cosmología del pensamiento o a una doctrina. Con independencia de la postura del pensamiento —ya sea filosófica, no-filosófica o científica—, siempre habrá un resto de lo real indócil y carente de sentido en el corazón de aquello que parece ser una “realidad significativa”, domesticada a través de una subjetividad. Aquello que escapa al sentido, la estela de lo real monstruoso, es lo inhumano en el corazón de lo humano. No es ni natural ni tecnológico, precede a la distinción: es no-humano o inhumano. 

Un ciborg, un animal o ese oscuro afuera que nunca puede reducirse a un significado o a una verdad, aquello que escapa a la filosofía o a su transformación en «lo que tiene sentido», es inhumano o monstruoso. La humanidad es una creación teológico-filosófica y está siempre naturalizada; lo mismo ocurre con la naturaleza, que gracias a la filosofía ha sido siempre humanizada. Por lo tanto, mientras el componente tecnológico de la díada radical llamada Ciborg (Haraway) pueda ser humanizado, no es ni monstruoso ni inhumano. Si puede ser aprehendido racionalmente, si puede racionalizarse o adquirir sentido según la razón antropocéntrica, puede y será inevitablemente humanizado y, además, naturalizado. Lo inhumano es aquello que escapa a la racionalización, aquello que no tiene significado ni razón de ser: simplemente está ahí, como existencia bruta y carente de sentido, materia con independencia de que sea orgánica o producida artificialmente. La prótesis tecnológica y el cuerpo biológico son igualmente ajenos a la subjetividad que creemos agota nuestro «verdadero yo»; ambos son igualmente inhumanos, al igual que la configuración primitiva de la subjetividad —o la protosubjetividad— que hemos llamado más arriba «el Extranjero». 

El capitalismo contemporáneo está habilitado por el dominio absoluto de la pura especulación sobre lo físico o lo material (con independencia de que sea orgánico o producido sintéticamente), materializado como plusvalor, es decir, como el fetiche llamado «dinero». El trabajo asalariado, los frutos enajenados del trabajo y la alienación respecto del ser genérico tienen lugar como resultado de la explotación de lo inhumano por parte de una especulación automatizada y autosuficiente. En el Capitaloceno, lo inhumano constituye el campo de concentración global para lo femenino, lo animal, lo negro y el cuerpo que trabaja por un salario o es explotado para la producción de una mercancía.